La necedad
Nicolás Maduro se ha aferrado, durante estos más de 100 días de protestas, por decir lo menos, a una realidad que alimenta sólo él todos los días
Hoy, Venezuela amanece en un paro nacional que durará 48 horas. Es el último llamado de la oposición con la intención de frenar lo que parece inevitable. El domingo, los “maduristas” saldrán a las calles, se formarán en casillas de votación y elegirán a los integrantes de la Asamblea Constituyente convocada por Nicolás Maduro. Con ella, el gobierno venezolano redactará una nueva Constitución; sabrá Dios y Maduro cuáles serán los cambios que le harán a la Carta Magna, que el mismo Hugo Chávez llamaba la mejor del mundo. Aunque no tenemos que divagar mucho para deducir que lo que se escribirá en ella serán leyes hechas a modo, en beneficio del gobierno, en perjuicio de sus ciudadanos.
Nicolás Maduro se ha aferrado, durante estos más de 100 días de protestas, por decir lo menos, a una realidad que alimenta sólo él todos los días. Siempre tiene una reacción para la oposición, así ésta caiga en lo inverosímil e insostenible. Lo último que dijo fue que México tenía un pacto con Colombia para intervenir en su país. Y, bueno, el resto de declaraciones que han hecho él y los suyos sobre México y el resto de los países miembros de la OEA, así como del secretario general de este organismo. De entre los varios saldos que la crisis venezolana ha dado, uno de ellos es la polarización. Tanto quienes le aplauden su versión “bolivariana” del éxito Despacito hasta quienes no han dejado de protestar en las calles por las condiciones a las que se tienen que enfrentar en su cotidiano, no se muestran dispuestos al diálogo. Maduro los quiere callados, ellos lo quieren fuera. Hoy es muy complicado encontrar una solución. Y eso, desde luego, se lo debemos a esa necedad de Nicolás Maduro (o falta de cualidad democrática), que no ha permitido que escuchen otras voces, ésas que ha callado, que ha metido a la cárcel.
El lunes, en Imagen 90.5, pude entrevistar a Alberto Barrera, a Ernesto Ecarri y a Gisela Kozak, todos escritores venezolanos. Los tres coincidieron en que, tanto los opositores como Maduro, no reconocen que la única manera en que podrán resolver la crisis es sentarse a dialogar. Por eso la liga se sigue estirando, por eso siguen contando muertos, detenidos, protestas. Estamos a nada de que esa liga se rompa, si no es que ya se estira entre nudos y remiendos.
Y Venezuela es apenas uno de varios espejos que hay en el mundo, en donde el gobierno se vive así, con esa necedad que poco aporta y mucho, mucho, detiene. Bashar al-Ásad, presidente Sirio, ha actuado de la misma manera contra sus opositores desde 2011, quienes piden que el país transite a un gobierno democrático. Los ha atacado con la fuerza militar que, según números de la ONU, ha dejado más de 400 mil muertos.
Y, aunque en menos proporción, al menos sin muertos, en Estados Unidos vemos a Donald Trump pintándose su propia realidad, en la que no hay lugar para la crítica, para la oposición. Así lo ha demostrado desde su campaña: son enemigos de él y de su gobierno cualquiera que se atreva a decir algo en su contra. No ha tenido reparo alguno para sacar de la jugada a quienes considera que le podrían traer algún perjuicio, como lo hizo con el exdirector del FBI, James Comey.
La necedad de esos gobernantes sobrados, para quienes les es suficiente la realidad que se inventan, sin importar las condiciones en que viven sus gobernados, incluso poniendo en riesgo el futuro de su propio país. El Fondo Monetario Internacional prevé un desplome de 12% de la economía venezolana para finales de 2017; su PIB cayó un 16% el año pasado, se calcula que la caída en éste será de 12 por ciento. Y las señales más claras de ello se ven en las calles, donde la gente busca qué comer, en los supermercados, con anaqueles vacíos. Nada de esto cambiará sino hasta que la liga y la necedad de Maduro se rompan... o la rompan con (más) devastadoras consecuencias.
La necedad, ese vicio tan suicida...
