En las goteras de la ciudad

Mi relación con el Ajusco data de hace muchos años. Allí jugué futbol, en la liga de la Asociación Deportiva y Cultural del Colegio Madrid, con el Villavic y el Castilla, este último comandado por el inolvidable Pepe Zamarripa. También realicé allí un reportaje ...

Mi relación con el Ajusco data de hace muchos años.

Allí jugué futbol, en la liga de la Asociación Deportiva y Cultural del Colegio Madrid, con el Villavic y el Castilla, este último comandado por el inolvidable Pepe Zamarripa.

También realicé allí un reportaje sobre un campo clandestino de gotcha —mucho antes de que le llamaran así al enfrentamiento con rifles de aire y balas de pintura—, el primer texto que publiqué.

Siempre me atrajo la zona para alejarme de lo que el lugar común llama el mundanal ruido, sin tener que salir demasiado de la ciudad.

Llegué a conocer bastante bien sus caminos y senderos, de Picacho a Xalatlaco.

Subí muchas veces al Pico del Águila y a la Cruz del Marqués, elevaciones de casi 4 mil metros sobre el nivel del mar, desde donde nuestra urbe, fundada sobre un lago, luce espectacular.

Cuando era niño, mi padre me llevó a conocer el cráter del volcán Xitle, que en náhuatl significa ombligo, y me contó que de ahí provino la lava que formó la zona del Pedregal.

De adolescente conocí las tradiciones de los pueblos de San Miguel Ajusco y San Andrés Totoltepec.

Y, como muchos chilangos, he comido quesadillas en los puestos de madera de la carretera panorámica, y he subido al Ajusco sólo para disfrutar de las ocasionales nevadas en invierno.

Hoy, nada de eso se puede hacer sin correr un gran riesgo personal. Hace años que no voy al Ajusco, desde que me relataron un terrible caso de secuestro ocurrido en la zona. Por desgracia, ésta se ha convertido en guarida de delincuentes.

Ayer comenzamos a publicar en Excélsior un extenso reportaje sobre la inseguridad que asuela esta Área Natural Protegida de la delegación Tlalpan. Tan sólo llamarla “protegida” parece un despropósito, dada la gran cantidad y gravedad de los delitos que se cometen en ella.

“Recientes hechos violentos, como el secuestro de siete deportistas de alto rendimiento, la emboscada a seis policías en la que fueron desarmados, el hallazgo de dos ejecutados, el descubrimiento del cadáver de un hombre que había sido secuestrado, lo que se suma a la tala clandestina de árboles desde hace una década convierte al Ajusco en un problema de seguridad nacional, admiten las autoridades delegacionales”, comienza el reportaje de mi compañero Gerardo Jiménez.

La inseguridad no sólo afecta a los paseantes, muchos de los cuales han sufrido asaltos y secuestros en meses recientes, sino a los propios habitantes del lugar, que han sido testigos de persecuciones y balaceras por las noches y comienzan a sentir el rigor de la extorsión.

Uno de los dirigentes de la asociación vecinal de la zona de Jardines San Juan, próxima al cráter, contó lo siguiente: “Estas personas en un principio empezaron a generar el terror en la comunidad. Primero, se robaron la campana de la iglesia, que servía para alertarnos, para poder reunirnos; después, comenzaron a sacrificar perros de las calles aledañas, y luego, a agredir y a tratar de quitarnos predios de los que ya somos legítimos propietarios, y, ahora, en las últimas semanas, como no les salió esta situación, han comenzado a realizar asaltos, amenazas y cobrar derecho de piso en todos los pequeños comercios de la comunidad”.

Así, el Ajusco —“donde brota el agua”— se ha vuelto otro territorio perdido ante la delincuencia y la incapacidad de las autoridades para brindarnos protección. Las del DF y las del Estado de México, entidades que comparten la zona, la han convertido en tierra de nadie, pues no se ponen de acuerdo en quién tiene la responsabilidad de perseguir delitos tan graves como el secuestro.

Es tan seria la situación que los reporteros de Excélsior fueron desaconsejados de subir solos a recorrer la zona.

El problema es que estos hechos de inseguridad se dan, como decían los antiguos, en las goteras de la ciudad.

¿Cuánto habrá que esperar para que lo que se vive en el Ajusco se reproduzca en otras partes del Distrito Federal y se convierta en un problema para la mayoría de los capitalinos?

Apuntes al margen

El jueves pasado, durante su mensaje en Palacio Nacional, el presidente Enrique Peña Nieto ofreció la intervención del Estado para abatir el rezago económico de Guerrero, Oaxaca y Chiapas frente al resto de la Federación. Pero, ¿cómo alentar las inversiones en lugares, como esos estados, donde priva la más completa impunidad?

Ayer, como si fuera respuesta al ofrecimiento presidencial, los gremios magisteriales de Guerrero y Oaxaca aumentaron el caos en esas entidades. Quemaron vehículos de seguridad pública;  bloquearon el aeropuerto de Oaxaca, como ya lo habían hecho en Acapulco; vandalizaron oficinas públicas e impidieron las operaciones de tiendas de autoservicio.

Si la economía de esas entidades —particularmente la de Guerrero— ya estaba en desventaja respecto del resto de la República, este tipo de acciones, que estrangula las actividades turística y comercial, sólo puede empeorar la situación. Por supuesto que hay que pedir verdad y justicia para Ayotzinapa, pero acabar de destruir la economía local no es el camino.

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