Don Julio

Conocí a Julio Scherer García en junio de 1988. Faltaba menos de un mes para las históricas votaciones presidenciales de ese año. Yo todavía estaba en la universidad y acababa de publicar mi primer texto periodístico. Salió en la portada de la revista Proceso, que ...

Conocí a Julio Scherer García en junio de 1988. Faltaba menos de un mes para las históricas votaciones presidenciales de ese año.

Yo todavía estaba en la universidad y acababa de publicar mi primer texto periodístico. Salió en la portada de la revista Proceso, que él fundó y dirigía desde 1976, pocos meses después de ser lanzado de Excélsior, con varios de sus compañeros, mediante un golpe orquestado por el gobierno de Echeverría.

Me recibió en su oficina y no me extrañó que me tuteara, pues estaba yo muy joven. “¡Qué a toda madre tu reportaje!”—me dijo—, y me dio un abrazo como esos que sólo daba él, que dejaban a quien lo recibía todo acalambrado.

“Yo le agradezco mucho la oportunidad…”, comencé a decirle, realmente impactado de conocerlo, cuando me interrumpió. “¡Ni madres, oportunidad es una vez, esto es de largo plazo! ¿Qué sigue, qué sigue?”.

Don Julio era malhablado, pero nunca soez. Recuerdo que se puso furioso una vez que descubrió una revista pornográfica en la redacción.

“Vayan y chinguen a su madrecita si vuelven a traer algo así”, nos dijo a un grupo de reporteros antes de darse la vuelta.

Y vaya que la madrecita era importante para él: jamás permitió que le quitaran el apellido materno.

Después de aquel reportaje, me quedé 15 años trabajando en Proceso. El tuteo de Scherer García me empezó a incomodar, porque don Julio no tuteaba a casi nadie. Todos los demás en la revista —salvo Vicente Leñero, Enrique Maza y Froylán López Narváez— eran don Fulano y don Zutano. Y les hablaba siempre de usted.

Yo era el reportero más joven en una redacción poblada por luminarias del periodismo. No pasó mucho tiempo antes de que corriera la versión falsa de que yo era pariente de don Julio.

Trabajar cerca de él era un aprendizaje diario. Desde lo más elemental. El día de las elecciones, aquel mítico 6 de julio de 1988, me encargó pararme afuera de la casa de Cuauhtémoc Cárdenas. Acompañé al candidato a votar,  junto con una nube de reporteros y simpatizantes.

Por la tarde, cuando la Ciudad de México se sumergía en una tensa calma, me quedé solo frente al edificio de departamentos en Polanco hasta que no pude más. Busqué un teléfono público —en esa época no había celulares— y marqué a la redacción. Le pedí a Elena Guerra, Elenita, que le dijera a don Julio que ya no había nadie ahí, que qué hacía. Unos segundos después, Scherer García tomó la bocina. “No me digas que no te gustan las exclusivas”, me dijo.

Si tuviera que quedarme con un solo sustantivo para describir a don Julio sería intensidad. Siempre parecía que hervía, incluso cuando leía a solas por las tardes en la sala de juntas/biblioteca de Fresas 13. Con él no se podían platicar nimiedades.

No era hombre de sentimientos ambivalentes. Amaba u odiaba.

Tenía la manía de comerse la uñas. O, más que las uñas, la cutícula. No era raro que sangrara de uno o varios dedos.

Aquejados ambos por la gastritis, compartió conmigo sus secretos para apagar ese fuego interno. “Tómate esto”, me dijo, regalándome su propio frasco de Interferón. “Cena papaya y olvídate del brandy y del café express”, recomendó.

Don Julio era fanático del futbol, pero para él sólo existían dos equipos que valieran la pena: el Atlante y la selección de Alemania. Fiel a sus raíces, admiraba a “los deutsche”. Recuerdo la calcomanía con la D siempre bien pegada en la cajuela de su Jetta.

Obvio, odió perder la apuesta que hicimos en la Eurocopa de 2000.

–El que termine mejor, don Julio, Francia o Alemania, gana —lo reté—.

–Juega, pero vas a perder un billete.

Julio Scherer García odiaba perder, sobre todo porque no le gustaba no tener la razón.

Un viernes por la tarde, ya cerca del cierre de la edición, quiso saber mi opinión sobre la portada. El titular acusaba a Octavio Paz de soberbio y prepotente.

–No me gusta, don Julio.

–¿Por qué? —me miró, indignado—.

–Porque es una ofensa y eso siempre es barato.

No me soltó hasta que le dije que tenía razón, que era una descripción válida y certera, no un insulto.

Con sus virtudes y defectos, no me queda duda que Julio Scherer García es el periodista más grande que ha dado México.

Basta leer su abundante obra —notas, entrevistas, reportajes, libros—, textos tan remotos como los que publicó en los años 50 en Excélsior, para entender que tenía una mente y pluma brillantes y un agudo sentido de la noticia que difícilmente serán igualados.

En su partida me queda el recuerdo de un hombre intenso, hasta en la generosidad. Cuando don Julio hacía un regalo no se desprendía de algo que le sobrara sino de algo que atesoraba. Conservo muchas muestras de ello.

A fines de 2003 fui a visitarlo a su casa en San José Insurgentes para decirle que me iba de la revista, que sentía que mi ciclo allí se había terminado.

Si no me contradijo, si no intentó hacerme cambiar de opinión fue porque, así lo creo, coincidía conmigo. Su propio ciclo como director de la revista se había terminado siete años antes.

–No te preocupes por nada —me dijo—.

Me cumplió, aunque a partir de entonces nuestra relación se enfrió.

La última vez que lo vi fue cuando supe que había sufrido una caída al cruzar Paseo de la Reforma. Salí de mi oficina en Excélsior y corrí a alcanzarlo en el edificio de la Lotería Nacional, donde él tenía una cita.

–¿Qué le pasó?

–Me caí, por pendejo.

–¿Y cómo está?

–Fuera del orgullo, a toda madre.

Y nos dimos un abrazo.

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