Spin for dummies

Anthony Scaramucci duró apenas diez días en el cargo de jefe de comunicaciones de Donald Trump. Un récord incluso para el mismo presidente de EU, quien en seis meses no ha logrado siquiera tener un gabinete firme, sin bajas, ya sea voluntarias o forzadas. A Scaramucci ...

Anthony Scaramucci duró apenas diez días en el cargo de jefe de comunicaciones de Donald Trump. Un récord incluso para el mismo presidente de EU, quien en seis meses no ha logrado siquiera tener un gabinete firme, sin bajas, ya sea voluntarias o forzadas. A Scaramucci le fueron suficiente esos escasos días para soltar la controversia con el despido de Reince Priebus, entonces jefe de gabinete, hoy ya sustituido por John Kelly, pues lo acusó de ser el responsable de filtraciones a la prensa, hoy declarada enemiga por el gobierno de Trump. Incluso The New Yorker publicó una charla entre Scaramucci y unos de sus reporteros, donde el primero critica en términos casi procaces a Priebus y a Steve Bannon, otro de los muy cercanos colaboradores de Trump. Y de las entrevistas que dio a varios medios en EU, ni hablar. Un escándalo, sin duda, pero que va más allá del hecho de que sólo estuvo diez días en el cargo, porque justo en ese lapso se diluyó el otro gran, gran tema pendiente del gobierno de Trump. Y es que antes de la designación de Scaramucci vimos al hijo, Donald Trump Jr., y al yerno, Jared Kushner, metidos hasta el cuello cuestionados por sus nexos con los rusos y las reuniones que sostuvieron con ellos durante la campaña electoral. El tema, a pesar de las declaraciones del yerno y asesor de Trump, no bajó la presión. Las evidencias cada vez incriminan más al presidente estadunidense, cada vez más evidencia las omisiones y la relación de él con los rusos. A qué “oportuna” hora llegó el enfrentamiento y las acusaciones entre Priebus y Scaramucci y su breve, pero escandaloso, paso por la Casa Blanca. Una cortina tal vez de humo, pero que a los herederos del clan Trump les vino como oro molido. Quien la haya diseñado (si acaso alguien la diseñó y no sólo es producto de los excesos inagotables del círculo cercano a Trump) es un gran asesor de crisis.

En el reverso de la moneda: México. Cuando el país entero está expectante sobre el futuro de Javier Duarte, siguen las preguntas sobre qué sucederá con su esposa, Karime Macías, quien se encuentra en Europa en total libertad, sin orden de aprehensión alguna, a pesar de lo que todas las revelaciones periodísticas han dicho sobre su papel en la red de corrupción. Aunque Miguel Ángel Yunes dijo hace unos días que sí hay elementos para investigarla y procesarla, lo cierto es que del lado de las autoridades federales no se ve tal intención. Y, seguramente, con la intención de evitar que la opinión pública siguiera preguntándose por la señora, pues mejor agarraron a Xóchitl Tress, la supuesta amante. Si la PGR intenta calmar la expectativa sobre Macías con la detención de Tress, está dando un paso en falso que, a la postre, va a generar más presión de la que intentaría aliviar. ¿En serio creen que la detención de una novia a la que le regaló una camioneta y alguna casa se comparará con lo que los mexicanos piensan que guarda la otrora primera dama? Quien haya diseñado esta estrategia es un mero principiante que no calculó el enojo que generaría en la gente un arresto de la casa chica, cuando en la grande se guarda la fortuna.

Y en una línea que sí parece obra de los mejores spin doctors, Andrés Manuel López Obrador fue recibido ayer por la presidenta de Chile, Michelle Bachelet, y por uno de los más modernos políticos de ese país, Marco Enríquez-Ominami. El timing no pudo ser mejor: el aspirante presidencial mexicano de izquierda reunido con la presidenta latinoamericana que representa a la izquierda moderada y al político más progresista en la región. Qué gran oportunidad para AMLO, aparecer junto a ellos cuando la tensión en la región se centra en Venezuela, donde Nicolás Maduro reta a todo aquel, dentro y fuera de sus fronteras, que cuestione la Asamblea Constituyente que se eligió el domingo pasado, entre otras tantas cosas. Y es que, apenas el domingo, Vicente Fox volvió a comparar a López Obrador con Maduro. No es la primera vez y no ha sido el único que lo ha hecho. No es ninguna casualidad que AMLO haya viajado (en vuelo comercial y de clase turista, como lo difundió en sus redes sociales) a Chile para reunirse —justo después de la jornada del domingo y al que se le sumó ése otro fuego que Maduro echó a la hoguera llevando de nuevo a Leopoldo López y a Antonio Ledezma, sus principales opositores, a la Prisión de Ramo Verde— junto a Bachelet, quien representa a la izquierda menos radical. Este viaje fue para poner distancia entre él y Maduro. Y cuando le preguntaron por este tema los colegas chilenos, AMLO tan sólo contestó que ojalá y el papa Francisco mediara en esa crisis y lograra convocar a un diálogo entre las partes. O sea, le tiró una papa caliente al Papa (por lo que ahora Jorge Mario Bergoglio tal vez contrate al famoso filósofo, spin doctor, creador del inolvidable “¿y yo, por qué?”)…

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