No fue un puñetazo
Han pasado dos semanas desde el ataque contra la redacción del semanario Charlie Hebdo, y algunos en occidente están pasando por una suerte de cruda moral respecto de esos hechos. A raíz de las declaraciones del papa Francisco sobre el puñetazo que daría a quien ...

Pascal Beltrán del Río
Bitácora del director
Han pasado dos semanas desde el ataque contra la redacción del semanario Charlie Hebdo, y algunos en occidente están pasando por una suerte de cruda moral respecto de esos hechos.
A raíz de las declaraciones del papa Francisco sobre el puñetazo que daría a quien insultara a su madre, han surgido comentarios respecto a si la libertad de expresión tiene límites, así como reflexiones sobre si es válido mofarse de las creencias ajenas.
Algunos incluso han ido más allá, y pretenden justificar la reacción violenta que tuvo un puñado de fundamentalistas contra quienes dibujaron y publicaron caricaturas que les desagradaron.
Tan es así que el Papa tuvo que volver sobre sus palabras y decir que no tuvieron por intención justificar la violencia.
En el extremo, hay quienes ahora interpretan que todo el incidente de Charlie Hebdo es un pretexto perfecto para lanzar campañas de xenofobia y hasta de genocidio contra los musulmanes.
Antes de que a todos nos alcancen esos reproches, vale la pena poner las cosas en su lugar.
Lo primero es que no todos los musulmanes son iguales. Ha pasado casi una década desde que el diario danés Jyllands-Posten desató la controversia al publicar los primeros cartones sobre Mahoma, y es hasta ahora que ha ocurrido un derramamiento de sangre por ese motivo.
Es posible que los cartones en Jyllands-Posten —y, luego, en Charlie Hebdo— hayan ofendido a millones de musulmanes en Europa y otras partes del mundo, pero ¿cuántos de ellos han estado dispuestos a asesinar a los autores de los dibujos, y cuántos finalmente lo llevaron a cabo?
No podemos perder de vista el contexto en el que surgieron los primeros cartones. Fue a raíz de una nota en una agencia de noticias danesa que informaba sobre la dificultad que el autor de un libro para niños, sobre la vida de Mahoma, había encontrado para que algún ilustrador accediera a dibujar al profeta del islam.
Una de las razones de la reticencia parecía ser el temor generado por el asesinato en Ámsterdam, el año anterior, del cineasta Theo Van Gogh, quien había producido un documental sobre el maltrato a las mujeres en sociedades islámicas.
Eso llevó a Jyllands-Posten a proponer a 42 miembros de la asociación de ilustradores de periódicos que dibujaran su propia interpretación de Mahoma. De las personas convocadas, solamente 12 enviaron cartones al periódico, que fueron publicadas bajo el título “La cara de Mahoma”.
En respuesta, hubo protestas y amenazas de muerte contra los cartonistas, el editor de cultura del diario, los dueños de la publicación e incluso funcionarios públicos daneses.
A pesar de que el diario explicó sus motivaciones y ofreció disculpas a quienes pudieron sentirse ofendidos por los cartones, algunas de esas amenazas estuvieron cerca de consumarse.
Sin embargo, es hasta ahora que se da una discusión internacional sobre si es válido o no dibujar a Mahoma y, en un sentido más amplio, emitir opiniones que pudieran ser interpretadas como ofensivas por parte de los seguidores de una religión.
Quienes mataron a 17 personas en París hace dos semanas no respondieron con un puñetazo a una ofensa personal sino se lanzaron en una acción iracunda, loca y asesina, no sólo contra la redacción de Charlie Hebdo, sino contra personas que no tenían nada que ver con la publicación.
A un policía musulmán lo mataron de un disparo en la cabeza cuando estaba herido y en el suelo. A compradores en un mercado kosher los mataron sólo porque eran judíos.
Yo, francamente, no entiendo la cruda moral de algunos. Y no porque esté de acuerdo con el humor de Charlie Hebdo. Particularmente nunca me ha gustado esta publicación, aunque apoyo totalmente las razones por las que centenares de miles salieron a las calles en Francia para protestar y reafirmar su creencia en las ideas de la república.
Quienes hoy quieren poner límites subjetivos a la libertad de expresión —los únicos límites en ese tema deben estar en las leyes—ponen muy poca atención en lo que organizaciones como Boko Haram y el Estado Islámico están haciendo en sus zonas de influencia: asesinatos masivos de personas que no tienen sus mismas creencias e incluso la venta de mujeres esclavas para fines sexuales.
A raíz del asesinato de tres terroristas y la publicación de una edición especial de Charlie Hebdo con otro cartón de Mahoma —inofensivo, creo yo—, islamistas radicales han llamado a cobrar venganza y eso ha provocado, entre otras cosas, el incendio de iglesias en Níger. Si algún pretexto existe, lo están usando los fundamentalistas religiosos.
Nada tiene que ver el insulto con el humor. Y mucho menos tiene que ver un puñetazo que se lanza en defensa del honor con el asesinato a sangre fría como vimos hace dos semanas en París.
Los ciudadanos franceses —que habían sido amenazados, en septiembre pasado, por el vocero del Estado Islámico, sólo porque le parecen “sucios”— han hecho lo que tenían que hacer: defender los valores de su república, aunque no a todos ellos les parezca gracioso el tipo de humor de Charlie Hebdo.
Las autoridades francesas también han actuado como debían: respondieron rápida y eficazmente a una amenaza contra los habitantes del país.
Las recriminaciones que algunos hacen ahora a los cartonistas y a las autoridades por la forma en que ocurrieron las cosas están fuera de lugar.
Pero, ¿sabe qué?, es su derecho disentir, igual que es el mío decir que no estoy de acuerdo con ellos. Eso es libertad de expresión.