El sueño de Paola era ser doctora; alumna modelo del Rébsamen
A un mes del sismo los papás buscan consuelo por sus pérdidas

CIUDAD DE MÉXICO.
El martes 19 de septiembre Mireya Rodríguez volvió a encontrarse con los padres de familia del mismo salón de su hija, a quienes sólo tres días antes había invitado al cumpleaños siete de Paola Jurado. Pero esta vez estaban reunidos en el patio del colegio Enrique Rébsamen, en espera de noticias sobre los niños de segundo de primaria.
El cuerpo de Pao fue el último en ser recuperado de los 19 alumnos que quedaron entre los escombros. Cuando por fin Mireya y su esposo estuvieron frente a la menor luego de 17 horas de espera –la mayor parte del tiempo divididos, atentos a las labores de rescate o recorriendo hospitales y Ministerios Públicos– se hincaron ante la niña que reconocieron por las mallas que vestía ese día, al bordado del suéter con su nombre y al moño rojo de su cabello.
Luego la abrazaron y lloraron hasta que personal de la Marina se acercó a ellos para ayudarlos a incorporarse.
“Cerca de las seis de la mañana del día siguiente preguntaron por los papás de Paola. Levantamos la mano y respondimos que éramos nosotros, inmediatamente solicitaron el apoyo sicológico. Después nos preguntaron cuál de los dos prefería entrar a reconocer a mi hija. Nos volteamos a ver mi marido y yo y decidimos entrar juntos. Lo primero que destaparon y vi fueron sus piecitos”, relató Mireya a Excélsior.
En ese momento, al observar la carpa improvisada en el patio trasero de la escuela, se dio cuenta de que la mayoría de los muertos eran los compañeros de Paola con quienes tres días antes había festejado.
“No quisiera que otra madre viviera este dolor tan fuerte, no poder volver a abrazar a su niña y por no poder decirle cuánto la amaba”, lamentó.
Como médico, Mireya sabe que la mejor manera de describir su dolor es como si le hubiera dado una embolia, porque siente paralizada la mitad de su cuerpo. “Como si junto con mi hija se hubiera muerto la mitad de mí”.
El sábado anterior al 19-S fue la fiesta que Pao esperó casi un mes después de haber cumplido siete años, pues ya de regreso a clases quería celebrarlo con sus compañeros desde preescolar.
Los papás disfrutaron verlos en una obra de teatro de Peter Pan que organizaron en Kidzania como parte de la fiesta. La mayoría de los niños se peleó por ser el protagonista de la famosa historia.
Ese día se sintieron tan felices que Pao le hizo prometer a su mamá que para el siguiente año le haría su fiesta en el mismo lugar, con los mismos compañeros.
“No sólo no puedo cumplirle la promesa, sino que casi todos sus amigos que la acompañaron ese día también están muertos”, dijo Mireya. Quince de los 19 alumnos que fallecieron eran de segundo de primaria. Todos los del grupo A, 12 en total, y su profesora, Miss Claudia, murieron. Paola fue una de los tres alumnos de segundo B que murieron. Los otros cuatro estudiantes eran de secundaria.
Mireya aseguró que son incalculables los sueños quebrantados el 19-S: Pao era uno de los mejores promedios de su salón, ganadora de medallas y diplomas académicos. Seleccionada para la escolta del Rébsamen, quería ser médico como su mamá. Sus metas no sólo abarcaban el área escolar, pues desde los dos años practicaba ballet, tomaba clases de jazz y comenzaba a incursionar en el canto.
Su talento deslumbraba a estrellas del deporte nacional: Gloria Paloma, reconocida entrenadora de taekwondo, jueza internacional y maestra de la menor en ese deporte, consideraba que tenía potencial para que se convirtiera en seleccionada olímpica. El próximo mes Paola va a recibir un cinturón negro postmortem de taekwondo.
“Jamás pensé que el colegio se iba a derrumbar. Muchos nos han criticado, como papás, por no haber notado los errores de construcción, ni con qué directora los inscribimos. Cómo podíamos conocerlas si yo no soy ingeniera, sí Mónica García Villegas no hacía más que predicar valores de honestidad, respeto y disciplina. Aquellos que nos han cuestionado, ¿qué saben de todo lo que yo hice por mi hija? Era mi más grande tesoro”, afirmó Mireya.
Luego de velar a Pao, la familia decidió que las cenizas se quedaran en su casa para estar siempre cerca de ella.
“Quiero seguirla cobijando como si estuviera viva”, confesó mientras inhalaba más aire para poder contener el llanto que desde hace un mes no logra detener.
“NO SERÁN LOS MISMOS NIÑOS"
Además de alumnos, la comunidad del Rébsamen perdió salud: un niño de siete años sigue hospitalizado y otros tienen pesadillas por la noche, les da terror el ruido o que vuelva a temblar. La mayoría no está dada de alta por los sicólogos para que puedan retomar su vida académica.
Luna, de cinco años y alumna de kínder tres, desarrolló un cuadro asmático por el polvo del derrumbe. También su paido siquiatra le recetó ansiolíticos y antidepresivos para poder dormir y recuperar el apetito.
Luego de que vió cómo su maestra, miss Soco, cayó al suelo por el impacto de las piedras que se desprendían del techo mientras cargaba a dos niños, la menor perdió la tranquilidad que hasta el día del temblor la caracterizaba.
“Mi miss se quedó en el muro que se cayó y llevaba a dos niños cargando. Después se levantó y nos dijo: ‘simulacro ahora, corran, corran’. Sentí los movimientos y cuando ví a mis compañeritos sangrando supe que ya no era un simulacro, sino un temblor. Si me hubiera quedado atrás me hubiera quedado en los escombros”, relató.
Su desilusión es tal que decidió que ahora que se le cayó su primer diente no se lo dejará al ratón para que le traiga un regalo: tiene miedo que se quede atrapado entre los escombros y no llegue a su casa.
“Agradezco a Dios su infinita misericordia por sacar con vida a mi hija, pero nunca serán los mismos niños que entraron ese 19 de septiembre al Rébsamen. Me siento defraudada por la escuela”, aseguró Jaqueline Carbajal, mamá de Luna.
Axel Rodrigo Ramírez, de 12 años, tampoco es el mismo. Ahora es callado, no quiere regresar a la escuela y tuvo que estar una semana en el hospital por una intoxicación que desarrolló por el polvo que respiró durante el sismo y las labores de rescate. No quiso regresar a casa sabiendo que había papás sin poder abrazar a sus hijos y que él y su mamá, Ivonne Carbajal, podían apoyar.
No pasa una mañana sin que Jorge Eduardo Zamora suplique a Dios que su hijo Emiliano, de sexto de primaria, desee regresar a la escuela.
“Me levanto pidiéndole para que mi hijo deje de tener pesadillas y yo deje de sentirme el peor padre”, sostuvo.
También reza porque las cadenas humanas que se formaron para sacar escombros de los derrumbes, alcancen y continúen para exigir justicia. Que nunca más en nuestro país se viva un capítulo tan doloroso como la caída de las escuelas de los niños.
“Cómo les vamos a responder en un futuro a nuestros hijos que las escuelas a veces se caen y sólo a veces se imparte justicia. Un profesor de historia, quien perdió a su hijo, me hizo llegar un mensaje para decirme que continuara porque él ahora no tenía fuerzas, que le habían quitado la mitad de su vida. Que él esperaba, cuando recobrara la fortaleza, sumarse justo en ese punto que yo llevara avanzado y exigiría justicia para su niño”, afirmó Jorge Eduardo.
A un mes del terremoto, ni Mireya ni los otros 18 padres que perdieron a sus hijos, ni la comunidad estudiantil del Rébsamen, conocen la respuesta de por qué se cayó la escuela de sus hijos. También desconocen el paradero de la directora.
Por ahora Mireya vive los días como si sólo caminara con un pie porque ese 19 de septiembre, con su hija, se fue la mitad de su vida.