El Presidente y la democracia mexicana

Dice Alain Touraine que “la democracia no se define por la participación ni por el consenso, sino por el respeto a la libertad y la diversidad” (¿Qué es la democracia? 2000). Si retomamos esta forma de ver la democracia, el presidente Enrique Peña Nieto tendría que verse como el más democrático. Diferentes acciones durante su gobierno podrían servir de ejemplo.

En el caso de la participación política igualitaria, pese a la resistencia de algunos actores, en 2014 se logró una Reforma Constitucional sobre paridad política, a partir de ello, tanto en el Congreso de la Unión como en los congresos locales y municipios, se ha incrementado considerablemente la presencia femenina, dando visibilidad a las mujeres en el quehacer público y con ello generando una nueva cultura de igualdad en la participación política del país.

También en relación con los derechos de las minorías gay de nuestro país, el Presidente actuó valientemente (quizá sin valorar los costos electorales y la feroz respuesta de la Iglesia católica mexicana), presentando una iniciativa que ahora los legisladores no quieren votar para los matrimonios del mismo sexo.

En el caso de la mariguana, también el Presidente actuó progresistamente y envió una iniciativa para despenalizar el  uso medicinal y para que se incremente el gramaje de posesión, si bien es cierto, se antoja tibia la propuesta, los senadores de plano la enfriaron, sólo votaron para uso medicinal y dejarán a miles de jóvenes, niños y mujeres en la cárcel que podrían salir libres si se aprobara. Quizás será porque los reclusos son el eslabón más débil de nuestro atrofiado sistema penal, que a decir verdad, aún contra lo que deseamos, no cambiará radicalmente como si fuera un acto de magia por la entrada en vigor del nuevo modelo.

Se entiende que, recuperados de la cruda electoral, con buen sabor para unos y amargo para otros, el Congreso de la Unión se haya vuelto “más cauto” para votar algunas iniciativas que considera “radicales”, tanto para fortalecer la igualdad, como para alcanzar una mayor transparencia en el ejercicio del quehacer público, pero bien valdría la pena que las votaciones de los legisladores fueran más a modo de la consolidación de una democracia sustantiva e igualitaria y no votar sólo cambios a modo de la coyuntura, porque si bien es cierto que en las pasadas elecciones, el supuesto castigo a la corrupción o ineficiencia local logró que el electorado decidiera por gobiernos alternos del PRI y el PAN con sus alianzas correspondientes en cada entidad dependiendo de quién gobernaba, también es cierto que no está definido el escenario futuro por venir en 2018.

Aunque el 5 de junio el PRI perdió varias gubernaturas y, además, un alto número de municipios hasta en las entidades que ganó la titularidad del ejecutivo, esto no tiene que verse como triunfalismos por los opositores. La historia política reciente ha demostrado que no hay mejor enseñanza y estímulo que la derrota.

Así lo ha asimilado el PAN y también el PRI que, después de dos alternancias presidenciales, logró regresar a Los Pinos. Así que los resultados pueden ser un incentivo para que este partido logre superar la adversidad y contender de buena forma para 2018 y antes, en 2017, en Coahuila y en el Estado de México en donde, hoy por hoy, no tienen la mejor perspectiva para refrendar las gubernaturas.

Por otra parte, el hecho de que Morena no haya logrado los resultados que se esperaban en la Ciudad de México y otras entidades, no necesariamente es negativo hacia el futuro para la posible unidad de la izquierda, ya que estos resultados pueden hacer que disminuya la soberbia de un “candidato” que cree que no necesita de nadie, pero que ya empieza a acercarse a algunos sectores empresariales que antes descalificaba.

Por último, si bien es cierto, en este momento ya están definidos algunos nombres de los posibles contendientes más “fuertes”, no debe perderse de vista el papel de la reelección, las alianzas para generar gobiernos de coalición, el de los partidos emergentes y el de los “independientes”. Recordemos que algunos institutos políticos han “jugado” en cada elección con base en la rentabilidad política como, por ejemplo, el Verde que ahora está con el PRI, pero en otras presidenciales con el PAN; el de Nueva Alianza que regularmente se alía con el PRI, en esta última, apoyó al PAN en Puebla y el PT apoyó al PRI en Chihuahua.

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