Racismo y odio

La semana pasada en el centro de Dallas, Texas, durante una manifestación en contra del abuso de la fuerza de los cuerpos policiacos, un joven afroamericano abrió fuego contra la policía, asesinando a cinco agentes. Las noticias indican que el homicida es un joven que ...

La semana pasada en el centro de Dallas, Texas, durante una manifestación en contra del abuso de la fuerza de los cuerpos policiacos, un joven afroamericano abrió fuego contra la policía, asesinando a cinco agentes.

Las noticias indican que el homicida es un joven que sirvió en el ejército durante la guerra contra Afganistán, hace apenas unos años. Lo anterior pone de relieve un problema que, históricamente, ha sido el germen de múltiples actos de brutalidad en la historia estadunidense.

La población estadunidense es un crisol de razas, resultado de la inmigración que a lo largo del tiempo ha conformado su país. Sin embargo, ese Estado poderoso está lejos de constituirse en una auténtica nación. Es una comunidad heterogénea donde las diferencias raciales siguen no sólo existiendo, sino también recrudeciéndose a últimas fechas.

A pesar de ya tener un Presidente de origen afroamericano, Estados Unidos sigue padeciendo el problema del racismo. A más de dos siglos de la fundación de la potencia económica y militar más grande del mundo, su población sigue separada y sembrando odio y temor entre sus miembros.

Al paso, los gobiernos norteamericanos no se han propuesto construir y fomentar una cultura nacional, conformada de comunidad de origen, historia, costumbres y tradiciones. Parece que no han logrado construir un sentido de pertenencia nacional que los lleve a superar sus estigmas, diferencias y prejuicios raciales.

Y es que, ciertamente, Estados Unidos sigue teniendo una deuda con la comunidad afroamericana y las demás minorías raciales que han entregado su vida —no sólo en las guerras— por enaltecer a su país, una nación que, indudablemente, en diferentes momentos les ha dado la espalda.

En el orbe mundial, Estados Unidos es el tercer país con mayor población. Esto implica múltiples problemas para el vecino país del norte y, por ende, también para los millones de mexicanos que viven en él.

Las aristas del problema son muchas: baste el ejemplo ofrecido por el diario The Independent, el cual revela que en EU existen más armerías que McDonald’s y Starbucks juntos. El número desmedido de armas es, sin duda, un riesgo por demás latente en su población, el cual se ve alimentado por una cultura del miedo y el odio.

El recurso favorito de los gobiernos norteamericanos para concitar a la unidad y el patriotismo es inventar enemigos. Así, además, estimulan el desarrollo de la poderosa industria armamentista, que siempre se ha beneficiado de las guerras y conflictos que se han creado lejos del territorio norteamericano.

Para la sociedad blanca, conservadora y dominante, los negros, latinos, árabes y demás grupos inmigrantes son un peligro y un potencial futuro enemigo. Ésa es la principal bandera política demencial de Donald Trump, y lo temible es que tiene muchos seguidores.

La frágil y superficial “tolerancia” e integración del pueblo norteamericano está siendo amenazada a través del fomento del odio y la ignorancia. El discurso basado en considerar al diferente como un enemigo.

El analfabetismo político del candidato conservador ha venido a incentivar la agresión y el retroceso en la conquista de los derechos de las minorías, en lugar de construir la unidad nacional que tanta falta les hace.

A manera de Corolario, las palabras pronunciadas por Martin Luther King en las escalinatas del Monumento a Lincoln: “No busquemos saciar nuestra sed de libertad bebiendo de la copa del encarnizamiento y del odio”.

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