INE, entre la espada y la pared

A pesar de que algunos analistas políticos han calificado como sui géneris las elecciones que se realizarán en julio de este año por razón de las “alianzas”, si lo pensamos bien, no hay nada nuevo bajo el sol; la alianza entre el PAN y el PRD ya se venía experimentando a nivel local desde el sexenio pasado en diferentes estados de la República, tanto a nivel de gobernadores como el de presidencias municipales. Tal vez hoy la creciente debilidad electoral del PRD obligó a sus líderes a decidir extenderlas en el nivel de la candidatura presidencial. La alianza de Morena con PES no resulta tan “antinatura”, como se ha calificado, si revisamos las posiciones ideológicas del candidato de Morenay el programa del Partido Encuentro Social. Sobre la alianza PRI-Verde-Panal no hay mucho que decir, es la misma de 2012.

Lo que sí ha cambiado y hace sui géneris esta elección es la pérdida de confianza hacia los órganos electorales, lo cual es preocupante toda vez que puede afectar la legitimidad de los posibles resultados de la jornada electoral. Al parecer hay dos motivos fundamentales para que ello suceda, por una parte el constante señalamiento del alto costo de los órganos y, por otra, los cuestionamientos que se derivaron, en gran medida, de las elecciones intermedias de 2015 y las del año pasado en Coahuila y el Estado de México.

Sobre el primer punto hay que decir que organizar elecciones es caro: hay que tener al día el registro de quienes pueden votar, favorecer una cultura política que tienda a la igualdad y a la libertad, fiscalizar el uso de los recursos de los partidos políticos, organizar la jornada electoral y lograr que la jornada transcurra “con normalidad”, entre otros asuntos.

El segundo punto es el más preocupante; después de las reformas de los noventa, el modelo electoral mexicano llamó la atención debido a que resultaba fundamental para su instalación la participación de los ciudadanos. Dar a la ciudadanía el poder de contar los votos y firmar las actas con los resultados ha sido una gran idea y es la fortaleza máxima del INE: generaba seguridad y certeza en lo que el pueblo expresaba en las urnas, por lo que perder la confianza ciudadana para participar en el proceso no es opción para nuestra democracia.

Se supone que al menos el INE debe llamar a un millón de ciudadanos. Sin embargo, a diferencia de otros procesos, la ciudadanía ya no quiere participar. Según datos de Integralia —la empresa del exconsejero presidente Luis Carlos Ugalde—, en el estudio Fortalezas y Debilidades del Sistema Electoral Mexicano, en los últimos 11 años la tasa de rechazo a ser funcionario de casilla se triplicó, al pasar de 5.6% a 17.1%. Evidentemente, hay muchos factores que inciden en el rechazo a participar como funcionario de casilla (y el fenómeno puede entenderse también como un rechazo a la política per se), pero la actual pérdida de confianza tiene sus raíces, en parte, en el cuestionamiento de personajes importantes en la vida pública del país, por ejemplo, las elecciones de Coahuila y del Estado de México ocasionaron un debate sobre los topes de campaña, aparentemente, esta problemática fue resuelta de manera muy cuestionable a simple entender y actores como Cuauhtémoc Cárdenas y Emilio Álvarez Icaza solicitaron por ello la renuncia de los integrantes del INE. La premisa que sostuvieron en su momento era que los consejeros se han convertido en instrumentos de quienes gobiernan el país y fundamentaron con acciones que pasaron en la elección de 2015 cuando un partido adelantó su campaña electoral desde septiembre con una batería de televisión, anuncios de calle, cineminutos, regalos de bolsos escolares, boletos de cine, tarjetas de descuento, envolturas de tortillas… Para estos personajes, sólo la renovación total de la autoridad electoral podría devolver la autonomía al INE. Si bien esas demandas quedaron en saco roto, la actuación de los consejeros quedó en entredicho.

A estos cuestionamientos se suman otros de mayor peso, los de los propios partidos que lo han hecho cuando no les conviene alguna determinación de los órganos (paradójicamente, fueron los que decidieron la conformación el actual Consejo del INE por medio de sus bancadas en el Congreso de la Unión), y finalmente, la descalificación del candidato que siempre lo ha hecho: Andrés Manuel López Obrador. En resumen: el árbitro electoral está cuestionado y se encuentra entre la espada y la pared.

Temas: