Manchester
“Explosiones, disparos y rehenes. Pánico y conmoción. Decenas de muertos y heridos. Un teatro lleno de gente que esperaba disfrutar de un concierto y que acabó inundado en sangre, la de esos ciudadanos que fueron blanco de unas cuantas personas que los arrastraron a su ...
“Explosiones, disparos y rehenes. Pánico y conmoción. Decenas de muertos y heridos. Un teatro lleno de gente que esperaba disfrutar de un concierto y que acabó inundado en sangre, la de esos ciudadanos que fueron blanco de unas cuantas personas que los arrastraron a su locura. Así me vino la pregunta: ¿qué carajos nos sucede? Pocas cosas nos diferencian del resto de los animales. La razón será acaso nuestra mejor y más poderosa herramienta, pero también se convierte, a veces, en la más peligrosa de nuestras aliadas...”, escribí esto hace dos noviembres. Hablaba de París, de lo ocurrido en Bataclan y de lo inconcebible que me resultó —y me sigue resultando— pensar en una sala de conciertos llena de adrenalina, desbordada en felicidad. A qué va uno a ese tipo de lugares, de eventos, sino a divertirse. Jamás se piensa que se regresará a casa lleno de terror, cubierto de sangre. Menos aun que no se volverá. París sigue siendo una herida para una Europa que ahora intenta cicatrizar (o no, que sigue supurando) entre el Brexit, la crisis de refugiados, la fuerza de la derecha que por momentos parece avanzar y, desde luego, una batalla contra el terrorismo que genera el Estado Islámico y sus seguidores. Cuando lo de París, los atentados los entendimos como una provocación para aterrar a la sociedad civil —que nada tiene que ver con los conflictos— y su vida cotidiana. París y el resto del mundo decidió plantarle cara al terrorismo y no se dejaron intimidar. A pesar, muy a pesar, de las 120 personas que perdieron la vida, decidieron defender su derecho al vino, al café, a la música, al gozo, al placer. Su derecho a abrazar la vida y no la imposición tiránica de la muerte como castigo supuestamente divino.
París tan doloroso. Lo mismo que Orlando y el delirio homofóbico de un lobo solitario y, a decir de las investigaciones, sexualmente atormentado. Una guerra contra el buen vivir ajeno para intentar atemperar los vacíos de unos malvivientes.
Pero lo de hace dos días, en Manchester, llegó más allá: fueron a atacar el arranque de la vida. De las 22 personas fallecidas que se reportan hasta este momento, había muchos menores de edad. Criaturas apenas entradas en la adolescencia, apenas descubriendo los colores del mundo. Entre los 59 heridos hay 12 menores de 16 años. Imagino la ilusión con la que estos niños, niñas y adolescentes contaron los días, cumplieron con sus deberes y cantaron entusiasmados las canciones de Ariana Grande en espera del concierto. Imagino su emoción cuando ya estaban en él, la cara de felicidad por irse a dormir y la enorme sonrisa que les produjo haber cumplido con un sueño. Porque a esa edad eso nos provoca ir a un concierto. No quiero imaginar lo que hoy esos niños, niñas y adolescentes heridos, aquellos padres que perdieron a sus hijos, pensarán por haber sido el blanco de un discurso de odio de un fanático religioso, de una guerra ideológica tan oscura como sinsentido. ¡Eran niños, carajo!
¿Qué nos está pasando? O, tal vez, la pregunta es, ¿qué nos va a pasar? Hoy, aquellos enemigos del mundo están dispuestos a atacar a la población más indefensa y vulnerable. La violencia llama a más violencia. Cada que ocurre un atentado, deseamos siempre que sea el último, pero siempre viene otro de mayor dimensión. Estamos rodeados de odio. Los fanáticos integrantes y simpatizantes del Estado Islámico continúan atacando por su malentendida ideología y, de este lado del mundo, vemos a líderes regodearse en sus igualmente peligrosos discursos de odio. O a otros que presumen su arsenal nuclear o a otros que se burlan de las protestas en su contra. Todo eso forma un mensaje que para los niños, niñas y adolescentes es un paisaje sumamente desesperanzado y peligroso. No podemos permitir que unos cuantos siembren ese odio que vuelven panfleto.
Ayer, Pekín amaneció llena de colores. Usuarios en redes sociales subieron imágenes de un cielo que se veía dorado, púrpura, rojo, azul... una postal fantástica con la que la naturaleza nos recuerda que no podemos perder nuestra capacidad para maravillarnos. Y que ella es más grande que todas nuestras atrocidades. Y ése es el mundo que debemos procurar para nuestros niños, niñas y adolescentes, de todas partes del mundo: el de la magia y el asombro, el de la sorpresa y la fascinación. Eso es lo que debemos recordar siempre que hechos tan tristes e inconcebibles como los del Manchester Arena ocurran. Porque, mientras no entendamos esto, estamos condenados a ser testigos de cómo la sinrazón de algunos nos está llevando a la autodestrucción, al abismo, a un punto que puede no tener retorno en muchos años. Y que tenga al dolor como único telón de fondo.
