El Ejército se asoma al abismo

Tienen mucho que esconder y lo saben varios de ellos. Además, conforme pasa el tiempo, va a estar saliendo a relucir información cada vez más delicada y confidencial.

El hackeo a los servidores del Ejército ha puesto la mirada nacional sobre ese cuerpo castrense y sus actividades más importantes, ofreciendo una mirada íntima a sus filias y fobias. El hackeo es, pues, un ejercicio de desmitificación de una organización anteriormente reverenciada, y ahora vista con recelo y descrédito. Su aura de santidad se destruyó en un hackeado santiamén.

Por la cantidad de documentos liberados por el enigmático grupo Guacamaya, tendremos informes y escándalos de toda índole sobre las Fuerzas Armadas y su intervención en la vida pública durante los próximos dos o tres años. Es decir, este hackeo teñirá los acontecimientos de los últimos años del sexenio de López Obrador.

La crisis de hackeo es una creación de la propia Sedena. Obviamente, las autoridades militares no tomaron en serio las amenazas sobre la seguridad de sus sistemas de información. No metieron el dinero necesario en seguridad y rastreo a los orígenes de sus sistemas informáticos para evitar este tipo de debacle.

¿Quiénes están felices con esta crisis? Seguramente el crimen organizado. Hay en los datos divulgados suficiente información como para que el crimen pueda detectar quiénes son sus delatores, los traidores dentro de sus organizaciones que informan al Ejército de sus planes y acciones. ¿De qué otra manera se podría saber a quién iba a matar un cártel al día siguiente, si no fuera por un espía del Ejército dentro de la organización criminal? Presumiblemente las “fuerzas del orden” no detuvieron el asesinato para evitar delatar la presencia de su propio informante. Ante lo publicado en los hacks, ese informante seguramente ya pasó a mejor vida.

Y como él o ella, muchos seguramente se encuentran en la misma situación: topos colocados en las organizaciones criminales y cuya identidad en secreto es fundamental para seguir con vida. Ahí está el ejemplo del soldado colocado dentro de la escuela rural de Ayotzinapa y cuya vida se sacrificó en aras de no revelar el grado de información que poseía el Ejército sobre las actividades políticas y/o criminales de algunos estudiantes.

Seguramente, hay espías del Ejército infiltrados en los grupos feministas, de derechos humanos y ecologistas, por no mencionar a periodistas, partidos políticos opositores y organizaciones sociales consideradas como “subversivas” por las fuerzas del orden, según revelan los documentos hackeados.

Imposible no recordar los documentos en posesión de Trump que contienen información sobre agentes activos en situación de peligro que podrían perder la vida si se diera a conocer su papel dentro del mundo del espionaje. Vidas dependen de la secrecía de sus datos. No es un juego.

Sin embargo, el Presidente lo toma a la ligera. Para él sí es una broma. “No tenemos nada que esconder”, dice. Se equivoca (o nos quiere engañar) el Presidente. Tienen mucho que esconder y lo saben varios de ellos. Además, conforme pasa el tiempo, va a estar saliendo a relucir información cada vez más delicada y confidencial.

Cuando Guacamaya hackeó los archivos del Ejército chileno el jefe de las Fuerzas Armadas de este país lo tomó en serio, asumió su responsabilidad y renunció al cargo. En México nadie nunca renuncia. El secretario de la Sdena sigue tan campante y no contempla ninguna acción digna. Prefiere seguir con la cabeza en la arena, como avestruz, hasta que algo realmente imposible de ignorar suceda. Incluso ordena investigar a los uniformados que liberaron a Ovidio, por no haber seguido los ordenamientos del caso. Ahí el caso es fácil: fue el Presidente.

Ni la muerte de sus espías le preocupa. Tampoco le preocupa al Presidente. Pero el Ejército tiene un problema. Vive días de descrédito y la merma grave en su credibilidad. Hoy, el Ejército mexicano ha pasado a integrarse a las filas de políticos y partidos desacreditados y repudiados por una mayoría de ciudadanos.

El Ejército se asoma al abismo de su futuro como no lo había hecho desde el 2 de octubre de 1968. De ese tamaño es su descrédito. Y es producto de Guacamaya y de su negativa a abandonar el camino de la militarización, sumándose a la corrupción.

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