¿Y si yo me quisiera pachequear?

El tema es complicado, como lo es cualquiera que entre en el terreno de las libertades. La legalización de la drogas ha sido un asunto que al mundo le ha costado entender. En los países en donde ya no son delitos su consumo y su venta, es donde mejor observamos cuáles ...

El tema es complicado, como lo es cualquiera que entre en el terreno de las libertades. La legalización de la drogas ha sido un asunto que al mundo le ha costado entender. En los países en donde ya no son delitos su consumo y su venta, es donde mejor observamos cuáles son las implicaciones positivas y negativas de la legalización. La solución “ideal”, aquella en donde las drogas no son un producto al alcance del consumo humano, no es posible. Ya no. Y quién sabe si alguna vez lo fue. En nuestro país, ni pensarlo. En el contexto actual las drogas nos rebasan. Nos han insertado, además, en una guerra en donde no hay posibilidad de triunfo. Nos ha dejado, además, miles de muertos, desaparecidos e instituciones infiltradas por el narcotráfico.

El próximo miércoles se discutirá en la SCJN el proyecto presentado por el ministro Arturo Zaldívar, quien propone la legalización del cultivo, transporte y consumo (pero no comercialización) de la mariguana con fines lúdicos o recreativos. No es la primera vez que se intenta llevar a cabo una discusión al respecto, pero el tema, siempre, se ha quedado en la congeladora legislativa. Incluso, si se habla de asuntos terapéuticos, en ese aspecto, apenas se logró que una pequeña pueda importar medicina de cannabis, tras un largo proceso legal, pero que mucho servirá como punto de referencia para ampliar el debate al respecto de la mariguana como uso medicinal. Pero ahora será la primera vez que la Corte ponga el tema sobre la mesa bajo tales condiciones. Y las razones las ha sabido explicar bien el ministro.

La mayoría de los argumentos en contra de la legalización han caído en la retahíla, como la de Arturo Escobar, subsecretario de Prevención del Delito de la Segob, quien en una entrevista para El Universal dijo: “Para mí es mucho peor la liberación que la contención. México no puede pensar convertir en un hombre de negocios a El Chapo Guzmán, a La Barbie o a cualquier narcotraficante...”. La de Escobar es una declaración simplona —y engañosa— de lo que representa el asunto en términos de política pública, de salud y de seguridad. Recuerda el célebre dicho de Manuel Mondragón, cuando era comisionado Nacional Contra las Adicciones: “no quiero ver a un país mariguanero...”

La explicación de Zaldívar, por otro lado, es más penetrante: el consumo de la mariguana de manera recreativa funciona del mismo modo en que los hacen el cigarro y el alcohol. La prohibición es una estrategia que no alcanza y no representa un obstáculo para su consumo. Al ser de una demanda inelástica, quien desea fumar cannabis siempre encuentra la forma de obtenerla. Y aunque lo cierto es que la mariguana no es la única droga que existe en el mercado de los grandes cárteles, que ofrece una amplia y extensa gama (amapola, cocaína, químicos precursores de la metanfetamina, etc.) que se cultivan en tierras mexicanas o que transitan por ella para llegar al territorio de su más alta demanda, EU, la discusión del proyecto que tratará de impulsar el ministro Zaldívar, abre una ventana que muchos se han empeñado en cerrar por tantos años. En todo caso, habría que preguntarle a nuestros políticos por qué tanto interés en mantener como ilegal —dejándole exclusivamente las utilidades al Chapo Guzmán y compañía­— ese negocio que, además de mucho dinero, ha generado tantas muertes.

Por lo pronto, como lo expone el ministro Zaldívar: lo que se debe o no se debe hacer es una decisión que únicamente debe estar regida por la ética personal de cualquier individuo. Yo no me quiero pachequear, pero si acaso quisiera, desearía que mi churro no estuviera bañado con la sangre o el dinero sucio de tantos muertos y que, además, vaya usted a saber a cuántos políticos estaría enriqueciendo, en lo oscurito, fumada tras fumada.

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