La fiesta de los bullies

Kim JongUn aceptó la invitación para ir a Estados Unidos. Trump, por su parte, dijo sí a la propuesta que le hizo el líder norcoreano para visitar su país. Así de bueno, dicen, el encuentro histórico de ayer. No sabemos cuál de las dos visitas será primero. De ...

Kim Jong-Un aceptó la invitación para ir a Estados Unidos. Trump, por su parte, dijo sí a la propuesta que le hizo el líder norcoreano para visitar su país. Así de bueno, dicen, el encuentro histórico de ayer. No sabemos cuál de las dos visitas será primero. De hecho, no sabemos si alguna de ellas será una realidad. Todo puede pasar. Pero, sin duda, estas manos estrechadas son aún la luna de miel tras su reunión en Singapur. Y es que los bullies se juntaron. Se abrazaron. Sonrieron frente a las cámaras. Actuaron con una cordialidad que no les habíamos visto nunca. No podía ser distinto si son tal para cual. Las declaraciones de Rudolph Giuliani no hicieron eco en el régimen norcoreano. Si Jong-Un se arrodilló o no frente a Trump para pedirle que no cancelara la reunión, no lo sabremos, fue un momento que pasó de largo. La imagen de ayer, ellos, frente a frente, quedó para la posteridad.

Y en buen tiempo le habrá venido a Trump, porque apenas el fin de semana era otra la imagen que le daba la vuelta al mundo. En la Cumbre del G7, lo que vivió ahí dista mucho de lo ocurrido junto a Kim Jong-Un. Con los líderes de los países más industrializados en su contra, el encuentro del martes le habrá sabido a gloria.

El acuerdo que Trump firmó con Corea del Norte es, acaso, el primero que puede presumirle al mundo. La desnuclearización de la península coreana sí era un pendiente que abona a la tranquilidad y a la paz mundial. Sin duda. Y parece que Trump se aferró al encuentro por esa razón, porque tenía clara su agenda y sus consecuencias: cuando se habló de la posible cancelación de la reunión con el líder norcoreano, estaba próximo a anunciar los aranceles en acero y aluminio a México, Canadá y la Unión Europea; ya se sabía que la renegociación del TLCAN no sería una realidad en el futuro inmediato. Donald Trump necesitaba una victoria. Por eso las risas, las palmadas en la espalda, la amabilidad que mostró en Singapur junto a Kim Jong-Un. “Vamos a tener una relación fantástica...”, dijo durante la cumbre. “Es un hombre muy talentoso...”, expresó sobre su nuevo amigo.

Y deberá ser una relación constante. A Trump no se le vienen tiempos fáciles. Deberá aferrarse a su nuevo aliado. La tensión con Canadá no ha desaparecido. Apenas una disculpa han ofrecido a Justin Trudeau, luego de llamarlo traidor, tras el desencuentro en el G7. Mientras no haya una nueva resolución sobre los aranceles impuestos, no habrá cambios en los discursos de los países afectados. Y no es para menos. Sin embargo, además de esto, al interior de Estados Unidos debe enfrentar las críticas tras su encuentro con Kim Jong-Un. Ayer, El País recuperaba la reacción de Ben Rhodes, exasesor de Barack Obama: “Despreciar al primer ministro canadiense y celebrar su ‘fantástica’ relación con el dictador norcoreano es pivotar bastante sobre el papel de Estados Unidos en el mundo...”; y a ésta se sumó la de Paul Ryan, el líder de los republicanos en el Senado, quien calificó de brutal al régimen de Corea del Norte. No están contentos ni demócratas ni republicanos.

Estados Unidos está afianzando su papel de bullie: aliado hoy de Corea del Norte, con su embajada ahora en Jerusalén y con una investigación aún abierta sobre la colusión de Rusia en la campaña que le dio la Presidencia al empresario. Trump, aliado de esa parte del mundo tan cuestionable. Victorias pírricas del gobierno estadunidense que no ha podido firmar acuerdos de otra índole y con países que históricamente han sido sus amigos y aliados. Y así, Trump piensa en la reelección.

Temas: