Lobo, ¿estás ahí?
Varios lobos acechan mis recuerdos de infancia. Y aunque ahora, a la distancia, sé perfecto que no eran bestias tan pavorosas, el asunto es que ahí están en mi memoria: vigilantes, inconmovibles, fieros, hambrientos, prestos siempre a atacar, aunque sus colmillos y ...
Varios lobos acechan mis recuerdos de infancia. Y aunque ahora, a la distancia, sé perfecto que no eran bestias tan pavorosas, el asunto es que ahí están en mi memoria: vigilantes, inconmovibles, fieros, hambrientos, prestos siempre a atacar, aunque sus colmillos y garras sean de utilería y su piel sea de peluche. Doy fe de dos de esos casos.
El primero, el más aterrador, lo simboliza el actor Jorge Russek, que hacía el papel de Licán, rey de los licántropos, venido de Transilvania y llegado a México en una caja de madera sin destinatario. Era un poderoso hombre lobo a quien exclusivamente el poseedor de un símbolo de plata, es decir, El Santo, el invencible Santo, puede vencer. Y ahí tienen al imbatible enmascarado de plata, gritando en el monte: “¡Licááááán, Licááááán, pelea, no seas cobarde. Licááááán, Licááááán!”. Emocionante, la verdad.
Se trata, ya lo recordaron, de la parte final de la película Santo vs. Las Lobas, filmada en San Juan del Río en 1971, estrenada al año siguiente y en cuyo reparto estaban Rodolfo de Anda (interpretando dos papeles, el de los gemelos Harker, estirpe inmune a la licantropía), Gloria Mayo (la joven Adriana, que cae rendida de amor ante la valentía del Santo), Nubia Marti, Carlos Suárez (el fabuloso Gitano, mi personaje favorito) y la gran Tamara Garina (¿se acuerdan de la novia de El Gato, Sergio Jiménez, en la cinta Los Caifanes?). De verdadero miedo, pues.
Otro inolvidable caso de lobos-humanos es el de la bella Kitty de Hoyos, protagonista de La Loba (cinta de 1965 dirigida por Rafael Baledón), que cuenta las vicisitudes de un científico (interpretado por José Elías Moreno) cuya especialización, que raya en la obsesión, es la metamorfosis humana. Su hija (la rubia De Hoyos) es una inusual víctima de la luna llena y, por lo tanto, mes con mes, se transforma en una feroz e insaciable bestia que sólo sacia su apetito voraz con sangre y carne humana. En los créditos lucen Joaquín Cordero (especialista en el fenómeno de la licantropía que al final se descubre como hombre-lobo), y Noé Murayama, que da vida a un implacable cazador de licántropos que posee dos armas letales contra las bestias: un aguerrido perro esquimal y un peculiar cuchillo (¿de plata?) que resulta mortal para tales creaciones del diablo.
Pues bien, quiero aventurar que esos mismos miedos infantiles —convertidos luego en una gran curiosidad intelectual— fueron el germen de un erudito ensayo que el poeta, ensayista, traductor y periodista cultural argentino Jorge Fondebrider (Buenos Aires, 1956) publicó originalmente en 2004 y que el sello mexicano Sexto Piso reeditó este año bajo el título Historia de los hombres lobo.
Esta inaudita y exhaustiva aportación histórica hurga en lo más remoto de las leyendas, sobre todo europeas, que dan noticia de antiquísimas creencias desarrolladas en comunidades asentadas en medio de zonas boscosas.La investigación parte, como es debido, en el origen de los lobos, animales que desde la antigua Grecia poblaron los manuales zoológicos y bestiarios gracias a su abyecta fama. Como ejemplo inicial está la descripción que al respecto brinda Aristóteles (385-322 a. C), que dota a estos animales de un “temperamento salvaje y traicionero”. Otra de las
inagotables fuentes de Fondebrider es Cayo Plinio Segundo (23-79 d. C), que en su naturalis historia se ocupa especialmente de los lobos: “En Italia se cree comúnmente que ver lobos hace daño; tanto que, si ven a un hombre antes de que éste los vea, le causan momentáneamente la pérdida de voz”. Este efecto es causado, según Plinio, por “la antipatía que existe entre el hombre y el lobo, o a la malignidad de los efluvios procedentes del lobo, o a la violencia de un súbito miedo que en ese momento trae tumescencia…”.
Esa estampa perniciosa de los pobres cuadrúpedos, dice Fondebrider, será repetida hasta la ignominia a lo largo de toda la Edad Media. Y así, de los egipcios a los romanos, de los islandeses a los escandinavos y de las poblaciones mediterráneas a las germánicas, los lobos fueron cargando por muchos siglos y “sobre sus desdichados lomos con los defectos… humanos”.
Animales con muy mala prensa, diríamos hoy, estos animales fueron la representación de lo abyecto, lo demoniaco, lo malévolo, lo cruel, lo perverso. Ese y no otro fue el origen de esa dañina mitología que envolvió al hermano lobo de los bosques y que lo asoció a la superstición, condenándolo a su caza indiscriminada al punto de casi extinguirlo. Esa persecución generada por la incomprensión provocó el nacimiento del legendario hombre-lobo, siempre asociado con lo diabólico. Véase si no el razonamiento escrito en el Bestiario de Aberdeen, manuscrito de corte religioso redactado en Inglaterra alrededor del año 1200: “El diablo tiene la naturaleza de un lobo: siempre mira a la humanidad con malos ojos y continuamente da vueltas en torno del rebaño de fieles de la Iglesia, para arruinar y destruir sus almas”.
Múltiples son los ejemplos que la humanidad ha dejado sobre “la existencia” de esas criaturas devoradoras de carne humana. En la literatura, en el cine, en las narraciones orales legadas por pueblos ancestrales. Relacionados por siglos con la saña demoniaca, la atrocidad y lo espeluznante, los lobos en realidad han sido víctimas de la crueldad humana, que no es otra cosa que un fiel reflejo.
Estribo y cuenta
En la Orquesta Sinfónica Nacional algo suena mal. Hace cinco años, según publicó mi compañero Juan Carlos Talavera en estas páginas, el músico Humberto López demandó al INBA por despido injustificado de la máxima agrupación musical. Tras esa publicación, el equipo jurídico del INBA (¿existía?) puso manos a la obra y terminó por saldar la deuda con el violinista. El problema real es que hay más casos como el de López. Este diario los dará a conocer. Esperemos que, tarde o temprano, ambas partes lleguen a la conciliación.
