Responsabilidad compartida

El PRI controlaba el aparato electoral, pero había elecciones. Hubo represión, como todo acto contra la vida, fue atroz, pero hay dimensiones. La libertad de expresión estaba controlada, pero había márgenes. Culpar al PRI de toda la responsabilidad es demasiado sencillo e inverosímil...

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Federico Reyes Heroles 29/04/2014 03:23
Responsabilidad compartida

La “dictadura perfecta”, lanzó Vargas Llosa en 1990. Octavio Paz lo corrigió: régimen de partido hegemónico, dominante. Las diferencias eran, son, muchas. Dictadura la de Franco con más de 100 mil muertos y desaparecidos en su haber. La de Pinochet con más de medio millón de demandas por violaciones a los derechos humanos.

Stroessner en Paraguay, la Argentina de Videla, qué decir de los monstruos de Nicaragua, de Guatemala y una larga lista. Podría parecer una exculpación del PRI, para nada. Pero la versión simplificadora de nuestro pasado, esa popular caricatura, encubre otros problemas de nuestro presente.

El PRI controlaba el aparato electoral, pero había elecciones.

Hubo represión, como todo acto contra la vida, fue atroz, pero hay dimensiones. La libertad de expresión estaba controlada, pero había márgenes. Culpar al PRI de toda la responsabilidad es demasiado sencillo e inverosímil. Hubo otros factores de nuestra historia: la República se construyó de arriba para abajo, primero tuvimos constituciones que ciudadanía. No fuimos el único caso en América Latina. Fernando Escalante (Ciudadanos imaginarios) y Rafael Rojas (Las repúblicas del aire) lo han documentado. Explicaciones de por qué fue así hay muchas, dispersión territorial, aislamiento, ignorancia, la propia orografía, todo propició el vacío ciudadano. La brutal inestabilidad del siglo XIX explica a Díaz y con ello la explosión revolucionaria.

Por eso Calles inventó un partido que aglutinara diferencias y creara interlocutores, aparato que duró décadas en el poder. Faltaba una pieza: ciudadanía y partidos políticos de oposición fuertes.

La oposición en México la tuvo difícil. Construir pluralidad política fue algo similar a echar piedras para arriba. La ignorancia, la escasa urbanización le permitió al corporativismo galopar sin contrapesos. Pero la historia fue cambiando. Primero la evolución sociodemográfica que propició una sociedad urbana. La aparición de clases medias, la creciente conciencia ciudadana frente a la cerrazón del régimen que partía de un supuesto: para qué modificar la cartelera si la plaza estaba llena. Del otro lado había una oposición pequeña y poco aglutinada, por momentos muy radical, que estaba lejos del sentir popular. Todo es cierto, represión sí, pero jamás en las proporciones de otros países. Control de la información, sí, pero no comparable a la que se vivió en otras latitudes. Corporativismo, por supuesto, manejado con gran habilidad frente a un vacío ciudadano y, además, mucha corrupción aceitando la máquina.

Pero hay otra historia incómoda de la cual poco hablamos. Me refiero a la disciplina partidaria del PRI frente al débil sentido de cuerpo de la oposición. Una vez más esa debilidad lastima a México.

En el PRI las disputas internas se solucionaban primero con negociación y, si no funcionaba, las decisiones venían de lo más alto: desde Vasconcelos a Cuauhtémoc Cárdenas. Esa no es escuela democrática, pero el autoritarismo es popular. Aquí estamos en el año 2014, con una estructura legal para nuestra vida política tan abierta como complicada. En materia electoral un órgano autónomo, resultado de voluntades diferentes, hoy regula todo o casi todo, incluso lo que no debiera, como las expresiones de la ciudadanía en los medios. Pero nos falta una pieza de la historia.

¿Por qué está el PRI de regreso en la Presidencia? Cómo explicar que ese partido —supuesto autor de todos los horrores de este país— ahora gobierne a la mayoría de los mexicanos.

¿Acaso somos unos desmemoriados? La memoria política de las naciones no es confiable. El franquismo merodea. En Nicaragua Ortega y su camarilla están en el poder después de “La Piñata”.

Menem o Alan García son ejemplos de esa desmemoria, al igual que Ríos Mont en Guatemala, ¡un dictador postulado a la presidencial! La desmemoria existe.

Pero en México una variable poco popular, pero evidente es la falta de consistencia de la oposición.

Basta ver el espectáculo de las dos sucesiones partidarias del PAN y del PRD. Los peores epítetos lanzados en contra de panistas han salido de boca de los propios panistas. Las descalificaciones cruzadas son asunto de todos los días, las deshonestidades que enlodan a ese partido acaban con la imagen de pulcritud ciudadana que tanto arropó al PAN. Los moches, los stripers, los denuestos y las ruidosas divisiones desfilan incontenibles.

Los escándalos de corrupción, con Oceanografía a la cabeza, son una vergüenza nacional.

Y qué decir del PRD, en el cual el caudillo trasnochado de AMLO estuvo dispuesto a dividir a la izquierda, tan necesaria en un país con tanta injusticia, con la única motivación de seguir al frente de algo y cobrar una tajada del presupuesto. Las tribus son ya lo de menos, las deslealtades institucionales ocurren todos los días. No hay virginidad en ningún partido, sin comentarios sobre el exlíder priista en el DF con su red de asuntos corporales. ¡Increíble! La transición mexicana está atorada. Las reformas urgentes para el bienestar de decenas de millones de mexicanos son hoy mercancía sujeta a caprichos. En nuestro pasado y nuestro presente la responsabilidad es compartida.

*Escritor

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