Se reforzó nuestra imagen

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Victor Gordoa 02/07/2014 02:18
Se reforzó nuestra imagen

Estoy igual de triste que la inmensa mayoría de los mexicanos. Por un momento creí que nuestra selección de futbol pasaba a cuartos de final y que se abría la posibilidad de seguir adelante, tal vez hasta semifinales, en la gesta deportiva más popular del mundo. Sentí que estuvimos cerca de vivir la gloria deportiva y, cuando ya me la estaba creyendo, de pronto, en cinco minutos, todo se esfumó y así, en medio del dolor y la decepción todo volvió a ser igual. He contado con un par de días para rumiar mi dolor y volver a la realidad para tratar de hacer un análisis de lo que la experiencia futbolística contribuyó a la imagen de México y de los mexicanos ante el mundo, empezando por lo que la victoria podría haber contribuido a engrandecernos, pero, como se trató de una linda ilusión, me di cuenta de que no contaba con algo sólido de lo cual agarrarme. La realidad me ubicó otra vez en el marco de su gran crudeza.

El Anhelo...

México es un país que se alimenta de ilusiones. Estoy cierto de que los mexicanos somos luchones y constituimos en nuestra mayoría un pueblo noble que suele restar importancia al panorama negativo real, el del diario acontecer que tanto nos jode, siempre y cuando cuente con la promesa de que existe un lugar mejor al que podemos aspirar, promesa hecha por un líder que al menos parezca que puede llevarnos a él. Evidentemente, el campeonato del mundo era la tierra prometida y El Piojo Miguel Herrera el nuevo mesías que nos guiaría hacia ella. Su carisma personal aumentado a través de la lente de la cámara de la televisión fue suficiente para hacernos creer que él era el esperado redentor de nuestras carencias, que él era quien nos llevaría a demostrar al mundo que los mexicanos somos “bien cabrones” y que nuestro Cielito lindo unido al rito de guerra homofóbico derribaría las murallas de las fortalezas enemigas cual sonido de millones de nuevas trompetas de Jericó. El bizarro lenguaje corporal “piojezco” se convirtió en el símbolo tribal que “herrerizaba” la piel y que inspiraba a su pequeño gran ejército para vencer al resto del mundo. No fue así, pero nos la creímos, claro que sí, y eso fue lo más cruel y doloroso

La Realidad...

¿Qué fue lo que pasó? ¿Un descuido? ¿Un cambio mal realizado? ¿Un artero engaño a cargo del astuto enemigo? ¿Perdieron sus poderes los cantos y gritos? No lo sé, pero de pronto los sombreros y los falsos bigotes zapatistas, las máscaras de luchadores de arena popular, los guerreros aztecas con tocados de águilas y nopales de las legiones de fanáticos orgullosos de su mexicanidad se sintieron pesados, incómodos, fuera de lugar, derribados de su zócalo, silenciados, desvaneciéndose la magia para ocupar su sitio en el olvido. Nuestra imagen no ganó, al fin y al cabo perdimos aun cuando hayamos luchado cuales niños héroes. La imagen que sí se reforzó es la de que somos un pueblo difícil de entender que destaca no por sus logros en cualquier campo, sino por mearse en una votiva, parar un tren bala, disfrazar la efigie de un verdadero líder o saltar de un inmenso barco sólo para demostrar que puede pararlo. La misma imagen de siempre, la del mexicano estereotipado en el retraso, la fiesta y la irresponsabilidad. No nos quejemos, simplemente así somos. Viva México, cabrones.

                *Rector del Colegio de Imagen Pública

                @victor_gordoa

                imagenpublica.mx

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