¿Un as bajo la manga?

Para el mediodía de hoy, Margarita Zavala ya estará registrada ante el INE como una candidata independiente a la Presidencia de México. Le faltará cubrir el resto de los requisitos, para entonces estar segura de que su nombre aparecerá en la boleta electoral. Es un ...

Para el mediodía de hoy, Margarita Zavala ya estará registrada ante el INE como una candidata independiente a la Presidencia de México. Le faltará cubrir el resto de los requisitos, para entonces estar segura de que su nombre aparecerá en la boleta electoral. Es un camino que, sin duda, le permite tener un mejor control del futuro. Justo por esa razón abandonó las filas de Acción Nacional, lo sabemos.

Lo que ahora nos preguntamos es sobre el sustento de la postura de Ricardo Anaya. El martes, cuando lo entrevisté en Imagen Televisión, no se salió del que debió ser un muy trabajado speech de control de daños claramente sobretrabajado con spin doctors no tan expertos en “manejo de crisis”. En las pocas entrevistas que concedió ese día, su discurso fue el mismo: culpar al PRI de complot, a El Universal de colusión, a decir que las dudas sobre su patrimonio son calumnias sembradas por el gobierno, que está abierto al diálogo con Margarita, que le pidió que no se fuera, que sólo quiere seguir los lineamientos y bla, bla, bla,… Ah, y destapar a José Antonio Meade como candidato del PRI (ahora resulta que Anaya sabe lo que ningún priista: el nombre del tapado de Peña Nieto). En la conversación que tuve con el presidente del PAN, éste hizo malabares verbales para, sin importar cuál era la pregunta, regresar siempre a esas líneas discursivas. Pero cualquiera que haya seguido los sucesos de los últimos dos años, sabe que la salida de Zavala no obedece a una conspiración priista, como tampoco es una decisión improvisada de la, hasta hace una semana, todavía panista. Lleva dos años trabajando en la construcción de su candidatura. Mismo tiempo que tuvo Ricardo Anaya no sólo para definir su estrategia frente a Zavala, sino también la que entraría en ejecución sin ella.

Y es que el Frente Ciudadano tampoco es una ocurrencia. En el entendido de que todos los grupos conocen de arriba a abajo cómo están cada uno de los personajes rumbo a 2018, todos quieren ser competitivos. Pero el debilitamiento de Anaya como “cabeza” del Frente Ciudadano a raíz de los escándalos de corrupción le ha permitido a otros actores, incluidos sus “socios” Alejandra Barrales y Dante Delgado (muy calladitos a lo largo de estos días), de la mano de otros importantes personajes de la vida intelectual y empresarial, diseñar una estrategia lateral a la obstinación de Ricardo Anaya por convertirse en candidato. Puede, pues, que el Frente Ciudadano tenga un “as bajo la manga”, un personaje que no sea el, hasta hace poco, llamado “joven maravilla” para presentar en la boleta electoral.

¿Y qué personaje podría ser realmente competitivo? ¿Qué perfil tendría los méritos suficientes para competir no sólo contra el hipotético Meade, contra Margarita y contra López Obrador? ¿Alguien que le compita a todos en el tema de la lucha anticorrupción, tal vez? ¿Alguien que se haya convertido en una pieza incómoda tanto para el gobierno federal como para la opacidad de un partido como Morena? ¿Alguien que conozca todas las instituciones de impartición de justicia, de transparencia pública y de combate a la corrupción? ¿Qué personaje conoce a figuras de todos los ámbitos, grupos y colores partidistas? ¿Qué personaje es respetado en la academia y en organizaciones civiles? ¿Quién podría convertirse en esa figura ciudadana más cercana que, incluso, cualquier candidato independiente?

Quién sabe si Ricardo Anaya haya sido o no artífice de lo que, parece ser, se convertirá en la apuesta del Frente Ciudadano. Pero lo que es un hecho es que dos de los partidos que durante tres décadas fueron tan relevantes en la vida política nacional saben que éste es un momento de vida o muerte para ambos, y probablemente apuesten por la muerte (el sacrificio, así sea simbólico) de alguno de sus liderazgos y de sus propios privilegios en aras de garantizar la propia sobrevivencia, por lo pronto, en el sistema electoral.

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