Iguala y el discurso del odio

Alrededor de esta terriblehistoria hay quienes buscan dirigir los llantos de dolor de las familias contra el Poder Ejecutivo federal.

La detención del matrimonio Abarca reavivó las esperanzas de todos para conocer el paradero de los desaparecidos en Iguala, todos deseamos que los 43 jóvenes regresen a casa con sus seres queridos. Pero la captura en Iztapalapa también reactivó las expresiones de odio hacia el Partido de la Revolución Democrática (PRD), tanto al interior como desde el exterior.

No debemos olvidar que, aun cuando dicha coyuntura parece afectar a un partido o a una coalición, el sentimiento de frustración se manifiesta también contra toda la élite gobernante, e incluso, algunos actores han aprovechado la oportunidad para culpar al gobierno federal por los hechos de Iguala. Y si bien es cierto que como Estado mexicano tenemos que responder a escala internacional por los crímenes cometidos en Guerrero, también es cierto que, en el debate nacional, todos los partidos tienen que ser corresponsables de lo que puede derivar.

El discurso de odio acentúa el rencor social que no sólo proviene de estos momentos coyunturales sino de asuntos que se han ido acumulando y no hemos podido resolver, por ejemplo, la falta de empleo, la falta de finanzas sanas al interior de cada hogar y sobre todo la falta de seguridad que prevalece en varios puntos del país incluido el Distrito Federal.

Ya estamos en el preámbulo de las elecciones del próximo año y algunos actores políticos sin escrúpulos han intentado utilizar la desgracia de Iguala contra sus oponentes, pero nada bueno ganan repartiendo culpas. Lo que ha sucedido en Guerrero traduce los dos Méxicos en que vivimos: uno es el del ámbito federal, en donde la democracia “formal” se ha consolidado y las reformas estructurales como la de telecomunicaciones, educación, competitividad, energética y política son una herramienta para lograr fortalecer la democracia, crecer económicamente y ser competitivos a escala global; el otro, el de los estados de la República, en donde la democracia sigue en tránsito y la división de poderes resulta débil. Más aún, podríamos hacer una subdivisión de éste último: el país del norte-centro y el del centro-sur.

Es precisamente en este centro-sur donde algunos problemas se han magnificado, tal es el caso de la inseguridad que vino a ser impactada de forma negativa por la estrategia de combate al narcotráfico desde la pasada administración. Estrategia que, por cierto, surgió por la necesidad de Estados Unidos de América para disminuir el flujo de drogas a su país en el supuesto de que eso disminuye las adicciones de sus ciudadanos, pero hemos visto en esta semana cómo en varios estados de esa nación hay una tendencia a despenalizar  su uso.

En tal contexto puede explicarse lo que sucede en Guerrero, que no sólo es de tránsito para las drogas, sino que es de los principales productores de mariguana y amapola, por lo que se ha convertido también en el lugar de más desapariciones forzadas y violencia a escala nacional.

A partir de la crisis Iguala ha dejado descubierto que las estructuras de gobierno  municipal fueron filtradas por los narcotraficantes como una forma de garantizar su operación. Esto derivó en un estado de impunidad sin precedentes, ocasionando también que la entidad esté inmersa en un círculo vicioso de mayor pobreza y desigualdad porque ninguna sociedad puede ser próspera bajo el yugo de la delincuencia organizada que extendió sus brazos a otros delitos como el secuestro.

Sumada a dicha problemática se encuentra la historia de Guerrero como un estado combativo en donde surgieron las guerrillas de los años 60 y 70, precisamente en la Normal de Ayotzinapa. La demagogia que prevalece en el discurso de odio no sólo ignora estas características, sino que no considera que su mensaje disminuye aún más la credibilidad y confianza en las instituciones incluidos los partidos políticos en donde ellos mismos militan. Alrededor de esta terrible historia hay quienes buscan dirigir los llantos de dolor de las familias y los ciudadanos contra el Poder Ejecutivo federal. Orgullosos de denostar y señalar culpables, algunos actores quieren encarnar a Dantón y a Robespierre, pero de esta tragedia todos podemos perder aún más de lo perdido.

                * Maestra en derecho constitucional por la UNAM

                ruthzavaletas@hotmail.com

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