Petróleo: la maldita dependencia
La semana pasada, antes de visitar México, el presidente uruguayo José Mujica pasó por Venezuela, un país que está viviendo penurias económicas al punto de tener escasez de alimentos. “Vinimos a tratar de colaborar en esas pequeñas grandes cosas que un país de ...

Pascal Beltrán del Río
Bitácora del director
La semana pasada, antes de visitar México, el presidente uruguayo José Mujica pasó por Venezuela, un país que está viviendo penurias económicas al punto de tener escasez de alimentos.
“Vinimos a tratar de colaborar en esas pequeñas grandes cosas que un país de reducidas dimensiones y poca población, pero que es un formidable productor de alimentos con respecto a su escala, puede aportar desde el punto de vista técnico a otro que tiene la riqueza y la desgracia de la fenomenal dependencia petrolera”, afirmó.
Aunque México no se encuentra en la situación de Venezuela —que tiene una inflación superior a 60%—, sí hizo en los años setenta, igual que el país sudamericano, una apuesta por el petróleo para fincar su desarrollo.
Y ahora, en esta etapa de bajos precios del petróleo, Venezuela y México, cada cual en dimensión, están empezando a pasar aceite.
México está a punto de regresar a 1974. Ése fue el último año que el país importó más productos petroleros de los que exportó.
En 1974, el precio promedio de un barril de petróleo fue de 9.35 dólares (Oficina de Estadísticas del Departamento del Trabajo de Estados Unidos). Con el ajuste inflacionario, eso equivale hoy a un precio de 44.29 dólares por barril.
Ese año, de acuerdo con datos de Pemex, México importó 382.2 millones de dólares de estos bienes y exportó 123.23 millones de dólares, para un balance negativo de 258.79 millones de dólares (equivalentes a mil 305 millones de dólares de hoy).
A partir de 1975, y como efecto del hallazgo de grandes depósitos de crudo en la Sonda de Campeche, México comenzó a tener un superávit en ese rubro. En 1984, sólo una década más tarde, la balanza de México alcanzó la cifra de +15 mil 992 millones de dólares (36 mil 791 millones de hoy).
En octubre de 2014, el país exportó tres mil 340.2 millones de dólares en productos petroleros, lo que significa una caída de 21% respecto de octubre de 2013. En tanto, ese mismo mes importó tres mil 387.3 millones de dólares, lo que representa un incremento de 3.5% comparado con octubre del año anterior. Es decir, el superávit fue de menos de 43 millones de dólares en el mes.
Cuando suenan las alarmas por el desplome del precio del petróleo, a menudo se olvida que México ya es casi tanto un exportador como un importador de productos petroleros.
La ironía para los consumidores es que mientras los precios del petróleo se derrumban, la gasolina —cuyo precio en México se fija artificialmente, por disposición oficial, no por la oferta y la demanda— resulta hoy más cara aquí que en Estados Unidos.
En 40 años, México ha hecho del petróleo la piedra angular de su desarrollo.
En 1977, el presidente José López Portillo recomendó a los mexicanos acostumbrarse a “administrar la abundancia”. Sin embargo, pronto fue claro que la riqueza petrolera del país servía, sobre todo, para cubrir el gasto corriente de la administración pública y abultar los bolsillos de algunos políticos y líderes sindicales.
El discurso que se ha desarrollado en torno del nacionalismo petrolero querrá impedir que se diga que las pasadas cuatro décadas han sido una oportunidad perdida para el país, pero es difícil no verlo de otra manera.
¿En realidad qué logró México en 40 años de superávit petrolero? ¿Qué tan diferente sería el país si no se hubieran descubierto los inmensos yacimientos de Cantarell y Ku Maloob Zaap?
El problema no son, por supuesto, los recursos naturales sino el uso que se ha hecho de ellos y la dependencia que se ha creado en torno de ellos para financiar el gasto público.
Hay que preguntarse qué se ha hecho con el dinero que han dejado las exportaciones de productos petroleros en estos 40 años y que suman (ya ajustados a la inflación) casi un billón de dólares, de acuerdo con cifras de Pemex. Sí, un millón de millones de dólares.
Es decir, casi toda una economía mexicana (el PIB fue de 1.186 billones de dólares en 2013) ha ingresado por exportaciones petroleras desde 1974 hasta octubre de este año.
Es posible que encontremos en la infraestructura del país el reflejo de una parte de aquella bonanza, pero no de toda.
Por ejemplo, nueve de las diez presas más grandes de México fueron construidas antes de 1975, el primer año de ese lapso en que hemos tenido superávit petrolero.
Algo similar pasa con las refinerías de petróleo. La de Poza Rica se inauguró en 1940; la de Azcapotzalco, en 1946 (las dos anteriores se cerraron en 1991); la de Salamanca, en 1950; la de Reynosa, en 1955; la de Minatitlán, en 1956; la de Ciudad Madero, en 1962… Las únicas refinerías que se pusieron en operación después de 1974 fueron las de Tula, Cadereyta y Salina Cruz.
Sería bueno conocer a detalle en qué gastó el país ese billón de dólares, ahora que está a punto de desvanecerse el superávit petrolero.
¿Hay modo de saber cuánto se invirtió en el futuro del país y cuánto se destinó al gasto corriente, al gran error de usar el producto de la venta de un bien finito para el financiamiento de las operaciones diarias de la administración pública?
¿Se puede saber cuánto se esfumó en prerrogativas sindicales o en simple corrupción?
Sólo si tenemos claras esas cuentas podremos saber si el país fue bendecido por el petróleo o si, por el contrario, los mexicanos adquirimos la maldita dependencia de los hidrocarburos.