La intransigencia y los problemas republicanos

Hay un sector con suficiente influencia para inmovilizar a su partido y convertirlo en rehén de una “pureza ideológica”.

Cuando el diputado John Boehner anunció que dejaría la presidencia de la Cámara de Representantes del Congreso estadunidense, a donde llegó como líder de la mayoría republicana, nadie esperaba que su decisión pusiera en tantas dificultades a su partido.

La dimisión de Boehner no reveló las ya conocidas dificultades internas de los republicanos, pero sí exhibió la profundidad de las divisiones y son tales que algunos articulistas estadunidenses hablan de la destrucción de esa formación política.

No es que Boehner haya sido universalmente querido o respetado. Es un político conservador al que las circunstancias pusieron en un puesto donde tenía que aceptar algunos compromisos con el partido rival, porque sin ese tipo de tratos no hay forma de que la mayoría legislativa pueda gobernar.

De hecho, una de las razones por las que decidió abandonar el puesto es la inclemente campaña en su contra por parte de algunas decenas de legisladores que bien podrían ser calificados como ultraconservadores y negados a la posibilidad de transigir o negociar.

Boehner, un ultraconservador más o menos pragmático, no era suficientemente “puro” para ellos.

En términos reales, eso implica simplemente que hay un sector de los republicanos con suficiente influencia para inmovilizar a su partido y convertirlo en rehén de una “pureza ideológica” que sólo podría compararse con las formulaciones de Iosif Stalin o Mao Ze-Dong.

Es muy fácil hablar de firmeza sin compromisos, pero no es simple ponerlo en práctica en un sistema democrático donde la oposición tiene derechos y practica la política.

Y menos cuando, como pasa en el vecino del norte, hay una creciente pluralidad de opiniones y grupos de interés.

En alguna medida, el problema republicano es la creciente ideologización de una parte de sus miembros. En 2010, cuando ganaron la mayoría en la Cámara baja, creyeron que habían sido electos para detener las políticas liberales de Barack Obama.

Ese grupo, compuesto por, al menos, 30 y tantos como 80 legisladores, no tienen problema ni interés en negociar o siquiera en gobernar. Lo que les interesa es establecer “su” verdad y tratar de imponerla a los infieles.

El impacto es severo. Cierto, son una minoría de cierta importancia, pero minoría, entre los republicanos. Pero están organizados y son militantes, lo que les brinda una ventaja sobre sus rivales, republicanos y demócratas.

Pero, al mismo tiempo, el costo de toda la pública intransigencia y las pugnas internas puede ser electoralmente costoso para los republicanos.

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