El susto y el miedo

Hemos aprendido. La sociedad, todos los que la formamos, aprendimos. Ayer evacuamos. Tuvimos el rigor para no compartir información falsa. De inmediato recordamos que, por encima de cualquier emergencia, somos un pueblo que responde, que activa su instinto de cooperación. ...

Hemos aprendido. La sociedad, todos los que la formamos, aprendimos. Ayer evacuamos. Tuvimos el rigor para no compartir información falsa. De inmediato recordamos que, por encima de cualquier emergencia, somos un pueblo que responde, que activa su instinto de cooperación. Hubo crisis nerviosas, por supuesto. Miedo. Desconcierto. Sensaciones que vienen de todo aquello que no está en nuestras manos controlar. La tierra volvió a moverse. Casi con la misma intensidad que el pasado 19 de septiembre, cuando paradójicamente conmemorábamos la herida más profunda de este México contemporáneo, provocada por ese azar que la naturaleza a veces decide usar.

Aun así, cuando aún hay edificios que esperan por un dictamen, cuando todavía hay escombros que aguardan por ser recogidos, cuando todavía hay damnificados en campamentos, cuando aún hay escuelas a las que no se les ha hecho una sola reparación, cuando después de cinco meses, quienes resultaron afectados por el sismo del #19S todavía no saben cuándo podrán tener de nuevo un techo. Cuando la reconstrucción todavía es un asunto sin forma. Cuando hay tantas dudas sobre el manejo que se le da a los recursos; cuando se cuestiona la distribución y las manos por las que pasaron las donaciones. Cuando todo eso existe, nosotros, la sociedad, hemos aprendido.

El miércoles por la tarde, damnificados y habitantes del multifamiliar de Taxqueña bloquearon la Calzada de Tlalpan. Han pasado cinco meses y aún no tienen los dictámenes de los edificios. Aún no saben si los que están en pie tienen riesgo de colapso. Apenas hace unos días, el Gobierno de la Ciudad de México informó que habría seguro para los inmuebles, siempre y cuando estén al corriente en su pago del predial. Hace unas semanas, anunció que condonarían el pago de impuestos a quienes resultaron damnificados el 19 de septiembre pasados. Hace un mes supimos sobre la entrega de tarjetas Bansefi, que fueron clonadas: Se les entregaron a los destinatarios, pero recibieron una pequeña parte de lo prometido; aunque hubo quien recibió otras tarjetas, con más dinero, a nombre de quienes hoy todavía siguen sin techo.

La emergencia reveló, aún más, lo mal que funcionan las instituciones frente a las contingencias. También lo lento y burocrático con lo que trabajan después de ellas. Además, nos recordó cómo los funcionarios se aprovechan para sacar beneficio. Los malos momentos acentúan nuestras debilidades. Siempre es así.

Aunque de igual forma, como sociedad, estos episodios nos recuerdan lo que somos. Las imágenes de solidaridad por el #7S y #19S aún son compartidas en redes sociales. Las recordamos como un signo de nuestra integridad, de nuestra fuerza. Olvidamos nuestros miedos. Dejamos a un lado las diferencias. Lo que nos separa. Nos tomamos de la mano para hacer más larga la cadena de ayuda. Eso somos. Y eso, a veces, lo olvidamos.

Cuando el cotidiano nos alcanzó tras la contingencia de septiembre, México regresó a sus polos. Nuestro país volvió a dividirse. De nuevo regresamos al discurso del enojo. Y no es que razones no nos falten, pero mucho de ese discurso está sustentado en el miedo, en la incertidumbre. Tal vez valga la pena que subrayemos que el miedo vale más cuando lo genera lo que no podemos cambiar, lo que no podemos controlar. Lo demás, todo, es perfectible y depende de nuestras decisiones. Que nos asuste un sismo, pero que no nos asuste Donald Trump. Que nos asuste un sismo, pero no el resultado de una elección. Que nos espante la alerta sísmica y evacuemos, pero no un feminicida del que no podamos ponernos a salvo. Que nos aterre ver lámparas y escaleras tambalearse, pero no instituciones venirse abajo. Que nos den miedo los temblores, pero no los policías abusivos, los gobernadores ladrones, los políticos autoritarios, los medios amordazados, los juzgados omisos, las fosas clandestinas, los promotores del odio y la violencia. Ya sabemos qué hay que hacer cuando tiembla, y eso que no podemos controlarlo. Lo otro sí, como sociedad podemos; es más, debemos. Porque somos una sociedad que sabe darse la mano cuando se requiere. No olvidemos eso. Nuestro futuro como país no depende de sólo un alguien. Seguir pensando lo otro, es lo que sí debería de darnos miedo…

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