Rectificar para no retroceder
El primer paso que debe darse es el reconocimiento de la profundidad y alcance de la crisis nacional.
La combinación de factores es fatal. Una economía fatigada y en desaceleración, junto con la peor crisis en seguridad pública en los últimos 20 años (desde el levantamiento zapatista), aunado a una encuesta latinoamericana que muestra el total desapego de la mayoría de mexicanos al credo democrático, han sumado para generar una fractura social, primero, y luego una crisis de legitimidad política del régimen que nos gobierna. Y, como corolario sumatorio, una clase política que, en general, piensa con una metodología “privilegiada” que ignora lo sustantivo de la crisis y considera que es asunto de “los otros”, y no suya.
Lo que suma al escenario antes descrito es la presencia de un funcionariado federal, estatal y municipal que opera, generalmente, con criterios de interés específico, político-personales, y no vislumbra, dentro de su “visión del mundo”, el necesario programa de nación que debiera estarse aplicando para atender los intereses de la colectividad (entendida como el interés general que rebasa el partidista y/o personal). Este criterio se vio, por ejemplo, con el hecho de que el gobierno federal “ni siquiera” contempló la realización de eventos conmemorativos alusivos a la Revolución Mexicana. ¿Son eventos ociosos e inútiles? No, desde el punto de vista de que rememoran los eventos de la vida nacional que le dan identidad y sentido a la mexicanidad.
Es decir, simboliza un valor que todos los ciudadanos del país pueden sentir como suyos. Son eventos que construyen identidad nacional, y que ofrecen un propósito colectivo común a todos.
Pero este ejercicio se desestimó, aparentemente pensando que no es necesario contar con un propósito común nacional. Este pensamiento, de corta mirada, habla de una negación a reconocer la dimensión de la crisis nacional que encara México.
El primer paso que debe darse es el reconocimiento de la profundidad y alcance de la crisis nacional. Aún resuenan las palabras oficiales hablando de “lo bien” que se encuentra la economía nacional, y de otras palabras, también oficiales, alabando el trabajo de las fuerzas de seguridad en, por ejemplo, Michoacán, asegurando que todo está bajo control, cuando sucede exactamente lo contrario. Es hora de correr el velo “político” de los ojos, dejar de hacer propaganda inútil y permitirnos mirar el escenario nacional con objetividad e inteligencia.
Es preciso reconocer que el esfuerzo por construir un propósito común de todos los habitantes del país rebasa, en mucho, los estrechos ámbitos partidistas. Los programas de los partidos son boyas en el camino, indicadores de la ruta a seguir, pero no pueden ser mucho más que eso. El resto se construye con la experiencia cotidiana de una sociedad entera, en su complejidad, diversidad y singularidad.
Después, se precisa avanzar en la desmitificación de los acontecimientos. El gobierno no tiene por qué decir que todo está bien ni la oposición decir que todo está mal. De igual manera, es necesario reconocer cuándo una ruta es equivocada, cuándo está bien y cuándo se requiere corregir el rumbo. La caída de la actividad económica de este año es atribuible, en gran medida, a errores en la gestión económica del gobierno y la administración del presupuesto federal. Eso se tiene que corregir, y si corregir significa que el secretario de Hacienda tendrá que renunciar, pues que así sea.
En el caso de la seguridad, el problema es más complejo. Pero si resulta que la premisa del actual gobierno de que todo el combate al crimen organizado debe pasar por una sola ventanilla (Segob) resulta fallida, como lo está demostrando la realidad, entonces es necesario rectificar la decisión original y suplirla con una estructura más horizontal, donde la inteligencia y las decisiones se pueden socializar entre un grupo más grande de actores tan significativos como el secretario de Gobernación. Y si no lo acepta el secretario, pues también tendrá que renunciar.
Un gobierno opera sobre la base de postulados precisos para enfrentar la realidad. Si los postulados demuestran su ineficacia ante la realidad, éstos deberán corregirse. Actuar con prontitud servirá para evitar más fractura social y deslegitimación del régimen.
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