El Papa gay friendly vs. la Iglesia inquisitorial
“Amarás a tu prójimo como a ti mismo...” Jesús de Nazareth La línea discursiva del papa Francisco ha pasado de las sutilezas a las precisiones. Poco a poco, sí. Pero en estos poco menos de dos años ...
“Amarás a tu prójimo como a ti mismo...”
Jesús de Nazareth
La línea discursiva del papa Francisco ha pasado de las sutilezas a las precisiones. Poco a poco, sí. Pero en estos poco menos de dos años que Jorge Bergoglio ha estado al frente de la Iglesia católica, desde la oratoria hasta los comunicados que se envían desde el Vaticano a todo el mundo, han dado señales de apertura para hablar de temas que antes debían mantenerse en el sótano o, mejor dicho, en el clóset. Aquella declaración que dio a un grupo de periodistas abordo de un avión, en el que dijo que quién era él para juzgar a los homosexuales, se entendió más claramente como tal apertura.
Para aquellos incrédulos al respecto, basta con recordarles el tipo de institución de la que hablamos. ¿O recordamos a otro jerarca religioso sugerir siquiera algo similar? Que el papa Francisco esté incentivando con más fuerza que nunca que la Iglesia se flexibilice ante lo evidente y necesario, está provocando dolores de cabeza al interior del grupo que representa: cuánta hechura filosófica y social está armada bajo los preceptos de una Iglesia nada flexible, por el contrario, ésta ha sido una que a través de la historia se ha encargado de condenar todo aquello que para ellos no sea lo que entienden como correcto. Incluso siendo parte activa en crueles y terribles episodios históricos.
Cuando la semana pasada, el borrador del documento que se discute en el sínodo, en el que se escribió que los homosexuales deberían ser reconocidos por el catolicismo como seres humanos con “dones y atributos” que ofrecer a la Iglesia, pensamos que, en efecto, esa línea discursiva distaba muchísimo de ser una comunidad que padece un “desorden intrínseco”, como lo refería el papa Benedicto XVI. Aunque para los no católicos —gays o no, religiosos o no— esto no representó absolutamente nada o acaso sólo un ejercicio de tolerancia (que para algunos ni eso), es cierto también que para los millones de personas en el mundo que siguen a la Iglesia católica, esto sugiere un cambio de chip que a corto, mediano y largo plazo enriquece el pensamiento religioso y social, por supuesto.
Sin embargo, el fin de semana supimos que los 200 obispos convocados al sínodo le hicieron remaches y el resultado del documento pasó de ser un “terremoto” a nada más un susto —aunque también podría ser una primera llamada para futuros agregados— porque se fueron al uso de las sutilezas: ya no “dan la bienvenida a las personas homosexuales” (como se escribió en el preliminar) sino que lo cambiaron por “acoger a estas personas”. Sutilezas o eufemismos. O más bien miedo. Es evidente que el trabajo que le resta al papa Francisco es demasiado. Basta con mirar la reacción de la mayoría de estos 200 obispos convocados al sínodo; todos ellos católicos radicales, para entender también el porqué de los remaches que le hicieron al documento del que se habló la semana pasada. Pero también es, como escribimos renglones arriba, una de las varias llamadas que ya ha hecho el papa Francisco respecto a este tema que, por la insistencia, seguramente estará en la agenda del Vaticano en un futuro...
Addendum. Y para ejemplos de la radicalidad de los obispos, recordemos que también la semana pasada, mi tan querida Adela Micha entrevistó al cardenal emérito Juan Sandoval Íñiguez en la Primera Emisión de Imagen Informativa, aquel que, cinco años, se mandó a escribir una biografía —tal vez porque le resulta más complicado el trámite de canonización— en la que se define como un personaje “carismático, polémico, atrevido y sin prejuicios...”, lo polémico no se lo discutimos, porque él es justamente un claro ejemplo del pensamiento radical al que el papa Francisco deberá enfrentar al interior de la Iglesia. Y es que Adela le preguntaba sobre este documento que se discute en el sínodo, y él se limitó a responder: “Yo sólo creo en Dios...”. Viejo mañoso.
