¿Por qué nos gusta tener miedo si nuestro cuerpo intenta evitarlo?
Pagamos por entrar a lugares donde intentarán aterrorizarnos, elegimos películas que sabemos que nos harán cerrar los ojos y nos subimos a juegos capaces de provocar que el cuerpo reaccione como si algo estuviera mal. La ciencia del miedo recreativo intenta explicar por qué buscamos una sensación que, frente a un peligro verdadero, trataríamos de evitar.

Hay algo extraño en pagar para tener miedo. Una persona hace fila para entrar a una casa del terror de la que, unos minutos después, quizá quiera salir corriendo. Lo mismo ocurre frente a una pantalla: avanzamos por el pasillo oscuro de un videojuego sospechando que algo aparecerá detrás de una puerta o elegimos una película aun sabiendo que habrá un momento en que querremos cubrirnos los ojos.
Los investigadores llaman miedo recreativo a una parte de este comportamiento: acercarnos voluntariamente a experiencias aterradoras porque esperamos encontrar algo disfrutable en ellas. La contradicción resulta fascinante porque, aunque sepamos que el monstruo es un actor o una imagen, nuestro cuerpo puede responder a la amenaza percibida. La atención cambia, corazón y respiración pueden modificar su actividad y los músculos se preparan para responder.

El miedo tampoco depende de un único “botón” cerebral. Diferentes redes y sistemas participan en las respuestas defensivas y éstas no se reducen a luchar o huir: también podemos detenernos, observar o congelarnos. Pero en el miedo recreativo existe otra información decisiva. Sabemos dónde estamos. El actor no es un monstruo, el videojuego puede detenerse y la película ocurre en una pantalla. La amenaza se siente, pero el contexto cambia la experiencia.

El punto justo
Investigadores de la Universidad de Aarhus, en Dinamarca, llevaron esta paradoja a una atracción de terror. Estudiaron a 110 personas de entre 12 y 57 años, registraron su frecuencia cardiaca y algunas de sus reacciones, y después compararon cuánto miedo y cuánto disfrute habían experimentado.
Si más miedo produjera automáticamente más diversión, la relación debería ser sencilla. No lo fue. Al comparar el miedo reportado con el disfrute apareció aproximadamente una U invertida: el disfrute aumentaba hasta niveles intermedios de miedo y después comenzaba a disminuir.

En otras palabras, más miedo no significaba necesariamente más diversión. Los investigadores encontraron algo parecido a un “punto justo”: suficiente intensidad para sostener la experiencia, pero no tanta como para dejar de disfrutarla.
Eso no significa que exista una cantidad universal de miedo. La investigación no permite calcular cuántos sustos necesita cada persona ni convertir la curva en un test psicológico. Funciona mejor como espejo: está la película que no nos provoca nada, el momento en que finalmente consigue asustarnos y aquel otro en que pensamos que ya fue demasiado. La frontera puede ser distinta para cada persona y cambiar según la experiencia.

Asustarnos juntos
El miedo recreativo tampoco ocurre siempre en soledad. Una investigación más reciente siguió a 347 personas durante una experiencia de terror grupal; en 254 de ellas fue posible utilizar los datos cardiacos para estudiar la sincronización entre participantes.
Los investigadores encontraron patrones de sincronía de la frecuencia cardiaca en diferentes momentos y observaron mayor sincronización entre personas que ya tenían mayor cercanía social. El resultado no demuestra que asustarse juntos produzca amistad, pero muestra que una experiencia que sentimos dentro de nuestro propio cuerpo puede adquirir también una dimensión compartida.

Quizá allí esté una parte de la respuesta a la paradoja inicial. Una película puede apagarse, un videojuego puede detenerse y de una atracción podemos salir; el peligro verdadero rara vez concede esas posibilidades. El miedo recreativo nos permite acercarnos voluntariamente a ciertas sensaciones de amenaza dentro de un contexto que conocemos.
No todos queremos llegar igual de lejos. Para algunos basta un sobresalto; otros necesitan mucha más intensidad y otros no encuentran placer alguno en sentir miedo. La ciencia no ha encontrado una fórmula universal y quizá no tenga que hacerlo.
La pregunta interesante puede ser mucho más sencilla: ¿hasta dónde el miedo sigue siendo divertido para ti?