Las embajadas

La audacia dicta que es hora de mirar al mundo con otra óptica.

Hoy, la República de Cuba y Estados Unidos de América restablecen sus relaciones diplomáticas, formalmente rotas desde 1961. Sus respectivas Sección de Intereses, dependientes de las embajadas de Suiza en cada capital, serán reconvertidas en embajadas a partir del día hoy. El 20 de julio de 2015 es, por tanto, una fecha histórica en el necesario e inevitable reencuentro de las Américas. Es algo que merece reconocimiento a los presidentes Obama y Castro, sin duda.

Por supuesto que el hecho de que las puertas de las embajadas sean reabiertas no significa que todas las diferencias se hayan resuelto, como el nombramiento de un embajador estadunidense o el levantamiento del embargo a Cuba (que enfrentarán mucha resistencia en el Congreso de ese país), o la apertura del sistema económico y político cubano a voces disidentes y nuevos partidos políticos (que encuentra mucha resistencia en los sectores opuestos a la apertura del Partido Comunista cubano).  

Lo que sí es cierto, sin embargo, es que se ha puesto en movimiento un cambio que ninguno de sus dos protagonistas podrán frenar, a pesar de sus oposiciones internas. Tanto el pueblo cubano, que festeja la reanudación de relaciones porque lo ve como el inicio del fin a su ahogo económico, así como los intereses económicos y, sobre todo, políticos, estadunidenses coinciden en dar este paso sin retorno. Un futuro e hipotético gobierno republicano no desmontará lo que deja, como legado, el gobierno de Obama, pues no estará en su interés hacerlo.

En este escenario de recomposición de izquierdas y derechas, tanto en Estados Unidos como en América Latina, México queda en el limbo. Sus dos posiciones históricas sobre Cuba no sólo quedan inutilizadas, sino demostrado su equívoco. Como la diplomacia mexicana nunca contempló este escenario, reacciona pavlovianamente a dos estímulos. Cuando regresó el PRI al gobierno en 2012, volvió el nacionalismo antiestadunidense de la Guerra Fría, por lo menos en lo que se refiere a Cuba, como si nada hubiera cambiado en el mundo. Por supuesto que, ante el restablecimiento de las relaciones diplomáticas Cuba y Estados Unidos, México quedó sin explicación alguna de su política hacia la Isla y, por supuesto, del Nuevo Mundo. Pero igual de mal quedó la política anticubana del panismo, especialmente de los panistas Fox y Castañeda, que, juntos, quisieron allanarse a la política de Guerra Fría de Bush-Rice en la Casa Blanca, congraciándose con ellos, buscando provocar la ruptura de relaciones diplomáticas entre Cuba y México. No lo lograron, aunque estuvieron a horas de que se diera.

Esto explica la exclusión de México del proceso de negociación entre Cuba y Estados Unidos. Si México hubiera descifrado los nuevos tiempos habría sido, sin duda, un actor importante en el proceso. Pero fue más fuerte nuestro ADN de la vieja herencia, que un análisis de nueva sangre acerca de lo que acontece en el mundo contemporáneo.

Ahora, con la apertura de las embajadas, México debe permitirse el lujo de repensarse frente al mundo. Los viejos esquemas de la diplomacia tradicional se agotaron. La audacia dicta que es hora de mirar al mundo con otra óptica. Ni el viejo recurso de soberanismo nacionalista (¿en dónde nos coloca el “honor” de no haber extraditado a El Chapo?), ni el entreguismo de tontos útiles le sirven al país en esta coyuntura. Estar erguidos frente al mundo y ser respetados exige una política moral y éticamente defendible y firmeza de principios. Reconozcamos, de entrada, que carecemos de ambos requisitos.

                                                      ricardopascoe@hotmail.com

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