La mezquinocracia

Es urgente que esto cambie. No podemos seguir siendo el país de memoria corta y lealtades que rayan en el fanatismo.

COMPARTIR 
Víctor Beltri 07/04/2014 01:49
La mezquinocracia

Hay una pregunta que se formula, invariablemente, a los estudiantes de primer ingreso en cualquier universidad: “¿Por qué quieres estudiar esto?”. Las respuestas varían de acuerdo con la carrera, pero por lo general son una mezcla de los ideales propios de la edad con el ejemplo de alguna figura que los mismos universitarios reconocen como autoridad: así, entre futuros abogados normalmente se menciona la justicia y la legalidad, mientras que los médicos harán referencia al valor de la vida y la salud. Los administradores de empresas hablan sobre emprendimientos y responsabilidad social, los filósofos sobre encontrar el sentido último de las cosas y los ingenieros sobre las grandes obras que habrán de realizar.

Menos común es que afloren los motivos reales. Así, cuando el abogado habla de justicia probablemente está pensando, en realidad, en las cantidades de dinero que podrá obtener torciendo la ley; el médico tal vez esté pensando en intervenciones quirúrgicas millonarias, y el ingeniero en los contratos que podrá obtener gracias a sus relaciones familiares. Cada cabeza es un mundo, y la ambición no conoce más límites que los de la ética personal. Sin embargo, cuando esta última no existe, la ambición suele traer aparejadas consecuencias funestas para la sociedad, reflejadas en la comisión de ilícitos.

Afortunadamente no siempre es así. Existen jóvenes idealistas que buscan desarrollarse y conseguir, a través de su trabajo cotidiano, que su esfuerzo redunde en beneficio de la comunidad entera. Jóvenes que conciben su profesión como un catalizador social, y que están dispuestos a poner su inteligencia y voluntad para cambiar el mundo. Algunos se quedan en el camino en cuanto comienzan a tener encontronazos con la amarga realidad de la práctica profesional, pero muchos siguen adelante y se convierten en hombres y mujeres extraordinarios, honestos, capaces, deseosos de transformar a su país. Estos son, citando una muy manida frase de Brecht, los imprescindibles.

Dicho lo anterior, sería interesante poder adentrarse en la mente y las motivaciones de quienes desean integrarse al servicio público. Porque, independientemente de lo que pudieran responder en la primera clase de marras, que seguramente incluirá más lugares comunes sobre los que viven para servir, las consecuencias de una decisión de carrera con un trasfondo poco ético son más graves, por la naturaleza pública de sus funciones, que aquellas que atañen a quienes se integran a la iniciativa privada. Sin duda.

La situación se agrava con la carencia prácticamente absoluta de referencias públicas ejemplares, y actuales, en la clase política. Al contrario: quienes pueden servir de inspiración y modelo para los que buscan hacer carrera pública, distan mucho del político ideal y sirven notoriamente a sus propios intereses. Desde el legislador que defiende causas dudosas hasta el que está involucrado con el crimen organizado. El que roba, el que corrompe y no tiene empachos en ser corrompido. El oprobioso y preocupante caso del que fuera gobernador interino es tan sólo muestra de un sistema que ha fallado, y en el que se pueden englobar funcionarios públicos de todo tipo. Las fortunas hechas de la noche a la mañana, los departamentos adquiridos por el precio de una ganga en Polanco, las deudas millonarias que los ciudadanos de Coahuila siguen pagando. Los políticos que exigen favores sexuales, y no tienen la dignidad de renunciar cuando son descubiertos, o la indignante red de prostitución de quien ha hecho del mote del Rey de la Basura una descripción más que atinada de su calidad moral. Diputados involucrados en el narcotráfico, y que son transportados por los líderes de su partido en la cajuela de un coche, o políticos desvelados que llevan años sin trabajar y que ante cualquier cuestionamiento en cuanto a su forma de vida pregonan el complot con cajas destempladas. Nuestra clase política, en su mayoría, está formada por una gavilla de rufianes que traicionan, con su falta de ética, la confianza depositada por la ciudadanía.

Irónicamente, los casos más recientes involucran al partido en el poder, mismo que ha sido tachado por sus adversarios una y otra vez, con razón, de tener una moral más que laxa. Irónicamente, insistimos, porque al parecer se tomarán las medidas que, quienes ahora forman la oposición, regatearon para sus propios miembros en su momento. Y que siguen regateando, dicho sea de paso, al tratar de relacionar las investigaciones sobre desfalcos multimillonarios, y obras mal realizadas, a la formulación de las leyes secundarias que harían operativas las reformas constitucionales recientemente aprobadas. México vive en una situación en la que el poder está copado por gente miserable. Nuestros políticos roban, matan, prostituyen, sobornan, mienten, corrompen, traicionan y a la lista podríamos incluir un largo etcétera. Vivimos en una verdadera mezquinocracia, que nos ha dañado en el pasado, restado oportunidades en el presente, y comprometido en el futuro, al lanzar el mensaje de impunidad que está siendo recogido por los jóvenes que aprenden ahora lo que harán en su momento.

Es urgente que esto cambie. No podemos seguir siendo el país de memoria corta, y lealtades que rayan en el fanatismo, que lo perdona todo al cabo de unos años. Debemos exigir, con toda la energía, que la ley se aplique y se proceda en consecuencia contra quienes nos están envenenando. Basta de impunidad.

Comparte esta entrada

Comentarios