Bastones ciegos y muros de aire
Dos poemarios publicados por el sello Calamus cumplen diez años
Dos poemarios de dimensiones mínimas. Sutiles, discretos. Dos poemarios de dos distintos autores —los mexicanos Rafael Torres Sánchez y José María Espinasa—, pero surgidos de un mismo sello. Dos poemarios que cumplen, intactos, diez años de morar en el mundo lírico. Dos revisitaciones como lector. Dos poemarios de Calamus, editorial auspiciada en 2006 por el artista oaxaqueño Francisco Toledo —a través del Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca— y en cuyo catálogo figuran poetas de la talla de Fernando Pessoa, Antonio Gamoneda y Vasko Popa. El primero se titula Bastón de ciego y es de Torres Sánchez, nacido en Culiacán el 8 de julio de 1953. Además de poeta, Torres Sánchez es economista e historiador. En 1986 ganó el premio Carlos Pellicer para obra publicada por Fragmentario. El segundo se titula Sobre un muro de aire y lo escribió Espinasa, nacido el 15 de octubre de 1957 en la capital mexicana. Además de poeta, es ensayista y editor. Son de cartón (1979), Cartografías (1989) y Piélago (2014) son otros tres de sus poemarios. Ofrezco aquí mi relectura sobre cada uno de los libros citados.
Brújula invisible
A veces le pertenece a la noche. A veces a la alegría. No siempre la ciudad es su sitio, pero tampoco la rama, la mar o el río. Así es la poesía que habita este libro: Bastón de ciego, de Rafael Torres Sánchez (Calamus/Conaculta). Como bastón de ciego este artefacto lírico se guía por el oído. Susurra dudas y anuncia, con dulce canto, actos propios del más arrojado impulso amatorio. Como en La pregunta apacible: “Así le voy a hacer. / En lugar del minuto de silencio, / la madera que agrande al río / con el llanto del que no puede irse, al río que suspira por quedarse / y que el verso conteste: / igual a la del agua es la pena de puente”. Porque, como el propio poeta sinaloense anticipa: “¿cuál de los dos amantes sufre más pena, / el que se va o el que se queda”. Este poemario no tiene ruta definida. Disfruta más la trayectoria hacia ninguna parte que el nada heroico hecho de arribar a algún buen puerto. Las pertenencias que carga en el viaje son el ritmo y la cadencia, no el tema ni la circunstancia: Así, en Bamba, luego de ir “a rodar por el mundo sin pedirle al camino / sombra alguna de árbol ni remanso de río / y lo mismo a los montes y al desierto lo mismo”, el poeta acaba por determinar su lance en una aviesa petición: “mi prenda, la más amada, tú dirás para cuándo / y hacia dónde le damos buen negocio a los remos: / a la mar que te vayas me voy contigo”. Libres y andariegos, estos versos son pinceladas que, como bastón de ciego, ayudan al poeta a orientarse en un mundo que quiere habitar nombrándolo a tientas.
Alfabeto onírico
Hay poesía para nombrar el mundo o para restablecerlo. Hay poesía para transgredirlo y transfigurarlo. Hay incluso poesía para taladrarlo a punta de inquisiciones. Hay, también, poesía para negar la existencia de la propia poesía. Este poemario —Sobre un muro de aire, de José María Espinasa (Calamus / Conaculta, 2007)— tiene una dudosa convicción única e indivisible, pues su vocación es diversa como el amor y huidiza como el agua. Conformado por ocho breves secciones, quizá El canto de la sirena, Sobre un muro de aire y El agujero del calcetín son las que poseen mayor altitud. En el primer caso, el pretexto del poeta es la sirena, su vigencia mítica en el imaginario colectivo y en el asombro febril del autor: “Ángel caído: el demonio. / Ángela caída: la sirena. / Los dos pierden las alas, / uno gana el fuego, la otra el agua. / El color las devuelve al aire, / les da tierra, / si no para vivir, para aparearse. / Les pone una isla / y ellas cantan”. En el segundo, la mirada del poeta reseña su entorno y a cambio recibe imágenes en racimo, que muestran el poder de la contemplación: “... Arde, duele fijar los ojos, de pronto la brisa: / el follaje sobre el cielo es un alfabeto de pájaros”. En el último caso, un elemento sencillo y vital como los calcetines provee al poeta un tipo de material distinto para comprobar que nada le es ajeno o fútil. Con una dosis precisa de ironía, Espinasa dedica una mirada a los pies humanos, que son, finalmente, el origen del camino: “Se lee el pozo del café y el fondo del iris. ¿Por qué no el agujero del calcetín? Porque siempre tiene algo de pequeña tragedia, de desastre por venir e irremediable, ya ocurrió antes de suceder”.
Estribo y cuenta
Y hablando de Chema Espinasa... Resulta que el pequeño sello que fundó y dirige, Ediciones sin Nombre, es víctima de una mala época. Hace unos días, a través de sus redes sociales, informó que, impedido para hacer una mudanza de bodega, se ve forzado a vender en volumen sus ejemplares con un descuento considerable. A la letra dice: “Exhortamos a nuestros lectores, autores y amigos, que nos han acompañado en 22 años de salir a flote a salvar nuestro fondo del terrible destino del molino. Podrán adquirir los ejemplares previa cita en nuestra bodega o cubriendo el costo de paquetería”. El catálogo puede consultarse en www.edicionessinnombre.com y, para mayores informes, aportan teléfono (5531425194) y correo electrónico (edicionessinnombre@gmail.com). Habrá que recordar que este sello mexicano ha publicado a autores como José Balza, Esther Seligson, Andrés Caicedo, Marco Antonio Campos, Federico Campbell, Elsa Cross, Irma Dávalos Pardo, Gerardo Deniz, Evodio Escalante, Luis García Montero, Juan Gelman, Edmond Jabés, Darío Jaramillo Agudelo, Pura López Colomé, Angelina Muñiz-Huberman, Elías Nandino, José María Pérez Gay, António Ramos Rosa, Daniel Sada, Yorgos Seferis, Tomás Segovia, Marina Tsvietáieva, Ida Vitale y Ramón Xirau, entre muchos otros.
