La Cumbre de Toluca

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Víctor Beltri 17/02/2014 01:30
La Cumbre de Toluca

                Gracias, Pascal, por cuatro años de confianza.

 

Es en verdad poco probable que, hace 20 años, los ahora mandatarios de México, Canadá y Estados Unidos hubieran pensado en sentarse algún día a la mesa en la Cumbre de Líderes de América del Norte, a celebrarse en Toluca esta semana. Quienes en aquella época eran sencillos burócratas estatales recién graduados de la universidad, en el caso del mexicano; jóvenes parlamentarios que comenzaban una carrera, como el canadiense, o abogados practicantes en litigios de derechos civiles, como el estadunidense, ahora deben discutir asuntos esenciales de la agenda trilateral.

Asuntos que irán desde la competitividad económica hasta el comercio y la inversión, sin olvidar por supuesto la seguridad de los ciudadanos. Sin embargo, en la cabeza de cada uno de ellos rondará la misma inquietud, sobre todo a vistas de la efeméride resultante de la fecha cerrada en las dos décadas: ¿Qué habría pasado si no se hubiera concretado la firma del acuerdo? ¿En qué circunstancias se daría una reunión trilateral sin un Tratado de Libre Comercio? ¿Cómo habría afectado al desarrollo regional la entrada inclemente de China en la economía mundial, sin un mecanismo así?

La respuesta no cabe sino en el territorio de la especulación. Como entonces lo era la interrogante sobre los resultados y las posibilidades reales del acuerdo. El mundo cambió unos años más tarde, y los Estados Unidos descubrieron, de mala manera, que su hegemonía podía ser cuestionada en un mundo de guerras asimétricas, y decidieron suplir el diálogo y la construcción de confianza por la intervención directa, a través de aparatos de escucha y espionaje, en el mejor de los casos, y de tropas, en los peores. Canadá se dio cuenta de que necesita más que nunca del intercambio con sus vecinos y de la formación de bloques que conviertan las alianzas naturales en estratégicas, y en México nuestra realidad cambió radicalmente con el advenimiento y decadencia de la derecha, y el posterior regreso del PRI.

Muchas cosas pueden pasar, y han pasado, en 20 años. El reacomodo de los poderes político-económicos, el surgimiento de nuevos paradigmas de poder, la consolidación de la economía digital. El nuevo papel de la ciudadanía como factor real de presión, a través de las redes sociales, y el indiscutible efecto del cambio climático. La sangría innecesaria de una lucha mal planteada en contra del crimen organizado, y los nuevos polos de toma de decisiones surgidos tras una etapa en la que la seguridad ocupa un lugar preponderante.

Las tres naciones se encuentran más interrelacionadas que nunca. Las condiciones de viabilidad en un mundo completamente globalizado para cualquier país, por separado, estarían sumamente comprometidas. No sólo por la solidez del bloque económico, sino también por las relaciones e interacciones entre los ciudadanos de cada nación. Hoy, más que nunca, es imposible pensar en reconsiderar los puntos del acuerdo, sino que es momento de proyectar la unión hacia el futuro.

El desarrollo regional no llegará sólo a través de inversiones, sino de una estrategia integral de gestión de recursos intangibles como lo son el conocimiento o las buenas prácticas en sectores específicos. Es ahí a donde también deberían dirigirse las baterías de los tres países si lo que se desea es asegurar el rol de la región en el futuro: de nada servirá la apertura comercial, o el acuerdo de estímulos determinados, si nuestra manera habitual de hacer las cosas no mejora. Y es aquí, en la concepción de lo que es la normalidad, en donde México tiene, todavía, mucho que hacer.

La pregunta que debería estar rondando la cabeza de los tres líderes norteamericanos es otra, y tendría que hacer referencia, forzosamente, al costo de oportunidad de no tomar las decisiones adecuadas en el momento adecuado. México ocupa un lugar estratégico por su posición geográfica, por sus recursos humanos y materiales, pero sobre todo por el vínculo natural que tiene con el resto del continente.

México llega a la Cumbre con el bagaje de sus reformas recién aprobadas y la confianza internacional traducida en el incremento de su calidad crediticia. Llega, también, con años de cargar con los miles y miles de muertos producto de las adicciones de sus vecinos. La situación que se vive tan sólo a unos cuantos cientos de kilómetros de la fortificada y remozada Toluca no puede pasar por alto para nadie, mucho menos visto el costoso aparato de seguridad montado para esta reunión.

Los resultados de la Cumbre de Líderes de América del Norte deberían pasar por un mayor entendimiento entre sus miembros para poder vislumbrar, de manera más clara, un mejor futuro para todos. Esto no puede suceder sin una visión común sobre el problema de seguridad que asuela a nuestro país, y que de no ser atendido a tiempo terminaría por desestabilizar a la región entera. Y el momento de hacerlo es aquí, y ahora.

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