Castro: el icono marchito
Largas filas qué tan espontáneas, eso está por confirmarse para despedir a Fidel Castro. Así amaneció ayer La Habana, en lo que son los primeros días de los cubanos sin el arquitecto de ésta, su ambigua realidad. En Miami miles de personas salieron a las calles desde ...
Largas filas (qué tan espontáneas, eso está por confirmarse) para despedir a Fidel Castro. Así amaneció ayer La Habana, en lo que son los primeros días de los cubanos sin el arquitecto de ésta, su ambigua realidad. En Miami miles de personas salieron a las calles desde el viernes en la noche, tras el anuncio de Raúl Castro sobre la, ahora sí, muerte del “comandante”, pero no a llorar, sino a celebrar porque él es el responsable de que todos ellos salieron de la isla. Y cuántas veces matamos a Castro desde que dejó el gobierno de Cuba en manos de su hermano, dicen las redes sociales que más de 300. Y pasó y en respeto de Fidel, hasta el momento sólo han confirmado asistencia a su funeral personajes como Nicolás Maduro, Evo Morales y Daniel Ortega, quienes confirmaron de inmediato, y cómo no, si Castro es la sombra que acompaña sus pasos; a ellos se le suman Peña Nieto y el rey de España, Juan Carlos I.
Fidel murió a los 90 años, justo el día en que se recordaba un año más de la partida del Granma (financiado —al igual que las armas— por el gobierno mexicano, particularmente, por el mítico Fernando Gutiérrez Barrios, quien habrá preferido financiar la Revolución Cubana que conservar guerrilleros en casa) del puerto de Tuxpan, Veracruz. Y su muerte nos movió la agenda a todos el fin de semana, y nos obligó a unos momentos de agridulce reflexión mientras recordamos y acomodamos todo lo que su régimen representó, pero también por la definitiva clausura del siglo XX. Si bien el triunfo de Donald Trump precipitó el derrumbe de las todavía pocas certezas que los nacidos en el último cuarto del siglo pasado traemos tatuadas en el “deber ser” político, económico y electoral, la muerte de Castro fue ya un epitafio cruel y casi fársico para quienes nacimos en el contexto de la Guerra Fría.
No fue ese sismo mediático capaz de detener el ritmo del mundo. La muerte de Castro se da cuando ya hay un hotel de la cadena Sheraton operando en La Habana, cuando ya se había concretado el inicio de operaciones de American Airlines para un vuelo directo de Miami a La Habana y cuando Chanel ya había llenado de glamur esas calles tan llenas de una historia detenida en el tiempo. Hace 15 años, la muerte de Castro habría sido una catástrofe para los cubanos, pero muchos festejaron cuando Obama se convirtió el primer Presidente de EU en pisar la Isla.
De Castro se pueden decir muchas cosas, de la Cuba suya, también. El nivel educativo y las posibilidades de cualquier ciudadano para terminar sus estudios, la potencia deportiva o la pionera en salud. Sí, la Cuba de Castro tuvo varios triunfos, pero cada uno quedó opacado ante la falta de libertad para sus ciudadanos. ¿De qué servía un posgrado si no se tenía qué comer? Aquel fenómeno de los balseros fue el signo más doloroso. Tantos que arriesgaron su vida para vivir, ellos sí, con libertad.
Fidel fue un carismático encantador de serpientes que aún logra ejercer la fascinación sobre los débiles ciudadanos que piensan que el poderoso debe ser la representación de todo aquello que ellos nunca jamás serán. Del ciudadano frágil y cobarde que sólo sabe acogerse al faldón de la imagenología de un padre fuerte y abundante. Incluso, si el padre termina siendo solamente un padre feroz, abusivo y cruel. Un padre tirano. Pero lo más desafortunado, es que Fidel Castro no es el último tirano: en Sudamérica dejó escuela, y el desenlace pinta para el mismo triste destino que el que fue de los cubanos. Y es que los tiranos seguirán surgiendo siempre que los ciudadanos no sepan utilizar su propio poder, su potencial y hacerse responsables de todas y cada una de sus decisiones. Si no, vean a la potencia democrática del mundo: acaba, en las urnas, de elegir a un tirano potencial. El tiempo dirá si lo permiten.
