Decía la abuela que, si alguien no te contesta, con su silencio ya te contestó. Quizá así lo entienda Donald Trump, quien esperaba del gobierno mexicano una respuesta en los dos meses que ordena nuestro tratado de extradición y ya pasaron cinco meses.
Quizá ese solicitante desoído requiera a México o actúe como se le ocurra. La política dice que lo debe hacer entre el 10 y el 25 de octubre. Antes, no le serviría para sus elecciones y, después, ya no le servirá.
Sabía virtud de conocer el tiempo, diría Renato Leduc. Horacio aconsejaba siempre aprovechar el hoy y nunca confiar en el mañana. Me lo recuerda la historia. Casi iniciado el mandato de Adolfo Hitler, Franklin Roosevelt asumió el mando de Estados Unidos y, de inmediato, se hizo tres preguntas.
La primera, si habría guerra en Europa. La respuesta fue indubitable. La segunda, si Estados Unidos debería intervenir en esa guerra ajena. ¡Claro que sí! De esa guerra saldrían como los dueños de la mitad del mundo. El destino de gloria tocaba a las puertas de Estados Unidos y su presidente no sería el atarantado, miedoso o humanista que le negara el paso o le rechazara sus ofrendas.
La tercera interrogante se refería al tiempo, que es nuestro tema de hoy. ¿Cuándo sería el momento oportuno para inmiscuirse en la conflagración? No tan pronto. Esperar 8 o 10 años. Tan lento como para que los otros sumaran 70 u 80 millones de muertos, entre 6 de judíos, 20 de rusos, 30 de chinos y 15 de diversos países.
Tan lento como para que, en ese entonces, ya no tuvieran comida ni armas ni medicinas ni jóvenes ni esperanzas ni vigor para enfrentársele. Tan lento como para que, en su desesperación, los amigos le rogaran su ayuda y los enemigos le imploraran la paz. Para ese entonces, el auxilio a unos y la clemencia a otros tendrían un precio exorbitante.
Sólo para ese entonces desembarcaría en Europa el primer norteamericano, al que nunca le faltó el arma, el parque, el combustible, la medicina, el alimento y, ni siquiera, el cigarro, la golosina o el correo romántico. Además, su país podría sostener su participación en la guerra por 20 años más sin sacrificar, en casa, una sola de sus hamburguesas, de sus cervezas o de sus comodidades. Más aún, gozando de empleo pleno, de las más amplias libertades y de muy benéficas transformaciones sociales.
El reloj político, como cualquier reloj, avanza sin retroceso. El tiempo nunca se detiene ni se retrasa ni se anticipa. Es de absoluta autonomía, no requiere combustible ni mantenimiento. No se descompone ni se desgasta ni perece. Es infalible y es eterno. El tiempo es, por excelencia, el sistema perfecto. Pero, además, el tiempo nunca es neutral. Siempre corre a favor o en contra. En política no existe el tiempo perdido. El tiempo que unos pierden, otros lo aprovechan.
Es por eso que, en estas horas de muchas preguntas y de pocas respuestas, me atrevo a adivinar algo del pasado, así como a recordar algo del futuro. Me queda en claro que el oficio de profeta hoy está muy desprestigiado, sobre todo en la política. Pero todos tenemos derecho a las adivinanzas, mientras éstas no sean meras charadas.
Ahora, en los días recientes me han preguntado lo que debiera hacer el gobierno mexicano en el ya tan cercano futuro. He contestado sólo tres recetas caseras. Primero, resolver nuestros grandes problemas nacionales: pobreza, desgobierno, inseguridad, injusticia, corrupción y otros veinte más. Segundo, aprender que no es difícil aprovechar la oportunidad sino saber cuál es la oportunidad y no dejarla escapar.
Y, por último, si esas dos no funcionaran, tan sólo nos quedaría la tercera que sería recuperar Texas. Logrado eso, entonces ya podríamos hasta pensar en recuperar California. Lo que son los sueños del insomnio. Eso es a lo que se reducen las promesas de los candidatos mentirosos de los partidos mentirosos. Total, prometer no les empobrece. Creer en ellos es lo que nos aniquila.
