¿El gobierno que merecemos?
En agosto de 1811, unos meses antes de la invasión de Napoleón a Rusia, el filósofo, abogado, escritor y diplomático francés Joseph de Maistre escribió una carta, fechada en San Petersburgo, a un noble ruso cuyo nombre se ha perdido en el tiempo. De Maistre comentaba ...
En agosto de 1811, unos meses antes de la invasión de Napoleón a Rusia, el filósofo, abogado, escritor y diplomático francés Joseph de Maistre escribió una carta, fechada en San Petersburgo, a un noble ruso cuyo nombre se ha perdido en el tiempo.
De Maistre comentaba con su interlocutor las intenciones del zar Alejandro I de cambiar la Constitución para crear una división de Poderes.
El proyecto, por el que el zar se había vuelto muy popular, fue encargado al liberal Mijaíl Speransky, consejero personal del monarca.
Antes de que la reforma fracasara, ante el avance de las fuerzas francesas —y Speransky fuera convertido en chivo expiatorio y enviado a Siberia—, De Maistre advirtió los peligros que entraña creer que un cambio en las leyes puede, por sí mismo, transformar los usos y costumbres de un país.
“Toda nación tiene el gobierno que merece. Largas reflexiones y una larga experiencia, pagada muy caro, me convencieron de esta verdad como si fuera una proposición matemática. Toda ley es entonces inútil y hasta funesta (por excelente que sea en sí misma), si la nación no es digna de dicha ley y está hecha para la ley”.
La cita, que ha sido retomada muchas veces e incluso atribuida erróneamente a Alexis de Tocqueville, viene al caso luego de escuchar, la noche del domingo, el discurso de aceptación del Oscar como Mejor Director de Alejandro González Iñárritu.
El cineasta, quien merece todo mi encomio por su trayectoria fílmica y su espléndida cinta Birdman, afirmó lo siguiente en el escenario del teatro Dolby:
“Quiero dedicar este premio a mis compatriotas que viven en México… Deseo que podamos encontrar y construir un gobierno que merezcamos”.
Al momento de redactar estas líneas, no he escuchado entrevistas con González Iñárritu, aunque estoy seguro que habrá muchas y que esa frase será uno de los ejes de la conversación. Por tanto, escribo esto sin saber por qué lo dijo ni qué quiso decir.
Eso me obliga a tomar literalmente la frase. A partir de ella infiero que el director de cine considera que los mexicanos no tenemos el gobierno que merecemos, aunque guarda la esperanza de que algún día lo podamos “encontrar y construir”.
La primera pregunta que me provoca es si México tiene el gobierno que merece.
No estoy seguro de que González Iñárritu se haya referido al gobierno de la República o al conjunto de autoridades federales, estatales y municipales del país. En cualquiera de los dos casos, creo que los mexicanos tienen el gobierno que refleja su sociedad.
No podría ser de otra manera. México no podría tener autoridades como las de Suecia o las de Somalia.
No estoy seguro de que debamos usar el verbo merecer, como lo han usado De Maistre y González Iñárritu, porque el merecimiento tiene muchas acepciones. Hay quienes creen que alguien merece algo porque tal era su destino o su karma, y quienes creen que el merecimiento es resultado de acciones u omisiones.
Por eso prefiero decir que el tipo de autoridades que tenemos en México es un reflejo de la sociedad que somos.
¿Podemos encontrar o construir un mejor gobierno? Encontrarlo implicaría que un gobierno mejor que el que tenemos vive oculto en la sociedad, como una aguja en un pajar. Es posible, pero habría que hacer candidato a alguien y votarlo, en un sistema electoral que es dominado por los partidos que actualmente nos gobiernan.
De lo que estoy seguro es que entre toda la clase política no veo a nadie que, en caso de convertirse en Presidente de la República, pudiera ser sustancialmente mejor que el promedio de los últimos cinco o seis mandatarios.
Tampoco estoy seguro de que podamos “construir” un mejor gobierno. Creo que podemos construir un mejor país y, a partir de ahí, aspirar a tener un mejor gobierno.
En la frase de González Iñárritu veo condensado el sueño de muchos mexicanos, el cual remonta a tiempos inmemoriables: encontrar a un líder, un tlatoani, un caudillo que nos lleve a la tierra prometida, como el dios Huitzilopochtli, que guió a los aztecas desde Aztlán hasta el Valle de México.
Mi sueño es otro: ojalá que podamos cambiar el rostro del país. Y para ello no necesitamos inventar nada. Hay ejemplos de naciones —que también tienen gobiernos que reflejan a sus propias sociedades— que han sido exitosas en el panorama mundial.
¿Qué tienen esas naciones en común? Algunas cosas: han invertido tiempo y dinero en educar a su población, tienen leyes y las respetan, cuentan con un clima de negocios que fomenta la innovación y la competencia, etcétera.
Por supuesto, en la historia hubo algunas veces que el cambio social comenzó por el esfuerzo y el ejemplo de un hombre. Como Sudáfrica, con Nelson Mandela. Pero, ¿qué pasa cuando ese hombre falta? Muchas veces todo se cae.
Entonces, no estoy seguro de que podamos encontrar ni construir un mejor gobierno que le cambie el rostro al país.
Dudo que tengamos a la mano un líder como Cuahcóatl, el sacerdote de Huitzilopochtli, que pueda decirnos, después de dos siglos de peregrinación: “Hijos míos, hemos llegado a nuestra morada”.
Lo que sí podemos, lo que sí está a la mano, es edificar una sociedad mejor. Y ella, estoy seguro, generará autoridades mejores que las actuales.
