Jesús Reyes Heroles, retrata a un liberal
Servidor público, ideólogo brillante, anticlerical, buen lector y hombre supersticioso; es evocado por su hijo Federico Reyes Heroles en su más reciente libro

CIUDAD DE MÉXICO.
Ideólogo brillante, colaborador incómodo y crítico del gobierno, “un liberal total en lo político”, un servidor público honesto y demasiado institucional, un hombre anticlerical, pero también un buen lector, estudioso, padre juguetón, sencillo, hogareño, supersticioso, bromista y amante de los libros antiguos.
Todo eso era el político, jurista, historiador y académico mexicano Jesús Reyes Heroles (1921-1985), “un ser multifacético”, quien es evocado, tanto en el ámbito público como en el íntimo, en el libro Orfandad, que acaba de publicar Alfaguara.
El autor de este volumen, a caballo entre la memoria y la crónica, entre el cuento y la biografía, es Federico Reyes Heroles (1955), hijo del abogado que asesoró, colaboró, trabajó y guió a siete presidentes de la República, desde Manuel Ávila Camacho hasta Miguel de la Madrid.
A 30 años de la muerte de su padre, el escritor y comentarista político decide convertirlo en personaje y desentrañar su figura en un volumen que “no podía oler a homenaje y debería estar salpicado de humor, porque así era él, un ser humano que hacía bromas, algo que por desgracia se va perdiendo cuando lo convierten en bronce”, comenta a Excélsior en entrevista.
“No hubiera podido escribir este libro hace 10 o 20 años. Hasta que el tiempo ha ido sanando ciertas heridas he podido regresar a su figura, no por la figura del padre en sí misma, sino porque hubiera deseado un final diferente”, afirma.
El novelista y ensayista explica que al escribir Orfandad encontró que la figura del padre es muy conflictiva para muchas personas. “Incluso, relato que Laco (Eraclio Zepeda) y yo, charlando en Suecia, descubrimos que una de las coincidencias que teníamos era que para nosotros el padre no representaba un conflicto, sino un punto de encuentro o un elemento de identidad”.
Durante el proceso de creación del volumen de 293 páginas, agrega, empezó a aquilatar y a apreciar la excelente relación que llevaba con su padre. “Me di cuenta de que me esperaba en las noches para platicar, que nos íbamos a comer o a cenar juntos, que me platicaba sus asuntos durante horas, que me recomendaba libros. No fue difícil escribir sobre él. Lo difícil fue lograr un estado de ánimo en el que pudiera presentar a un Reyes Heroles multifacético, como lo era”.
El autor de las novelas El abecedario, Canon y El abismo enfrentó el reto de narrar, no de manera cronológica, tanto los laberintos personales de don Jesús como el por qué de ciertas decisiones públicas de quien llegó a ser asesor en la Secretaría del Trabajo, jefe de estudios económicos de Ferrocarriles Nacionales, diputado federal, director de Pemex, presidente del PRI, director del IMSS y secretario de Gobernación y de Educación Pública.
“Murió hace 30 años. La mayoría de los mexicanos no puede imaginarse cómo era este hombre que desarrolló un sentido de sobrevivencia, porque era nieto e hijo de migrantes y tenía que sacar fuerza de la debilidad. Esa es también una señal para los jóvenes.
“Los servidores públicos gozan de tan mala fama, que de pronto destaca alguien cuya pasión era realmente el servicio público, que pensara en cómo mejorar su país desde distintas trincheras. Es útil que se conozca cómo era entonces México, antes de la alternancia, el México autoritario, el del 68. Todo sobre lo que se ha escrito mares de tinta, pero desde adentro se veía diferente”, asegura.
En los márgenes
Para Federico Reyes Heroles es raro que un personaje haya colaborado con tantos presidentes y eso se debe, dice, a que en el fondo era demasiado institucional. “Tenía muy claro cómo funcionaban la ley orgánica, las secretarías de Estado, quién era el jefe y cuáles eran sus márgenes y jugaba muy frecuente en el margen.
“Lo hizo cuando el presidente Gustavo Díaz Ordaz lo involucra en el ala negociadora del 68, pues no eran sus funciones como director de Pemex. Con José López Portillo, buena parte de sus fricciones fueron por defender la institución presidencial, que el propio presidente no defendía. O su oposición abierta a que la visita de Juan Pablo II se iniciara en Guelatao, porque consideraba que era una afrenta, una ofensa, contra la historia del país”, señala.
Por un lado, prosigue, era un secretario o un colaborador muy incómodo, pero por el otro lado también era un vigía institucional. “En el PRI impulsó todo aquello de que ‘primero es el programa y luego el hombre’, que había que ponerle un límite al dedazo, distancia entre el PRI y el Presidente de la República. Su reforma política fue la madre de los futuros cambios democráticos, aunque todavía faltaba mucho tramo por recorrer”, indica.
El autor de Ante los ojos de Desirée y Noche tibia destaca que su padre vivió un México muy duro, autoritario, pero que fue tenaz y constante, y nunca se dejó amedrentar, a pesar de que enfrentó “desde balaceras a la casa, al avión, entraron a su casa en Cuernavaca y le pusieron una cruz en la cama”.
Lo define como un personaje notable que, “a pesar de que en su tiempo no había fax, copiadoras o iPad, leía mucho, estaba enterado de lo que se publicaba en Argentina, en España, y conseguía los libros. Ahora, que tenemos todo a la mano, que basta con un par de clics para ver un libro que se acaba de publicar en Nueva York, la mayoría de los servidores públicos y los empresarios no leen ni estudian”.
El colaborador de Excélsior comparte así, con los lectores, tanto al padre como al político, al hombre que le gustaba caminar por las calles de la ciudad, estar en su casa leyendo, hacer una buena sobremesa, platicar con sus amigos, jugar dominó, pero también mucho de la historia contemporánea del país, de la que fue protagonista.
“Gocé el libro, no lo sufrí. El título sugiere que no sólo sus hijos nos quedamos huérfanos a su muerte, sino todos los mexicanos, pues mucha gente me ha dicho que hoy en día es muy difícil encontrar otra figura de su altura, que hay un vacío de ideas, sus frases siguen vigentes. Creo que se ha convertido en un mito”, concluye.
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