La estremecedora vida y muerte de Dení Prieto
Un día Dení, chiquita buena, decide irse a la guerrilla y se esconde
El jardín de Luisa Riley y Ariel es un pedacito de provincia, enredado, un tanto sin esmerada educación, lleno de aromas a yerbas de olor de mesa y de cocina. Hay siemprevivas embarazadas bien panzonas. Y la luz, de haz, clarito, casi de cerro con sombras apelmazadas en la tierra, no a los lados. Todo en armonía se mete por las ventanas abiertas y siéntase en los sofás frente a deleitosas jícamas y su sal gorda, membrillos rebanados, apios en agrio, cacahuates en vinagre y queso de cabra a la plancha. Es la casa de los amigos ideales, allí Luisa, que es hermana de Carmen Parra, pensó, planeó e hizo una preciosa película imposible de olvidar. De esas llevadas en la cabeza y peinadas todo el día. Tristísima. La historia de Dení Prieto, una muchacha nacida en 1955 en el seno de la familia, Prieto de Carlos y Evelyn, quienes a su vez son primos de Luis Prieto Reyes, uno de mis más amados y selectos amigos, de esos elegantísimos con los que aprendí a reír a voz en cuello junto a Sergio Pitol, otro de mis puntos de apoyo para la vida misma. Dení creció oyendo cosas de los levantamientos independentistas revolucionarios, y en su corazón se incendiaron las teas de liberar a México, igual a nosotros, nada más que en ella fue en serio. Un destino. Irrevocable. El karma de los espiritualistas. Vivió el 2 de octubre que no se olvida, el halconazo del jueves de Corpus. Y así. Un día Dení, chiquita buena, decide irse a la guerrilla y se esconde —es un decir— con otros compañeros en Nepantla, bajo la mirada de oír con los ojos de Sor Juana Inés de la Cruz.
Dení le cierra la puerta a su historia, sus padres cultos, sus hermanos rientes, Luis Prieto, la luz, sus perros. Hasta a sus lecturas, a sus estudios en los que incluyó los realizados en la Cruz Roja para curar a sus compañeros, los de los sueños para liberar a México. Un día el jardín de Nepantla, tan igual al de la casa de Luisita Riley, se llenó de sangre, tiros, pólvora, drama. Mataron a Dení que quiere decir flor en otomí. Nueve balazos le dieron en su cuerpecito. Quizá el llamado de gracia. La tierra, decía, chupó su sangre. Febrero de 1974. Todos éramos muy jóvenes, pero Flor mucho más. Tan lectora de poesía, tan ingenua puramente esperanzada en un México mejor para su vida en la que habría el amor y los hijos. La película de Luisita Riley me traspasa (véala, está en cartelera) y en la noche, cuando quiero dormir, oigo el ajetreo de la guerra en el paraíso nepantlense, y con la presión por los suelos todo me da vuelta con la música de Steven Brown, un muchacho joven y delgadito que me mira sonriendo casi acusador. Luisa Riley deja ver su talento una vez más en el cine mexicano. He visto varios documentales suyos, casi todos desgarradores, mas ninguno como éste tan sin esperanza, y tan bien hecho, tan suavemente contado cómo se desliza el drama en nuestras casas cuando nos llega. Flor en Otomí es un film inolvidable. Lo respaldó Conaculta. Nosotros, sus espectadores, lo lloramos.
*Periodista y escritora
marialuisachinamendoza@yahoo.es
