Hacer política es negociar

No se evitaron, pero se saludaron como buenos jugadores de póker. El 10 de diciembre de 2013, Barack Obama y Raúl Castro se dieron la mano sin aspavientos ni protocolo. Segundos después, el estadunidense continuó saludando: a la brasileña Dilma Rousseff y a los demás ...

No se evitaron, pero se saludaron como buenos jugadores de póker.

El 10 de diciembre de 2013, Barack Obama y Raúl Castro se dieron la mano sin aspavientos ni protocolo. Segundos después, el estadunidense continuó saludando: a la brasileña Dilma Rousseff y a los demás dignatarios de la fila donde le tocó sentarse, en el estadio Soccer City, de Soweto.

No es que los medios no hubieran reparado en el apretón de manos y el breve intercambio de palabras de los dos hombres, pero a las pocas horas de terminados los funerales de Estado de Nelson Mandela, era más nota la selfie que Obama se tomó con la primera ministra de Dinamarca —que aparentemente causó el enojo de su esposa—, que el encuentro con el Presidente de Cuba.

Nada había que indicara que Washington y La Habana llevaban casi seis meses negociando, cara a cara, los términos de su nueva relación.

El diario británico Daily Telegraph informó ayer que fueron unos siete encuentros los que tuvieron funcionarios de Estados Unidos y Cuba en Ottawa y Toronto, Canadá.

La negociación fue tan seria que, en todo este tiempo, más de año y medio, no se conoció públicamente una sola palabra sobre ella hasta que, ayer por la mañana, la información fue filtrada a la cadena CNN. Pero eso no ocurrió antes de que los discursos simultáneos de Obama y Castro estuvieran listos y a punto de ser pronunciados.

Los términos del entendimiento son históricos. Tan sólo anunciar la intención de reanudar relaciones diplomáticas es una bomba informativa que hizo palidecer ayer las noticias nacionales en varios países, incluyendo México.

Aunque Raúl Castro tuvo el cuidado de decir que las diferencias fundamentales entre los dos países no están resueltas, el haber abierto el camino para acabar con el embargo contra la isla obligó ayer a los medios informativos a recorrer más de medio siglo de historia para poder ofrecer a su público el contexto de la decisión.

Cuesta trabajo pensar en dos naciones cuya enemistad haya durado tanto tiempo. Quizá India y Pakistán son un caso paralelo, pero el tamaño desproporcionado de Estados Unidos respecto de Cuba hace que el arreglo del conflicto entre los dos países sea un acontecimiento histórico.

De entrada, los gobiernos de Obama y Castro se anotan una victoria en talento diplomático.

Han logrado sacar adelante un acuerdo —que aún tendrá que ser aceitado— que no lastima a ninguna de las dos partes y logra el reconocimiento inmediato de una gran cantidad de países y organismos multilaterales.

Habrá quien diga que éste fue un acuerdo de líderes en declive. Quizá, pero eso no quita méritos a Washington y La Habana —y también a la experimentada diplomacia vaticana— en tiempos en que el arte de la negociación política está desprestigiado y cede terreno ante la dramacracia.

Hay que ver nomás la incapacidad de la Casa Blanca y la mayoría republicana en la Cámara de Representantes de sacar acuerdos en casa.

En el caso de Estados Unidos y Cuba, estamos hablando de países cuyo diferendo, en los años 60, durante la cúspide de la Guerra Fría, estuvo a punto de llevar a las superpotencias a un enfrentamiento nuclear.

¿Cómo olvidar la Crisis de los Misiles? ¿Cómo olvidar Bahía de Cochinos? ¿Cómo olvidar los intentos de la CIA de asesinar a Fidel Castro o los señalamientos insidiosos que éste recibió en Estados Unidos de estar implicado en el homicidio de John F. Kennedy? ¿Cómo olvidar las acusaciones mutuas en la tribuna de Naciones Unidas? ¿Cómo olvidar Nicaragua y Granada? ¿Cómo olvidar las diferentes oleadas de balseros? ¿Cómo olvidar medio siglo de embargo?

Es encomiable que dos países negocien por encima de sus diferencias y, con ello, ayuden a reducir las tensiones internacionales, en momentos en que Rusia y Ucrania parecen a punto de ir a la guerra, lo mismo que Israel e Irán.

Está claro que las partes en conflicto deben hablar. Siempre hay algo que negociar. Nunca hay que darse por vencido en acercar a las partes.

Algo ha pasado en México que los políticos —y no sólo ellos—han renunciado a la negociación porque ésta lleva el sello de lo sucio.

Hay excepciones, por supuesto, pero aquí se tiende a pensar que en una negociación alguien pierde y alguien gana, alguien compra y alguien es comprado. Y todo se hace “en lo oscurito”.

Ante lo anunciado ayer, da pena referirse a lo sucedido en los últimos días del periodo ordinario de sesiones del Congreso de la Unión, que terminó sin acuerdos en temas fundamentales.

Cuando un partido tiene que romper el quórum o sorprende a otro de último momento con asuntos no tratados, es que la capacidad de negociar ha fallado o simplemente no ha aparecido.

Así que kudós por La Habana y Washington. Mis respetos por la capacidad de esos dos gobiernos, con visiones tan dramáticamente diferentes, para ponerse de acuerdo y salir, ambos, bien parados.

Ojalá nunca se pierda el talento de superar el empantanamiento y reducir la polarización ; de usar la negociación —que es una ciencia y, a la vez, un arte—para abordar grandes problemas y tener la capacidad de seccionarlos en subtemas más sencillos de resolver.

Mientras queden negociadores de los buenos, la humanidad tendrá futuro.

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