Fundamentalmente inadmisible
Las religiones nacieron como una precoz estrategia política ante el caos prevaleciente y la necesidad de una autoridad, a alguien se le ocurrió recurrir a la institucionalización de la idea de “Dios” como todopoderoso soberano: a la vez Ejecutivo, Legislativo y ...
Las religiones nacieron como una precoz estrategia política —ante el caos prevaleciente y la necesidad de una autoridad, a alguien se le ocurrió recurrir a la institucionalización de la idea de “Dios” como todopoderoso soberano: a la vez Ejecutivo, Legislativo y Judicial— para poner un poco de orden a las sociedades primitivas. Y durante centurias (y con sociedades más o menos reducidas funcionó a la perfección la idea aglutinante del mandato divino y garante de estadios de paz). Lástima que esas mismas religiones se convirtieron —o se pervirtieron— en el desorden irracional de tantas sociedades cuando la “idea aglutinante” no se fue adaptando al avance intelectual, técnico, científico y al crecimiento demográfico de las sociedades. Y entonces fue que nacieron los fundamentalismos, como una reacción de aquellos grupos que querían conservar el statu quo provisto por esos contratos sociorreligiosos, mismos que están basados en una serie interminable de imposiciones, a través de sus estatutos morales, como escribía ayer mismo Maruan Soto Antaki en su columna en el portal de Sin Embargo.
Cuando el concepto de “palabra de Dios” (o lo que un grupo de listillos asegura que es su “voluntad”) lo único permitido es la obediencia. Lo incognoscible es, por supuesto, incontestable. La religión obliga a creer, sin opción a cuestionamientos; una esclavitud intelectual sustentada sólo en los famosos “actos de fe”. Transcurrieron milenios, descubrimos que la Tierra era redonda, que hay un sistema solar y más galaxias, inventamos la anestesia y la penicilina, descubrimos el átomo, el hombre llegó a la Luna, las mujeres votamos y gobernamos naciones, desciframos el genoma humano y hasta hemos entrado en la era en la que podemos hablar vía video con alguien en la Estación Espacial Internacional y, sin embargo, el ámbito de las creencias no ha evolucionado a la misma velocidad (ni el mismo sentido) que la ciencia. La fe institucional se quedó anclada en los terrenos de nuestras previas zonas de ignorancia. Y es por eso que hoy se dibujan en el mapa del mundo tantos focos en los que el fundamentalismo —el religioso— se vive en múltiples dimensiones. Y de su mano, tantos fanatismos políticos, ideológicos, raciales, genéricos, etc. Y a pesar del extraordinario avance que supuso el triunfo de la democracia y la adopción del modelo de Estado laico, hoy en día, éstos parecen peligrar frente al resurgimiento de la barbarie de la fe ciega e irracional.
Tras lo ocurrido en el semanario Charlie Hebdo se ha levantado un debate que, en lo personal, considero sumamente peligroso. Algunos, en Occidente, si no celebrado, han justificado en una u otra forma el ataque donde murieron 12 personas: es culpa, dicen, de los intentos occidentales por aplastar su cultura (porque claro, deberíamos respetar que sigan lapidando mujeres, asesinando homosexuales, tasajeando el clítoris de las mujeres, mandando niños con chalecos cargados de explosivos a casa de sus enemigos, etc.). Y claro, dicen (aun sin decirlo con todas sus letras) que eso se ganó Charlie Hebdo por “burlarse” de su profeta (¿alguien habría justificado el asesinato de Madonna o de Lady Gaga por burlarse de la fe cristiana? ¿O de Nietzsche? ¿O de Magú?). Porque, nos guste o no admitirlo, la libertad de expresión de cualquier ciudadano, no importa a lo que se dedique, en Occidente, está debidamente garantizada. Decía ayer Sergio Sarmiento que la libertad de expresión debe alcanzar incluso para garantizar la posibilidad de aventarnos insultos. Que lo único que debe regular al insulto es una ética estrictamente personal: no un mandato de ninguna índole (mucho menos, digo yo, los de orden religioso).
Por eso la gravedad de lo ocurrido. Porque una sociedad que vive en su etapa oscurantista, viene y ataca a una sociedad en la que dejamos atrás hace varios siglos esos deplorables instrumentos de terror humano cometido en “el nombre de Dios”. Por eso, y porque además lo de Charlie Hebdo no sólo fue la terrible amenaza cumplida, tuvo otro objetivo: comenzar a sembrar temor entre escritores, cartonistas, periodistas.
Para Michel Houellebecq (uno de los más notables escritores contemporáneos) el día del atentado al semanario francés —que a su vez le dedicaba varias de sus páginas— era también su día, pues lanzaba en librerías Sumisión, su más reciente novela. Paradójicamente, en ésta imagina una Francia en la que los partidos tradicionales pierden la elección de 2022, para entonces ser gobernada por un partido musulmán. El escándalo —que siempre lo acompaña— apareció días antes de la presentación de ésta, su más reciente entrega literaria. Y el ataque terrorista fue de tal magnitud, que el mismo miércoles Houellebecq abandonó París y suspendió (esperemos que sólo haya pospuesto) la promoción de su obra. A raíz de lo ocurrido, se han recuperado varias declaraciones del escritor, algunas datan de hace más de 14 años, cuando publicaba Plataforma. Pero será acaso una de las más actuales, la que llama mi atención. La dio a The Paris Review en una entrevista publicada hace unos días: “Cuando me juzgaron por racismo y me absolvieron, hace una década, el fiscal comentó, correctamente, que la religión musulmana no es un atributo racial. Esto hoy en día se ha hecho aun más evidente. De forma que hemos extendido el reino del “racismo” inventándonos el delito de islamofobia”. Así de inteligente, así de provocador es Houellebecq, quien hoy ha resultado la primera víctima no mortal, pero sí ánimico-intelectual de los ataques a Charlie Hebdo.
Los hechos del miércoles pasado son absolutamente condenables, no hay forma de que no lo sean. Pero también deben ser motivo para un debate social sobre el papel del fundamentalismo, sobre ese “choque de civilizaciones” al que se refería Samuel Huntington. Sobre el camino que siguen en ciertas partes del mundo, donde la libertad no es un derecho y lo único que vale es la obediencia o, en su defecto, la muerte como alternativa. Es una cuestión de tolerancia, pero también de respeto a los derechos humanos de todas las sociedades en las que la única vía argumentativa debe ser la razón, no el fanatismo. Y mucho menos actos terribles en nombre de dioses o causas. Se impone el debate, nuevamente, si la tolerancia debe ser prerrogativa frente a quienes son profundamente intolerantes. Peor aun: asesinos (en nombre de cualquiera que sea su visión del mundo, de la realidad o de la irrealidad que intangible permanece). El fundamentalismo debe ser fundamentalmente inadmisible.
