La carrera de la inteligencia artificial: entre la cautela corporativa y el tsunami tecnológico
La llegada de la inteligencia artificial no se detendrá. Desde la aparición de ChatGPT, en noviembre de 2022, no ha habido un “día después”, sino una sucesión ininterrumpida de días después. Sistemas de muy bajo costo redactan, traducen, programan, diagnostican y diseñan, y actúan con grados crecientes de autonomía

Este artículo abre una serie sobre la inteligencia artificial, sus riesgos y oportunidades, y las decisiones que México ya no puede aplazar.
Quienes construyen la inteligencia artificial (IA) advierten sobre sus riesgos mientras la industria atrae inversiones y promete fortunas históricas. El tsunami no llegó un día señalado: lleva años llegando, y no se detendrá solo.
Voces de alarma
En septiembre, Jacob Coxon, un investigador británico de 27 años que había trabajado en Anthropic y OpenAI, publicó desde una banca de un parque de San Francisco un mensaje que se volvió viral. Acusó a ambas compañías de avanzar hacia sistemas cada vez más capaces y autónomos sin asumir suficiente responsabilidad, “apostando con nuestras vidas”.
No fue el primero en alzar la voz desde dentro. En febrero, Mrinank Sharma, doctor por Oxford y responsable del equipo de investigación sobre salvaguardas de Anthropic, renunció y anunció su intención de estudiar poesía. Advirtió sobre una cadena de crisis entrelazadas y la dificultad de lograr que nuestros valores realmente guíen nuestras acciones.
Estas renuncias se suman a un coro creciente. Geoffrey Hinton, Premio Nobel de Física, dejó Google en 2023 para hablar libremente de los peligros de la tecnología que ayudó a crear. Yoshua Bengio, otro de los llamados padrinos de la IA moderna, encabeza el International AI Safety Report, en cuyo panel asesor participo, y advierte que las capacidades de la IA avanzan más rápido que nuestra capacidad de controlarlas. Mustafa Suleyman, cofundador de DeepMind, sostiene en La Ola Que Viene que contener esta tecnología es el gran desafío del siglo. Son voces que conocen la IA desde dentro.
Y, sin embargo, la carrera se acelera. Las advertencias conviven con expectativas de riqueza extraordinaria. La proyectada salida a bolsa de Anthropic apunta a una valuación cercana a los dos billones de dólares, comparable al Producto Interno Bruto (PIB) anual de México. Esa valuación no es el dinero que recaudaría la empresa, sino el valor que los inversionistas estarían dispuestos a atribuirle. Más que una contradicción individual, esta paradoja responde a una arquitectura económica que empuja en una misma dirección.
Esa arquitectura tiene tres pisos:
Piso financiero. Las empresas desarrolladoras reciben enormes cantidades de capital (por ejemplo, Anthropic, 130 mil millones de dólares; OpenAI, más de 180 mil millones) y sus inversionistas esperan rendimientos extraordinarios. Google, Microsoft, Meta y Amazon destinan cientos de miles de millones de dólares a centros de datos, chips, energía y redes. Grok, de Elon Musk, compite por capital con la misma voracidad. Cuanto mayor es la inversión comprometida, mayor es la presión para crecer y justificarla.
Acuerdos circulares. Amazon ha invertido más de 13 mil millones de dólares en Anthropic, que, a su vez, se comprometió a comprarle cómputo por unos 110 mil millones de dólares durante la próxima década. Con Google y Microsoft hay arreglos similares. El propio prospecto reconoce que esos gigantes son, a la vez, inversionistas, clientes, proveedores, distribuidores y competidores. El dinero sale de una mano y regresa a la otra, y los bancos de Wall Street cobran su parte de cada colocación: cuanto mayor es la operación, mayor es su ganancia.
Competencia geopolítica y militar. Estados Unidos y China se disputan la supremacía en IA, como antes Estados Unidos y la Unión Soviética compitieron por el liderazgo nuclear y espacial. Frenar puede percibirse como ceder una ventaja estratégica.
Los tres pisos generan una dependencia creciente: las apuestas financieras, los compromisos empresariales y las estrategias nacionales se apoyan cada vez más en la expansión de la IA. Por sinceras que sean sus advertencias, ningún líder controla por sí solo esa dinámica. Si uno frena, otro acelera.
La vulnerabilidad del mercado se hizo evidente el 8 de octubre, cuando el Financial Times informó que los ingresos anualizados de OpenAI eran unos 20 mil millones de dólares inferiores a las cifras previamente difundidas, en parte debido a diferencias contables. La noticia contribuyó a la caída del Nasdaq y de las acciones de Nvidia, Micron y Oracle. Que una empresa no cotizada sacuda así los mercados revela el peso de las expectativas en torno a la IA. Si estas se corrigen bruscamente, el costo también alcanzará a quienes no apostaron.
Esto no es un acontecimiento, es un tsunami
Durante años imaginamos que la inteligencia de las máquinas superaría a la humana en una fecha decisiva. Ray Kurzweil situó la Singularidad en 2045. Sin embargo, vivimos una transformación continua. Desde que apareció ChatGPT, en noviembre de 2022, no ha habido un “día después”, sino una sucesión ininterrumpida de días después. Sistemas de muy bajo costo redactan, traducen, programan, diagnostican y diseñan, y actúan con grados crecientes de autonomía.
De ahí la imagen del tsunami, que he utilizado a lo largo de los años. En altamar viaja a la velocidad de un avión y puede pasar casi inadvertido; al acercarse a la costa, su energía adquiere una fuerza devastadora, se convierte en un muro de agua. Algo semejante ocurre con una transformación tecnológica cuyos efectos se accumulan antes de hacerse plenamente visibles.
En sociedades con Estados capaces, sistemas educativos robustos y regulación efectiva, existen mejores condiciones para aprovechar el cambio y amortiguar sus efectos. Donde las instituciones son frágiles, la informalidad es extensa y la desigualdad es profunda, el impacto puede ser abrumador. Y la transformación no termina después del primer golpe: nuevas capacidades siguen modificando el terreno. El nivel del tsunami crece y crece. No habrá un momento en que podamos decir: ya pasó, ahora reconstruyamos.
No deseo presentar la IA como una catástrofe inevitable. Su enorme impulso puede multiplicar la productividad, el conocimiento y los avances en ciencia, salud y educación. Puede mejorar la calidad de vida de todos. Pero sus beneficios no son automáticos, ni se distribuirán por sí solos. Sus riesgos tampoco esperan.
Tres consecuencias del desfasamiento tecnológico
Hace ocho años escribí en La Gran Transición que las instituciones se mueven de forma lineal y el cambio tecnológico, de forma exponencial. De esa asimetría se derivan, al menos, tres consecuencias:
La adaptación debe ser permanente. Nuestras instituciones, leyes, planes de estudio y sistemas de seguridad social fueron diseñados para un mundo que cambiaba gradualmente. Hoy, necesitamos actualizarlas permanentemente.
Los costos pueden llegar antes que los beneficios. La demanda de ciertas tareas puede caer precipitadamente y la desinformación puede propagarse en horas, mientras que construir instituciones capaces de responder toma años. Esa brecha, si nadie la gestiona, se llena de precariedad, resentimiento e inestabilidad política.
El rezago es acumulativo (y grave para México). Quienes dominan la infraestructura, el conocimiento y los mercados obtienen ventajas en la siguiente etapa. La industrialización dejó brechas que todavía persisten. Esta vez, nuevas distancias pueden abrirse en pocos años y, pronto, en meses.
¿Qué hacer frente a un tsunami que no se detiene?
No podemos frenarlo, y esperar a que pase nos dejaría cada vez más expuestos. Tampoco podemos dejar el timón en manos de la conciencia corporativa ni de intereses externos. Las renuncias y advertencias importan, pero no alteran la lógica del sistema: hay demasiado dinero, poder y rivalidad estratégica en juego para confiar en la autorregulación.
Necesitamos una respuesta pública, nacional e internacional. Pero no mediante una regulación rígida, condenada a quedar atrás, sino mediante una gobernanza adaptativa: instituciones capaces de aprender, anticipar riesgos y corregir el rumbo continuamente; reglas basadas en principios y resultados, revisables de forma permanente y, cuando convenga, apoyadas por la propia IA.
Eso exige un Estado con capacidad técnica propia, capaz de comprender y supervisar a las empresas sin depender de ellas. Exige también educación continua, oportunidades de reconversión laboral y protección para quienes asuman los costos de la transición.
La cooperación internacional es indispensable. El mundo hispanohablante ofrece una escala que apenas aprovechamos para investigar, desarrollar capacidades y proponer reglas comunes. México tiene gran experiencia diplomática y peso para contribuir a esa tarea; debemos respaldarlo con conocimiento, recursos y una estrategia propia.
En los próximos artículos abordaré las consecuencias de esta aceleración para el comercio, el empleo, la educación, la soberanía tecnológica, la concentración económica y la posición de México en las nuevas cadenas de valor.
El peor error sería seguir esperando meramente una ola. Mientras discutimos si la IA es una moda, una burbuja o una amenaza lejana, sus efectos se acumulan.
El tsunami lleva años llegando. Ya está aquí. Y todavía podemos decidir cómo aprovechar su impulso y protegernos de sus efectos, en lugar de permanecer en la playa hasta que nos desborde.