(Súper) Martes (súper) negro
Escribo a las 22:38 horas del martes 8 de noviembre. A esta hora, prácticamente se puede decir que Donald Trump ha sido electo presidente de Estados Unidos. Quisiera solamente escribir una especie de epitafio sobre la inteligencia colectiva del género humano. Claro que ...

Yuriria Sierra
Nudo gordiano
Escribo a las 22:38 horas del martes 8 de noviembre. A esta hora, prácticamente se puede decir que Donald Trump ha sido electo presidente de Estados Unidos. Quisiera solamente escribir una especie de epitafio sobre la inteligencia colectiva del género humano. Claro que quería ver a Hillary, inteligentísima, que se ha preparado toda su vida para ese cargo: para dirigir a la nación más poderosa del mundo. Pero no porque “ella no haya ganado”, sino porque fue él, precisamente él, a quien los votantes le otorgaron su voto y su futuro. No puedo creer que un país entero le haya dado la victoria a un hombre con las características de Trump: un personaje que hizo su campaña a partir de no uno, sino de todos los odios posibles. Un hombre racista. Un hombre misógino. Un hombre que apeló a los instintos más viscerales y elementales de sus potenciales electores. Uno que apostó sólo a las emociones negativas y destructivas de los seres humanos. Nunca a la construcción. Nunca al futuro. Siempre usando el pasado como su punto de referencia: de partida y de regreso. Un hombre sin más ideas (mucho menos formación) que las que le susurra la vanidad a todo megalómano fascinado por su propia imagen al espejo. Por eso me voy a dormir con la fe en la inteligencia colectiva un tanto rota. Porque Estados Unidos, al igual que cualquier otro país, tenía la información histórica de cómo acaban siempre estas apuestas. Los liderazgos mal llamados “carismáticos” que, en realidad, son la proyección de una egolatría contumaz y una ambición totalmente desmedida, acaban irremediablemente en una tragedia lamentable.
Me voy a dormir pensando en aquélla, la capacidad de la demencia para hacerse presente, para arrasar con nuestra razón y nuestro mínimo sentido común, la locura colectiva que puede definir rumbos de países enteros. Del planeta, en tantas deplorables ocasiones. La vimos decidir en Reino Unido, donde nadie creía que la posibilidad de no formar parte de la Unión Europea sería una realidad. Se dieron cuenta de la torpeza un día después, cuando corrieron a Google a buscar qué carajo era lo que habían votado. Hoy se lamentan, pero qué más da, ya no hay nada que hacer y su proceso de salida está por comenzar. Lo mismo pensamos en Colombia, jamás creíamos que la posibilidad de quedarse empantanados en el conflicto, de aferrarse al pasado, de no ser capaces de avanzar y mirar al futuro, le diría al presidente Juan Manuel Santos que la mayoría de su pueblo prefirió decirle no a la paz con las FARC. El Nobel de la Paz que se le concedió a Santos pareció apenas como burlona jugada de esa sensatez que ya no pudo ser, que no llegó a las urnas de las manos de sus propios colombianos electores.
Me voy a dormir, al menos, pensando que por fin le encontré una explicación a un asunto que me había torturado intelectualmente en los últimos meses. Escribí el 7 de septiembre en este mismo espacio, en una columna (titulada “La apuesta de Videgaray”) a la que parecía, entonces, incomprensible invitación que había hecho al entonces candidato republicano: “Nadie que lo conozca, ni en México ni en el mundo, se atrevería a decir que el secretario de Hacienda se guía por improvisaciones. Al contrario. Es un hombre sumamente inteligente, de cálculo racional, de estrategia, por eso a la avalancha de críticas y de preguntas sobre el porqué del encuentro, le sobrevive el beneficio de la duda”. Anoche, finalmente, la realidad le dio la razón a Luis Videgaray. Y no creo, en absoluto, que él deseara un triunfo de Donald Trump: simplemente lo veía configurarse como nadie más lo vio. Creo que escuchar su lectura sobre lo que él alcanzaba a prever entonces, sería hoy necesario como nunca.
En fin. Me voy a dormir triste. Porque anoche no perdió Hillary Clinton: perdió Estados Unidos, perdió México, perdió el planeta. Anoche no perdió Hillary Clinton: perdió medio siglo y tres generaciones de avance civilizatorio. Anoche perdió la cordura. Anoche perdió la inteligencia. Ojalá y me equivoque. Ojalá y la solidez institucional de Estados Unidos impida que la locura y la insensatez empiecen a destrozarles (y destrozarnos) el presente y el futuro.