Adelanto editorial: 'Media Nelson al corazón'

Con autorización de editorial Cuadrivio publicamos un avance de esta recopilación de “textos de amor y otras enfermedades”, escritos entre 1988-2014

Cuadrivio, en coedición con Conaculta, publica Media Nelson al corazón, recopilación de relatos escritos por Luis Humberto Crosthwaite de 1988 a 2014. Foto: Archivo Excélsior
Cuadrivio, en coedición con Conaculta, publica Media Nelson al corazón, recopilación de relatos escritos por Luis Humberto Crosthwaite de 1988 a 2014. Foto: Archivo Excélsior

PRIMERA CAÍDA

1

Mi diccionario Espasa-Calpe define lo cursi como “Dícese de los artistas y escritores, o sus obras, cuando en vano pretenden mostrar refinamiento expresivo o sentimientos elevados”. La definición me parece apropiada. La cursilería es un arte que pocos logran refinar. Y, aunque debo aclarar que nunca he publicado obra ni me considero artista o escritor (a pesar de estas memorias que ahora tiene usted entre sus manos), con frecuencia pretendo mostrar refinamiento expresivo en los propósitos del amor.

Tal vez usted no crea que un trocito de humano como yo, con su cursilería y sus palabras rosas, pudo impresionar a la más grata y enorme de las mujeres. No lo culpo. Cualquiera que la vea hoy, campeona mundial, no podría visualizarla en mis brazos. Pero le confieso que tengo testigos, aquéllos que me vieron caminar por el parque, por la playa, por los centros comerciales con Ludovika la Vikinga, sus grandes manos aprisionando las mías, sus dedos fuertes tronando los míos.

Conquistar el corazón de una estrella requiere, por lo menos, la posibilidad de alcanzar el cielo. Y confieso que entonces yo era un simple muchacho que no ambicionaba más que ir a la lucha libre todos los viernes. Encontraba en ello un simple pasatiempo, una seguridad de que los buenos (llamados “técnicos”) eran capaces de obtener su recompensa en este mundo; mientras que los malos (llamados “rudos”) sufrirían la penosa pérdida de máscara o cabellera. Así que no fue difícil admirar a mi Ludovika, ella representaba la bondad encarnada como en Mil Máscaras, Blue Demon o Tinieblas. El problema, por supuesto, fue seducirla.

Con la mirada baja me aproximé al ring para pedirle un autógrafo. Cuando ella escribió sus trazos cuneiformes en mi papel, lancé una moneda al aire como lo habría hecho cualquier cursilón en busca de la mujer amada:

—Ludovika —le dije—, tus ojos son dos galaxias que merecen un lugar en mi constelación.

Ni en sus tiempos más austeros nuestro planeta había sufrido majadería más cursi que la que yo acababa de proferir.

Ella me miró como se observan los planetas a través de un telescopio, como diciendo “ni modo”, como diciendo “ojalá”, como diciendo “capullito de alhelí”. Su aliento pancrácico me sopló un “gracias” que sólo servía para espantar niños. Comprendí en ese momento que Ludovika tenía poca experiencia de combate contra seres poseídos y atarantados por la libidinosidad.

Pasaron dos viernes hasta que me atreví a aproximarme de nuevo. Ella había hecho añicos a la Spider Woman en una apoteósica contienda que casi merecía su descalificación.

—Aquí estoy de nuevo —le dije—, veo que hay un moretón en tu pierna como el que existe en mi corazón.

Al ver que un color carmesí tomaba por sorpresa su rostro, proseguí con una serie dilapidante de piropos que la apabullaron, la enternecieron, la hicieron perder noción del tiempo y de la realidad. Luego la invité a comer. Yo, pequeñito, junto a la colosal Ludovika. Sus piernas eran incontenibles; sus caderas, avasalladoras. El peso de su cuerpo me podría quebrar.

En nuestra primera cita, cuando le solicité, apenado, que fuéramos novios, los ojos cafés de mi campeona entonaron la afligida canción de los gimnasios: me confesó que otra persona, justo el día anterior, le había solicitado la misma cosa sin que ella supiera qué decirle.

Se trataba del enmascarado Carnicero Jalil, trescientos kilogramos de bíceps, tríceps y encabronada rudeza.

2

En el cuadrilátero del amor no hay réferi que se interponga entre los contrincantes, que marque la cuenta final, que sermonee a los luchadores o que se oponga a los trepidantes golpes bajos. En este ring de la vida, los amantes se encuentran solos; no hay aficionados gritones que echen porras cuando se logra una victoria o cuando se llega glorioso a un campeonato mundial.

Yo no podía suponer con antelación cuáles serían los argumentos más apropiados para conquistar a Ludovika; adivinaba que para superar a mi contrincante, el enmascarado Carnicero Jalil, tendría que usar las más precisas artimañas, darle nuevas connotaciones a los sustantivos, barajar artículos, manosear preposiciones y conjurar verbos. O sea: seducirla como un lépero y estrujarle el alma como un depravado mental.

Para comprenderme usted debe imaginarse una cara enorme y hermosa, unos brazos gruesos y sudorosos, capaces de lanzar por encima de las cuerdas a cualquier sinvergüenza que osara proferir una mala palabra. Yo corría grandes riesgos con mi arenga pasional, sabía que de un momento a otro la mujerzota podría aburrirse y aplicarme una media Nelson, quebradora de corazones. Ambos lo entendíamos, así que me dejó hablar, hablar y hablar, atenta a nuestros relojes íntimos, pendiente de la primera omisión, del primer pronombre mal utilizado o de cualquier falta de ortografía que rompiera el hechizo.

Conforme le explicaba, su cara enorme adquiría nuevos matices, sonreía, se sonrojaba, maldecía a la pinche vida que antes no le había ofrecido tales palabras. Supe que yo había alcanzado el triunfo de la primera caída cuando empezó a contarme la historia de su pretendiente, el Carnicero Jalil. ¡Cómo deseaba Ludovika un simple beso “travieso y dulzón”, un abrazo, un apapacho, una señal clara, ni siquiera contundente, de la tantas-muchas-veces-mencionada bondad amorosa!

Pero el Carnicero, empedernido troglodítico, sólo quería morderla: la invitaba al cine y la quería morder; la llevaba al gimnasio y la quería morder; la invitaba a un baile: morder, morder, morder.

—Qué, ¿es lo único que sabes? —llegó a preguntarle mi grandota.

—¿Hay más? —le contestó su pretendiente, desconcertado.

En la Universidad Autónoma del Amor, él jamás hubiera obtenido la licenciatura más accesible: habría reprobado todas las materias, lo habrían suspendido con una tremenda tacha en el certificado de buena conducta. Lo cierto es que en ese cuadrilátero, él no tenía nada que anhelar. No obstante, llegó el momento en que tuve que retar al Carnicero; en ese entonces era la única manera que yo sabía de resolver los problemas ocasionados por la pasión desmedida. Lamentablemente, a mi rival le tocó escoger las armas para el duelo y acabé aceptando un enfrentamiento mano a mano, dos de tres caídas sin límite de tiempo, en el auditorio donde él cada viernes hacía gala de su experiencia luchística.

No hay un hombre sensato en este mundo, delgado y chiquito como soy, que hubiera aceptado tal desafío. Sin embargo, me encontraba en un estado mental donde la lógica y el entendimiento se nublaban. Aun sabiendo que la lujuria es breve y que tal vez al día siguiente no se dará un comino por ese amor, cuando se está perdido en los túneles del trance luminoso, no se duda jamás de arrojar la vida por la ventana si es necesario. Se sabe que de cualquier forma la existencia está en manos del ser amado, el corazón abierto, propenso a cualquier descarga de artillería.

3

A mi querida Ludovika le interesaba, sobre todas las cosas, que mi encuentro con el Carnicero Jalil fuera lo más justo posible. Es bien sabido que los rudos no reconocen las reglas del buen luchar, que suelen terminar haciendo un acto de escalofriante barbarie. Mi idolatrada Vikinga había hecho bastante para disuadirme.

—Mi chiquitito chiquitito —decía—, cada quien tiene un ring donde es campeón mundial y éste no es el tuyo, mi chiquitito.

—Pues sí, mi querida Ludi —le confesé resignado—, para mí ya es tarde-tarde-tarde, porque soy un tonto de esos tontos tontos que se ahogan y se vuelven a ahogar.

Habló de tácticas y posiciones, las estrategias más recomendadas para un luchador principiante. La verdad es que ni siquiera la escuché, engolosinado por una ternura y una sabiduría que nunca hubiera supuesto que poseía al verla lanzando adversarias contra las sillas de ring side. Yo estaba enamorado como quien se cae de un árbol una vez tras otra, con heroicidad, con bravura, como un héroe de celuloide, como un campeón literario.

Quizás no sea preciso decir que mi debut y despedida de la lucha libre se presentaron durante un encuentro demasiado breve. El Carnicero era del tamaño de mi Ludovika, lo cual indicaba que sería imposible vencerlo. Aun así, ¿sabe usted cuándo muere la pinche esperanza?

Sobre un cuadrilátero todo se magnifica y el rudote se veía todavía más grande cuando cruzó las cuerdas del tinglado. Traía, por supuesto, la máscara que lo caracterizaba, misma que perdería varios años después a manos del perrísimo Perro Aguayo. Ludovika me había recomendado conseguir un leotardo y unas rodilleras; pero decidí luchar con mi ropita de todos los días, aunque me quité la corbata por razones obvias.

Mi Vikinga dio el campanazo y me lancé al centro del ring. El Carnicero tomaba su tiempo, hacía fintas, trataba de asustarme sin que yo diera muestras de emoción alguna. La mía era una reacción similar a la de quien se enfrenta a un pelotón de fusilamiento y ha tenido toda la noche para pensarlo. Mi derrota debería ser digna, sobre todo porque me encontraba ante los ojos de mi ferviente adorada.

Para finalizar, el rudo se arrojó sobre mí, me torció el brazo y comenzó a darme patadas en el trasero. Nada de dignidad en eso, pensé.

Sentí el rubor del universo llenarme la cara. Como pude, logré zafarme y encaramarme encima del Carnicero. Extraje de mi bolsa una corcholata (que había guardado como quien lleva un solitario condón en la cartera) y raspé con furia la frente de mi rival. El rudo no perdió tiempo y me lanzó fuera del ring. Mientras se recuperaba de la conmoción y de la sangre que de repente empapaba su máscara, yo estaba otra vez a su lado, en esta ocasión con una silla. ¡Clonc, un sillazo en la cabeza, clonc otro sillazo! Y antes de que dijera “¡ah, cabrón!”, una patada superpremeditadísima en el centro más exacto de sus güevos luchadores. Trooooooom, se dejó caer el gran Goliat. Troooooooom, se quejaba señalando sus testículos para indicarle a mi Ludovika que una regla —¡chingado!— se había roto. Mi enamorada no pudo hacer más que descalificarme. La contienda, como dije, fue demasiado breve.

No sé qué me poseyó. A pesar de que estábamos solos en el auditorio, tal como mi Vikinga lo había solicitado para evitarme humillaciones, comencé a escuchar el grito desaforado de la multitud: MÁScara MÁScara MÁScara. David cortó la cabeza de Goliat en un delirio semejante al que me aprisionaba en esos momentos. Por supuesto: máscara máscara máscara. Le di otra patada en la espalda que lo hizo aullar y me lancé sobre las agujetas de su dignidad. Se lo merecía por filisteo y por cabrón. Escuché gritar a mi dulce Ludovika implorarme que lo dejara en paz, que ya estaba bien, que no fuera pinche; pero máscara máscara máscara, Israel entero me lo pedía.

Fue entonces cuando sentí las manos enormes de mi bienamada elevarme a lo alto, girarme como hélice y arrojarme por encima de las cuerdas, por encima de ring side, por encima de mi estúpida y recién inventada valentía.

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