La única profecía autorrealizable
Las profecías autocumplidas selffulfilling prophecies o efecto Pigmalión son aquellas predicciones cuya falsa expectativa termina convirtiéndose en la causa misma de su realización. Los propagandistas del presidente saben cómo utilizarlas, y desde la campaña de 2018 ...
Las profecías autocumplidas —self-fulfilling prophecies o efecto Pigmalión— son aquellas predicciones cuya falsa expectativa termina convirtiéndose en la causa misma de su realización. Los propagandistas del presidente saben cómo utilizarlas, y desde la campaña de 2018 su estrategia se ha centrado en la supuesta inevitabilidad de los triunfos del mandatario y el movimiento que encabeza.
El Presidente se ha dedicado a construir un mito de buenos contra malos, un relato de pobres contra ricos y del justiciero que soñó con transformar la realidad nacional a pesar de tenerlo todo en contra. A pesar de sus adversarios; a pesar de la pandemia. A pesar de los poderes fácticos, a pesar de la mafia en el poder. Por eso las preguntas a modo en la mañanera, que refuerzan el relato maniqueo y el anatema sobre las administraciones anteriores a su mandato; por eso la difusión de las encuestas, que legitimarían sus decisiones de gobierno en virtud de su mera popularidad. Por eso la construcción, en marcha, del mito de quien pretende que le suceda.
La entrega del bastón de mando fue un símbolo para sus propias huestes, y su significado muy claro; las encuestas que anuncian la victoria de su corcholata favorita, ocho meses antes de la elección, el intento descarado de generar una profecía autocumplida en el futuro. Una profecía muy frágil, sin embargo: la candidata oficial carece de personalidad propia, y las condiciones de gobernabilidad en el próximo sexenio serán muy distintas a las que vivimos ahora.
La crisis comienza desde casa, como siempre. La elección interna dejó heridas que no han supurado, y las divisiones al interior del movimiento serán más evidentes conforme se diluya el poder temporal. El homenaje al antiguo titular de la Secretaría de la Defensa Nacional ha sido tomado como una afrenta entre los más críticos del mandatario, y el papel del Ejército en el próximo sexenio se ha convertido en el elefante en la habitación que ninguno de ellos se había atrevido a cuestionar; las causas más elementales de la izquierda tradicional —como la del 68, la de los zapatistas o de los estudiantes de Ayotzinapa— han sido traicionadas, y las promesas de campaña se convirtieron en palabras vacías en cuanto llegó al poder.
En el ámbito nacional, la posible liberación de Mario Aburto nos llevaría a un momento que nunca esperamos que llegara, en las peores condiciones posibles. El pueblo de México merece saber la verdad, a treinta años de un atentado rodeado de especulaciones; la reedición del caso Colosio, bajo el régimen obradorista y con motivos electorales, sólo arrojará más dudas sobre un tema que sigue estando presente. La verdad no es un valor absoluto para un Presidente sin escrúpulos, experto en utilizar la historia para que coincida con su propio relato: en cuanto Aburto sea liberado, recitará su nuevo guion en la conferencia mañanera, con todo y preguntas a modo incluidas. La caja de Pandora se está abriendo, y —en estas condiciones— nos tomará décadas cerrarla.
En lo internacional, las decisiones del Presidente nos han colocado en el lado equivocado de la arena geopolítica. El apoyo incondicional a los regímenes autoritarios y populistas podrá ser coherente con sus ideales, pero en los hechos sólo ha servido para cerrarnos las puertas al mundo: el agravio repetido a nuestros aliados naturales dejará cicatrices que trascenderán a la administración en turno.
El gobierno está en crisis profunda, pero la oposición no lo advierte; la noción de inevitabilidad se está acendrando, y los partidos parecen concentrarse en el Congreso antes que apoyar a la candidata común. Es posible ganar, sin embargo; es posible cambiar lo que parece predestinado, si los suficientes lo creemos así. Las cosas no van bien, pero la ciudadanía siempre desconfiará del discurso de los que ya fallaron: las cosas pueden ir mejor, y la sociedad sólo podrá recuperar la confianza si se les convence de que un México mejor es posible. Xóchitl no necesita voceros, sino narrativa: la campaña no ha comenzado y no se ha perdido todavía. En este momento, la única profecía autorrealizable posible es la del propio triunfo.
