Iguala: poniendo rostro al Estado fallido
Conforme pasan las semanas, el fenómeno de Iguala asume un carácter cada vez más complejo, involucrando a los tres niveles de gobierno como actores, por comisión u omisión. Ningún nivel de gobierno ni ningún partido se salva. Iguala es como un gigantesco tornado que ...
Conforme pasan las semanas, el fenómeno de Iguala asume un carácter cada vez más complejo, involucrando a los tres niveles de gobierno como actores, por comisión u omisión. Ningún nivel de gobierno ni ningún partido se salva. Iguala es como un gigantesco tornado que convierte todo a su paso en destrucción, basura y deja al descubierto todas las fallas humanas, administrativas y políticas. Peor que todo ello junto, Iguala desenmascaró a México ante el mundo. El Mexican Moment se desvaneció al instante.
El hecho de que el secuestro de numerosos estudiantes haya sido ordenado, operado y ejecutado por diversos brazos del Estado mexicano, con grados altísimos de impunidad para la mayoría de ellos, es el factor que ha erizado al mundo. Policías, jueces, ministerios públicos, legisladores, funcionarios municipales, dirigentes políticos locales y estatales, funcionarios estatales del más alto nivel, procuradurías estatal y federal, dirigentes políticos nacionales: todos se han involucrado en el sucio juego de la impunidad. Guerrero es el estado donde, en los últimos tiempos, han sido asesinados dirigentes del PRI, PAN y PRD, y todos ellos por razones, al parecer, inconfesables por sus vínculos con aspectos del crimen organizado y la guerrilla.
En Guerrero se empieza a observar un proceso de simbiosis y colusión entre crimen, guerrilla y política. Las amenazas públicas proferidas por el crimen, en semanas recientes, tuvo, como respuesta, las amenazas divulgadas por la guerrilla guerrerense en sus cuatro o cinco versiones sin que sepamos, a ciencia cierta, cuál o cuáles de ellas son auténticas. Al mismo tiempo, la política nacional respondía con lentitud y sin rumbo. Se había construido, para el consumo nacional e internacional, un libreto sobre la inseguridad que estipulaba, en su parte central, que era un problema generado en el sexenio anterior y que se encontraba plenamente superado en el actual. Quizá el problema no era tanto que se hubiera creado el “nuevo discurso” sobre la seguridad, sino que justamente quienes no debieran habérselo creído eran sus propios creadores. Pero sí se lo creyeron, hasta que Tlatlaya e Iguala desmintieron el cuento. Colocados ante los hechos, con el desmentido categórico de la realidad en la cara, se titubeó. Ésa fue la peor respuesta de todas. Desde la comunidad internacional se percibió, en ese gesto titubeante, una aparente aunque no confirmada complicidad. ¿Con quién o quiénes la complicidad?
Desde la teoría sobre el Estado fallido, Iguala y Tlatlaya cubren los requisitos fundamentales para ser considerados aptos para esa definición. Existe un aparato del poder en manos criminales, en donde el Estado no puede asegurarle a la población inerme ni la aplicación del Estado de derecho, ni puede cobrar impuestos adecuadamente porque lo hace actores extra estatales cobrándole derecho de piso a los agentes económicos locales ni puede prometer seguridad, pues la fuerza pública está, igualmente, en manos de los actores extra estatales. Estamos hablando, incluso, de aparatos formales de seguridad del Estado —policías y ejército— que operaban en función de las instrucciones que recibían de los líderes del crimen organizado en sus respectivas zonas, subordinando la autoridad civil a sus designios.
La comunidad internacional ha visto a plenitud esta situación. El rey anda desnudo. Habíamos dicho otra cosa, nos lo creyeron, y resulta que expresamos un deseo, lo dijimos como si fuera un hecho y la realidad nos desmintió. ¿Fue una mentira deliberada? No lo creo, aunque indudablemente fue una estrategia errónea. Especialmente eso de haberse creído su propia fabricación.
Un movimiento social y político opositor crece en todo el país. Hay espacio para líderes mesiánicos. Este martes habrá un paro estudiantil nacional. Ese movimiento, a pesar de contar con sus propias demandas, refleja un ambiente de creciente irritación social que cunde por todo el país, junto con el desaseo en el manejo de la economía. Nada es una coincidencia. La molestia en Guerrero por la insensibilidad de sus gobernantes, junto con la frivolidad de su clase política que convierte sus pleitos en asesinatos carentes de todo chiste, es reflejo fiel del malestar secular que invade todo el país.
Los partidos políticos viven en el pasmo. Tratan de convencerse de que la crisis no es tan terrible y que, aguantando el torbellino, todo volverá a la normalidad. Lo que no está nada claro es qué tan largo es el túnel del tiempo en el que nos estamos metiendo como país, y cuál será nuestra realidad al salir de él. Una duda válida en este momento es sí tenemos la clase política que requerimos para transitar por la tormenta que se avecina.
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