Los pactos de los sacerdotes católicos
Una información que causó más impacto que cualquier noticia de aspirantes presidenciales en esta semana fue que el obispo de Chilpancingo-Chilapa, Salvador Rangel, dijo que se había reunido con un líder del narcotráfico local (sin aclarar la identidad) para pactar que no asesinaran a ningún político
Las preguntas que surgieron en cuanto leí esa información fueron: ¿Quién le pidió al Obispo que sirviera de intermediario?, ¿está sirviendo a los intereses de la comunidad o los de los delincuentes? que, de entrada, ya obtienen un beneficio al publicitarse como defensores del pueblo, personas civilizadas y abiertas al diálogo (aun cuando se presume que han sido responsables de la muerte violenta de cientos de personas, incluyendo políticos) ¿Podría considerarse parte de la misión pastoral de un prelado hablar con toda clase de personas y persuadirlos de que se conviertan en gente de bien o que, al menos, cometan menos delitos, o más bien podría considerarse una especie de complicidad delictiva reunirse en secreto con narcotraficantes y jefes de bandas criminales?
Para el secretario de Gobernación, Alfonso Navarrete, la cuestión es clara: con los delincuentes no se negocia, la ley debe aplicarse igual para todos, el Estado de derecho debe imperar y quien decida dedicarse a violentarlo debe ser perseguido y procesado con todo el rigor de la ley. En cambio, para el candidato de Morena, negociar con delincuentes es algo encomiable y un ejemplo a seguir. Desde un punto de vista moral, resultaría muy difícil que a una madre, un padre o, un hermano se le olvide lo sucedido a su familiar si fue desaparecido, secuestrado o asesinado. Es importante buscar la paz –claro que sí—, pero hay que tomar en cuenta el sufrimiento de las víctimas, la reconciliación sólo podrá lograrse si hay justicia, eso lo deben asumir todos los ciudadanos que aun sin haber sido impactados de forma directa, han sido conmovidos por las muertes violentas y con saña de las personas que todos los días se suman a las cifras de la violencia.
Dejando de lado toda consideración jurídica, ética y filosófica por el momento, lo más inmediato que tanto el candidato de Morena como el obispo de Chilpancingo-Chilapa parecen tener una muy irrisoria, por decirlo suavemente, comprensión de la mentalidad criminal. Es decir, en términos estrictamente prácticos, ¿tener una conversación con un delincuente garantiza que éste no va a traicionar lo acordado, si llega a convenir así a sus intereses? Los delincuentes se caracterizan, primeramente, por no sentir ninguna empatía por nadie, no tener ninguna consideración por los demás y no escatimar ningún recurso, incluyendo el asesinato, la tortura, el secuestro, la traición, etcétera, que pueda acercarlos a la consecución de sus objetivos personales o de su tarea (las televisoras emitieron las relatorías que hicieron los involucrados con los desaparecidos de Ayotzinapa, se les ve sin remordimiento alguno). ¿Por qué respetaría un trato con el clérigo, si en algún punto llega a serle importante deshacerse de alguien? ¿Pondrá por encima de sus intereses materiales un simple trato de palabra con un ministro de la Iglesia? La probabilidad de que esto suceda es prácticamente nula dado la experiencia.
Algunos sacerdotes, para respaldar lo supuestamente hecho por el obispo Rangel, han cuestionado la posición del secretario de Gobernación con preguntas cómo las de Rogelio Narváez Martínez: “¿existe gobernabilidad en el país? Y además dice “el crimen organizado forma parte del mismo Estado que opera en la impunidad”.
Lo que sorprende más no son estas respuestas, sino el silencio de tanto político juarista. Si bien es cierto, la problemática de seguridad y narcotráfico es un tema que pocos columnistas o comentaristas quieren tocar por temor, quizás, también es cierto que, en época de campañas políticas, muy pocos de los aspirantes a cargos de elección quisieran verse confrontados con la iglesia católica por el impacto electoral, incluso, es parte de la explicación del porqué los temas de derechos humanos de las minorías, como la despenalización del aborto y los matrimonios del mismo sexo, tampoco se debaten como Mikel Arriola quiere.
Por el momento, lo dicho con relevante protagonismo por el obispo de Chilpancingo impacta la vida provinciana de Guerrero, pero, lo expresado por Narváez Martínez parece traer otro mensaje. A qué se refiere con que: “la violencia es una estrategia política de gobierno para controlar a la población y para controlar territorios” (Reforma: 4 de abril del 2018).
