El ajedrez de Korenfeld
Al analizar una jugada de ajedrez, como en la política, hay que tener en cuenta al menos tres factores principales: los recursos, la posición y el tiempo.
Cualquier jugador de ajedrez, por más bisoño que sea, se ha visto enfrentado a la situación de sacrificar una pieza. Es natural, sobre todo en un juego —¿juego?— que refleja y amplifica la profundidad de la naturaleza humana. En la vida, como en la política, como en el ajedrez, algunas veces hay que tomar decisiones dolorosas, para lograr un fin ulterior. Es el factor sorpresa, es el componente esencial del engaño. Llevar al oponente al punto de engolosinarse con un intercambio que, a la postre, lo llevará a la derrota. Exactamente como pasa en política.
Al analizar una jugada cualquiera en el ajedrez, como en la política, hay que tener en cuenta al menos tres factores principales: los recursos, la posición y el tiempo. Los recursos son importantes, como es natural: en las partidas entre grandes maestros no es poco común que un solo peón signifique la victoria: las piezas tienen un valor que corresponde a la función que realizan, y no al conjunto hipotético de sus capacidades. La posición es más bien subjetiva, aunque no puede negarse la importancia del control del centro, las ventajas relativas a los espacios y la apertura a los distintos esquemas de ataque y soporte de las piezas principales. El tiempo es evidente: todo el mundo sabe lo que pasa cuando el reloj llega a cero, el momento fatal en el que tanto recursos como posición pierden toda trascendencia.
Los sacrificios pueden ser, y en adelante sin enrocarse en las definiciones clásicas de la materia —sea una u otra—, reales o aparentes. Un sacrificio real es aquel que causa un daño, una merma, que obligará al jugador a perder una pieza y ser capaz de utilizar menos recursos en contra del adversario. Los sacrificios aparentes, en cambio, tienen como objetivo llevar a quien los asume a posiciones más estratégicas, al intercambio de piezas similares o superiores, o a forzar un desenlace favorable.
Los sacrificios reales pueden darse para atacar al rey contrario, abriendo las líneas que lo protegen; para acelerar el juego, al forzar un intercambio que desembocará en tener recursos más valiosos que los del adversario; o estratégico, para asegurar una ventaja en la posición real en el tablero. Los aparentes, por su parte, pueden darse para conseguir un jaque mate, para evitar la derrota, para mermar los recursos del contrario o para simplificar el desenlace.
Las categorías pueden continuar, ad nauseam. Por ejemplo, en cuanto a sus efectos, los sacrificios aparentes pueden ser de distracción, al modificar la función que cumple una de las piezas del adversario en específico; destructivas, al remover una pieza específica para poder tener control sobre los escaques que ésta controlaba; de limpieza, para eliminar las funciones de los escaques con la pretensión de ocuparlas de la misma o mejor manera; de tiempo, en donde se permite que el oponente medre sobre una cierta posición a cambio de obtener otra más favorable o, simplemente, suicidas, donde se trata de mermar en la medida de lo posible los recursos del adversario para tratar de conseguir un empate a cualquier costa.
Los sacrificios traen aparejados desequilibrios, sin duda alguna. Estos son, de hecho, su razón de ser. En el ajedrez, como en la política, el análisis de treinta y dos piezas en un tablero deja lugar a mucha creatividad, a muchos factores de importancia real y no siempre aparente.
Imaginemos una partida cualquiera. Una en la que el rey haya estado desprotegido desde un principio y, antes de que la partida hubiera llegado a lo que se esperaba que fuera su primer tercio, el enemigo le hubiera destrozado las posibilidades de un enroque. El adversario ataca sin piedad, y los recursos se van mermando, las posiciones se van debilitando, el tiempo transcurre sin la perspectiva de una jugada que pueda terminar al menos en el consuelo de las tablas.
Sin embargo, algo ocurre. Un movimiento inesperado, una pieza que pierde por completo su relevancia y cuya ausencia permitiría la entrada en escena de una mayor, mucho más poderosa, que el desarrollo del juego no había permitido que actuara, justo en el momento más necesario. La partida está, prácticamente, perdida de otra manera. El sacrificio de una pieza mediana le podría brindar recursos frescos y una mejor posición, justo en el momento en que más lo necesita. Si usted fuera un buen ajedrecista, o simplemente tuviera un poco de sentido común, ¿qué haría? ¿Conserva la pieza que le estorba o trata de al menos empatar la partida?
La figura del titular de la Conagua es un recurso que no es estratégico por su función, pero cuya ausencia brindaría mayor legitimidad al Ejecutivo y le permitiría posicionar a un recurso que sí es estratégico, como lo es el secretario de la Función Pública, cuya función adquiere una relevancia sin par en un contexto como el que estamos viviendo. El tiempo es perfecto, puesto que permitiría centrar la atención pública en un ejemplo que, además de la flagrancia, lleva todas las agravantes carne de hashtag, y daría una legitimidad insospechada a una dependencia que, justo en este momento, lo necesitaba más que ninguna. Recursos, posición y tiempo para salvar la posición más complicada de la partida entera. Si usted fuera el Presidente de la República, o simplemente tuviera un poco de sentido común, ¿qué haría?
