Medidas de “emergencia”
Varios han sido los años en que, periodistas o no, miles han muerto a manos del crimen organizado. De este infierno, que es una casa de espejos en los que ya sólo la sangre y la muerte se reflejan.
“México debe distinguirse por proteger a periodistas”, dijo Enrique Peña Nieto 126 asesinatos después. Y aunque esta cifra corresponde a las muertes de compañeros que han muerto desde el año 2000, de esos 126, 36 han perdido la vida en lo que va de este sexenio. Uno tras otro tuvieron que ir cayendo, callando sus voces mientras los demás escuchamos de todo tipo de pretextos, incluso hubo quienes intentaron justificar estas ejecuciones, criminalizaron y pusieron en duda la actividad profesional, con tal de ahorrarse una investigación e, imagino, la burocracia. Ésa fue la respuesta de Javier Duarte, por ejemplo, cada que un periodista fue asesinado en Veracruz durante los años que lo robo, digo, gobernó.
Ayer, en Los Pinos, se reunió todo el gabinete de seguridad; una reunión de emergencia, dijeron. La emergencia, la misma que se ha narrado en las páginas de diarios, de portales, en noticiarios de radio y televisión. México se ha convertido en uno de los territorios más peligrosos, con un nivel de asesinatos similar a los de una zona en conflicto, como lo aseguró ayer la Organización Mundial de la Salud (a ver si también a ellos los llaman irresponsables). Un día antes, periodistas en varias partes del país salieron a las calles para exigir seguridad, por supuesto, la garantía mínima para realizar su trabajo; pero también justicia. Se lo recordaron a Enrique Peña Nieto, cuando al pedir un minuto de silencio por los periodistas muertos en los últimos días, meses, años, le gritaron “¡justicia!”, tomando a todo el presidium por sorpresa.
Y es que lo anunciado ayer, como resultado de la reunión de emergencia, es una mera estrategia que, de dar resultados, no será vista sino hasta un largo, muy largo plazo: fortalecer con más personal para la Atención de Delitos cometidos contra la Libertad de Expresión, establecer mecanismos de contacto y diálogo con la sociedad y el gremio periodístico, revisar e impulsar las investigaciones en proceso, coordinar autoridades de todos los niveles, crear Ministerios Públicos especializados en materia de libertad de expresión, crear, también, protocolos homologados para la atención e investigación de delitos contra la prensa.
Queda confirmado que la respuesta a cada contingencia es la creación de una fiscalía o la “remozada” de una ya existente. A pesar de las cifras de muertos, que no sólo de periodistas, lo único que se obtiene es una condena enérgica y el compromiso de que, “ahora sí”, harán todo lo posible para que ya no siga ocurriendo. Pero sigue pasando, y nada de lo que prometen resuelve, siquiera, los casos que les motivan sus medidas de emergencia.
Lo que ayer vimos fue más bien un evento “extinguidor”, de esos que sirven para calmar los ánimos, para dar la sensación de arropo, de responsabilidad. Pero varios han sido los años en que, periodistas o no, miles han muerto a manos del crimen organizado. De este infierno, que es una casa de espejos en los que ya sólo la sangre y la muerte se reflejan en todas las direcciones. De este infierno que, aunque lo sigan negando y postergando, sólo tiene una real salida de emergencia: la legalización. Y no sus reuniones de emergencia permanentes.
