Redignificar la política

Hace unos días tuvo verificativo el primer debate de cara al proceso electoral que se vive ya en el Estado de México y del cual habrá de surgir el próximo gobernador de dicha entidad federativa. En el encuentro estuvieron ausentes las propuestas de gobierno y quedó ...

Hace unos días tuvo verificativo el primer debate de cara al proceso electoral que se vive ya en el Estado de México y del cual habrá de surgir el próximo gobernador de dicha entidad federativa. En el encuentro estuvieron ausentes las propuestas de gobierno y quedó marcado por la descalificación y los ataques personales entre todos los candidatos.

Vale la pena señalar que el objeto de la presente columna no es analizar cuál candidato resultó como posible ganador del debate, sino mencionar los rasgos que cada vez más vienen siendo comunes en este tipo de ejercicios.

Conviene recordar lo acontecido en los debates celebrados durante la contienda presidencial de Estados Unidos entre Donald Trump y Hillary Clinton. El ahora Presidente basó todas sus apariciones en ataques, descalificativos, filtraciones y mentiras en contra de su oponente, sin olvidar la cadena de ofertas demagógicas que terminaron por creerle la mayoría de los electores.

De manera reciente, Francia —país referente indiscutible de la democracia— también padeció este mal. Durante el primer debate que se desarrolló hace más de un mes para la elección presidencial, Emmanuel Macron, Marine Le Pen y el resto de los contendientes recurrieron a la misma práctica de los ataques mutuos.

Cuestionamientos acerca del financiamiento de sus campañas y ataques acerca de empleos falsos —“aviadores”— concedidos a familiares de los candidatos, marcaron el encuentro.

Tal parece que esta es una de las principales razones por las cuales, en la actualidad, el arte de la política está tan mal entendido y desprestigiado ante la opinión pública y los ciudadanos en el mundo.

La actividad política parece haber olvidado que tiene por objeto la elevada vocación de servicio en favor de alcanzar el bienestar de la comunidad a la cual se sirve, es decir, procurar el bien común.

Los partidos políticos se han alejado de esa noble tarea de la política, para dedicarse a buscar ganar las contiendas a cualquier precio, sin importarles su degradación, basados en acciones caracterizadas por una práctica común de intrigas y bajeza, en pocas palabras.

La constante en nuestros días es el señalamiento de los actos de corrupción del oponente o de los demás miembros de su partido. La respuesta inmediata, es una acusación peor hacia el otro; y así, un catálogo deleznable de agresiones, carentes de propuestas y análisis serios que promuevan la solución de los problemas que padece la sociedad.

Si bien durante las contiendas electorales se suele invocar la problemática social, no es para hacer propuestas para generar cambios positivos, sino sólo para ganar adeptos y buscar conseguir votos con base en causar el desencanto y enojo ciudadano; lo cual pervierte a la auténtica política.

El hastío ciudadano que ha causado la actividad de la partidocracia de nuestra era, es evidente. Ningún partido parece tener una buena aceptación, a pesar de tantos millones y millones de pesos tirados en propaganda.

Cada vez más los ciudadanos cobran conciencia de que estos procesos que inciden en su vida cotidiana son reprobables. Los partidos políticos parecen estar ciegos y sordos ante las demandas ciudadanas, que exigen soluciones a los problemas graves que vivimos y no sólo escuchar diatribas o escándalos.

Como Corolario las palabras del inmortal Napoleón Bonaparte: “Nada va bien en un sistema político en el que las palabras contradicen a los hechos”.

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