Owen

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Yuriria Sierra 23/05/2014 00:58
Owen

En repetidas ocasiones hemos dicho aquí que cualquier acto que vaya en perjuicio de un menor debe de ser castigado. Pocos son los actos que ceden la palabra al hígado, a la víscera, que se convierte —a veces— en el único órgano capaz de asimilar la dimensión de algunos acontecimientos. Nos sucede cuando hablamos de una agresión sexual, un acto que por su naturaleza debe ser siempre bajo consenso de quienes lo realizarán, jamás a la fuerza. Nos sucede también con el secuestro, ¿quién se cree capaz  de decidir coartar la libertad de otra persona y ponerle un precio a ésta? Nos sucedió ayer mismo, cuando hablábamos de los trágicos episodios de bullying que se han registrado, de los que hemos sabido y que, lamentablemente, no son los únicos.

Tomando el primer ejemplo, el de las agresiones sexuales, dentro del mismo grupo está aquel otro, el que se queda en un abuso físico de orden estrictamente violento y es igual de lamentable. ¿Cómo un menor puede defenderse de la fuerza de un adulto? ¿Recuerdan el caso de Fernando, el niño que perdió ambos ojos porque su madre —totalmente fuera de sí— se los quitó usando una cuchara como parte de un ritual en el que esperaba el fin del mundo? Sin importar las razones, el sólo hecho de nuevo concede la palabra a la víscera, ¿qué castigo para esta mujer capaz de dañar y cambiar la vida para siempre a su hijo?

Con Owen, el niño que hoy se encuentra ingresado en un hospital en el municipio de Tlalnepantla después de una serie de abusos —que van más hacia la tortura— cometidos por su madre y el amante de ésta, nos pasa igual. Golpes en todo el cuerpo, quemaduras en sus genitales y un evidente abuso sicológico al que fue sometido. Aunque el menor ha dicho que fue el novio de su madre quien lo golpeó, ¿qué grado responsabilidad tiene ella? Toda.

Entendemos que las leyes son las encargadas de castigar, de dimensionar este tipo de acontecimientos; pero al igual que sucede con el bullying, hay hechos que en verdad merecerían sanciones que intenten siquiera ser un equivalente de las atrocidades a las que son sometidas las víctimas, en este caso menores de edad, bebés o niños que apenas están descubriendo el mundo.

¿Cómo es posible que una madre sea capaz de consentir tales abusos con tal de “no perder” a su pareja o vaya usted a saber por qué? Recuerdo la película Precious, en la que el personaje que le da nombre a la cinta se convierte en el centro del odio y el rencor de una madre completamente falta de sentido humano, ya ni qué decir del materno. Una mujer que permitió una cantidad de abusos a su propia hija, que después hizo armas para atacar y humillar a ésta. Al final de esta historia, la madre termina sumergida en sus recuerdos y también en la inmundicia de la que llenó su entorno y, sí, completamente sola. Giros necesarios y apenas justos para historias de ficción que nos resultan inconcebibles cuando se nos presentan en la realidad.

Qué bueno que la madre de Owen está en prisión, ojalá que le llegue también la hora al fulano que le servía de amante y que le propició tal tortura al pequeño. Pero así como esperamos que el menor logre su recuperación, también esperamos que las leyes sean mucho más estrictas al igual que los protocolos de acción. ¿Cómo es posible que haya sido a través de las redes sociales que se lograra la atención de las autoridades? Y es que, según lo han narrado quienes se involucraron de inmediato en el caso, en un inicio, éstas —las autoridades— no dieron respuesta a la denuncia, a pesar de la gravedad de las lesiones con las que Owen fue ingresado al hospital.

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