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Al defenderse de las críticas sobre su viaje para ver el Supertazón entre los Patriotas y los Halcones Marinos justo el día en que debía presentarse en la instalación del periodo ordinario de sesiones del Congreso de la Unión, el senador Ernesto Cordero argumentó que ...

Al defenderse de las críticas sobre su viaje para ver el Supertazón entre los Patriotas y los Halcones Marinos —justo el día en que debía presentarse en la instalación del periodo ordinario de sesiones del Congreso de la Unión—, el senador Ernesto Cordero argumentó que él lo hizo con sus recursos, “como muchos mexicanos que estuvimos ayer en el estadio”.

No sé cuántos mexicanos habrán ido a Phoenix, pero quienes lo hicieron no pagaron menos de dos mil dólares por un boleto en el palomar, más el precio del boleto de avión (otros 600 dólares viajando desde la Ciudad de México), más hospedaje y alimentación. Es decir, unos tres mil dólares, bajita la mano, y viajando de forma austera.

Pero ése no es el tema y me sorprende que no lo sepa Cordero, quien aspiró a ser Presidente de la República.

Primero, el domingo era un día de trabajo para él. Y no cualquier trabajo. Él es senador, un cargo al que llegó porque él lo quiso, pero sobre todo por los votantes que decidieron dar su sufragio al partido que representa. 

Así que decir con desparpajo “que me descuenten el día” tampoco procede, pues él bien sabe que para faltar un día al trabajo el ciudadano común generalmente pide permiso o se arriesga a que lo despidan. Pero esas cosas no suceden en el empleo de Cordero.

Segundo, afirmar que ese día no vale la pena presentarse en el Congreso es tener una pobre valoración del cargo que ocupa.

La apertura del periodo ordinario de sesiones está contemplada en la Constitución y no creo que un legislador debiera hablar de ella como si se tratara de un trámite sin importancia.

Cuando él era coordinador de su bancada y presidente de la Mesa Directiva, ¿habría aceptado semejante excusa de un senador?

Tercero, no es un tema de quién pagó el boleto sino de sensibilidad.

Evidentemente el uso de recursos públicos para financiar el entretenimiento de un representante popular sería más grave, pues constituiría un acto de peculado, pero aquí el exsecretario de Desarrollo Social —encargado en su tiempo de los programas de lucha contra la pobreza— demuestra insensibilidad.

Como servidor público y, ahora, como representante popular, Cordero debió de haber aprendido que este es un país de muchas carencias, y no es necesario robar del erario para mostrarse desconectado de la realidad.

Lo mismo que portar un reloj caro, viajar a un estadio donde se concentra la élite mundial está bien para alguien que no obtiene sus ingresos del presupuesto, pero es inaceptable para una persona que, por la naturaleza de su trabajo, debe pensar, antes que otra cosa, en las condiciones de vida de aquéllos a los que sirve.

Cuando menos, no regodearse en el gasto.

Me queda claro que Cordero no pretendió ser captado por las cámaras de televisión, pero ya que lo fue, pudo al menos aprovechar las entrevistas que le hicieron ayer para tratar de entender por qué tantos mexicanos —ahí sí, tantos mexicanos— le reclaman el hecho.

Recuerdo el día en que se informó que Felipe Calderón, siendo director general de Banobras, se había beneficiado de un préstamo de la institución para financiar su casa. Me tocó entrevistarlo. Aunque no había hecho nada ilegal, ofreció disculpas, tramitó otro crédito y se acabó el asunto.

En lugar de eso, el senador arremetió como fullback contra sus críticos.

“Como a muchos mexicanos, me gusta este jueguito. Lo practiqué de niño, me gusta mucho y no tiene nada de malo”.

Un buen agente de relaciones públicas le hubiera aconsejado decir algo así: “Me emocioné y compré el boleto (mejor aún: tuve que dar un tarjetazo para pagar el boleto) sin pensar que ese día teníamos sesión. La próxima vez, lo pensaré mejor”.

Éstos son momentos en que la fortuna y la vida privada de los políticos están bajo el reflector. Y hay algunos a los que no les da vergüenza hablar de la soga en la casa del ahorcado o que los agarren en fuera de lugar.

Lo hacen como si no supieran que las redes sociales son un gran ojo que todo lo ve y lo juzga. Si es imposible salvarse de las críticas incluso haciendo bien el trabajo, ¿qué ganas de picarle la cresta a la opinión pública con esas escapadas extravagantes?

¿No sabrán que un safari y la soberbia acabaron de empinar el alguna vez respetado trono de don Juan Carlos de Borbón?

Éstos son tiempos en que quienes dicen que están en la política para servir tienen que darse cuenta de que no son ciudadanos comunes, y que no viven en el Primer Mundo, aunque el contribuyente les pague como si de allí fueran, o más aún.

¿Será tan complejo de entender que el servidor público, igual que el representante popular, es medido por sus valores, su ética y sus acciones?

No hace falta revisar la jugada para saber que Cordero hizo mal. Todo el mundo lo vio agarrar de la máscara y zarandear la dignidad de su cargo.

Ahora quiere desinflar el asunto. Alguno de sus amigos debiera decirle que el pañuelo está en el piso.

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