Adiós, Gabo

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Yuriria Sierra 22/04/2014 00:29
Adiós, Gabo

Abrazados, juntos, riendo. Así se encontraban José Saramago, Carlos Monsiváis, Carlos Fuentes y Gabriel García Márquez en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara en 2006. La fotografía que enmarca este encuentro ha circulado recientemente y sin cesar en redes sociales. Hoy, esa imagen es desoladora: Saramago y Monsiváis se despidieron del mundo en 2010, con apenas un día de diferencia. Fuentes murió en mayo de 2012. García Márquez, Gabo, el jueves pasado. A los cuatro les sobreviven sus letras (y esto dicho con la amarga nostalgia de saber que no habrá más, pero con el profundo, enorme agradecimiento por las que sí nos dieron. Las brillantes, las sombrías, las enormes, las incomparables, las profundas, las profanas, las que ya ganaron su sitio no sólo en la historia de la Literatura, sino en la historia de sus millones de lectores). Cuatro mentes brillantes, plumas arrolladoras que se encontraron tantas veces. En otra imagen de las que circularon estos últimos días, a ellos se les unía José Emilio Pacheco, quien murió apenas en enero pasado.

Además de Pacheco, lo que va de 2013 ha estado marcado por grandes pérdidas del mundo literario: Juan Gelman, Luis Villoro, Federico Campbell y otros más que también se han despedido. Ha sido un año tristísimo para las letras, no sólo para las mexicanas ni las de Latinoamérica, sino las de todo el mundo. En apenas cuatro meses, nos hemos tenido que despedir de esas prosas, esas poesías, esas ficciones y esos ensayos que atestiguaron las segunda mitad del siglo XX por adelantado. Nos están dejando huérfanos. Pareciera que nos quedamos sin grandes pensadores (y, sin embargo, mi fe en la inteligencia humana es por mucho superior a mi inevitable y coyuntural tristeza).

García Márquez era uno de ellos, tal vez el más: “Fuentes recordó que, después de leer Cien años de soledad, le había escrito a Julio Cortázar una carta que decía: ‘Me siento nuevo después de leer este libro, como si le hubiese dado la mano a todos mis amigos. He leído El Quijote americano’...”, escribía Héctor de Mauleón, en una crónica maravillosa sobre el episodio de su vida que compartió con Gabo y que fue publicada ayer en el portal de Nexos.

La noticia sobre la muerte de Gabriel García Márquez me llegó mientras me encontraba de vacaciones en Chicago. Al día siguiente, en la primera plana de The New York Times, leía en su nota principal (o sea, en sus ocho columnas): “Entwining tales of Time, Memory and Love” (Cuentos entrelazados de tiempo, memoria y amor), una cabeza maravillosa, que desplazó las noticias provenientes de Ucrania y de Corea del Sur (en un guiño que es homenaje a quien también hizo del periodismo su entrada al mundo de las ideas).

Gabo, colombiano por nacimiento, mexicano por adopción (acaso encontró en nuestras tierras su nuevo Macondo), fue siempre una de esas grandes mentes: apasionada por el poder no en su sentido vulgar, no como herramienta para el control; apasionado de sus secretas pulsiones, de las arterias que lo forman y lo deforman, de los rincones más humanos desde los que se anhela, se conquista, se ejerce y se extravía. Ante todo, curiosidad intelectual. Se acercó a los poderosos (a los que le dio la gana, jamás), no para ser uno de ellos, sino para entenderlos, diseccionarlos, retratarlos con el pincel único de sus letras y su puntillosísima inteligencia.

¡Qué fortuna es saber que de un escritor podremos hablar siempre en tiempo presente! Porque para eso son sus textos, para tenerlos más allá de la coyuntura y de las modas. Gracias a cerebros como los de Gabo es que nos hemos ido entendiendo, en solitario y en conjunto, como individuos y como sociedad. Por eso el revolotear de las alas de aquellas mariposas amarillas será siempre en tiempo presente... por eso el suyo, el realismo mágico que le hereda a la literatura universal: “La primera condición del realismo mágico, como su nombre lo indica, es que sea un hecho rigurosamente cierto que, sin embargo, parece fantástico...”, decía él mismo. ¿Cómo explicar y explicarnos la vida sin esta premisa tan finamente descrita? Porque algo es absolutamente cierto: no hay biografía humana que carezca de sus propios episodios peregrinos...

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