Sensibilidad

Se atribuye a Francisco de Quevedo y al rey Felipe IV un debate sobre el valor de la disculpa. El monarca sostenía que cualquier ofensa queda lavada por una disculpa. El escritor alegaba que una disculpa deshonesta, cínica o mal planteada puede resultar peor que el hecho ...

Se atribuye a Francisco de Quevedo y al rey Felipe IV un debate sobre el valor de la disculpa.

El monarca sostenía que cualquier ofensa queda lavada por una disculpa. El escritor alegaba que una disculpa deshonesta, cínica o mal planteada puede resultar peor que el hecho por el que se pide perdón.

El rey retó a Quevedo, quien entonces fungía como su secretario, a ofenderlo y encontrar una disculpa que resultase peor que el propio agravio.

Apenas dio la vuelta, el poeta le puso las manos en las nalgas. No bien repuesto de la sorpresa, Felipe IV escuchó las siguientes palabras:

–Perdón, señor, pensé que era la reina.

Esta anécdota viene a cuento por una estrategia de la política moderna que, apoyada en ciertas teorías de manejo de crisis, tiende a ahondar más el problema que se pretende resolver.

El lector que frecuenta esta Bitácora sabe que no soy hombre de artificios ni de estridencias.

No me da por insultar ni hacer zalamerías, porque aspiro a un país donde se discuta con argumentos de por medio.

Opino lo que pienso y procuro hacerlo en un sentido constructivo, que busca soluciones.

El video en el que Angélica Rivera, esposa del presidente Enrique Peña Nieto, da su versión sobre la compra de la casa de la calle Sierra Gorda me dejó una pesadez que incluso me quitó el sueño.

Me dio una gran tristeza que México esté viviendo esta telenovela cuando tendría que estar poniéndose al día con la globalización, pensando en qué le va a vender el mundo en los próximos años para así poder crear los empleos que se necesitan y de ese modo comenzar a remontar la enorme desigualdad social que padece.

La explicación que ofreció la noche del martes la esposa del Presidente, desde mi óptica, sólo enreda el entendimiento de la transacción y abona a la tensión social que vive el país desde el ataque a los normalistas de Ayotzinapa.

Me pregunto quién habrá aconsejado seguir semejante camino, que quizá genere las consecuencias que se buscaba evitar.

Durante las próximas semanas se debatirá públicamente si los documentos aportados por Angélica Rivera son o no suficientes para poner a ella y a su esposo a salvo de haber incurrido en tráfico de influencias, por aparecer como propietaria de la casa de Las Lomas una empresa que recibió contratos durante la gestión de Peña Nieto como gobernador del Estado de México y, recientemente, como Presidente de la República.

Seguramente vendrán denuncias por presuntas irregularidades en la compra-venta, como la que presentó el mismo martes, ante la PGR, el Movimiento Regeneración Nacional.

Sin embargo, y al margen de que eso se investigue por la importancia que tiene, no creo que esté allí el mayor daño de esta historia.

Como en el ejemplo de Quevedo hay disculpas —o explicaciones en este caso— que resultan peores que los hechos que las precedieron.

Yo hubiera querido escuchar otra cosa que apuntes sobre la legalidad de la transacción, porque no soy Ministerio Público ni juez. Me hubiera gustado ver a una mujer buscando empatía con la gente y la situación que vive.

Las penas del país son mucho más grandes y requieren ser tratadas con una sensibilidad especial.

La conseja de no hacer cosas buenas que parezcan malas debió estar presente desde que se estaba contemplando esa transacción.

Como ha dicho Bill Clinton: “La peor razón para hacer algo es simplemente porque se puede”.

Encargar la compra de un terreno y la edificación de una casa a una empresa contratista del gobierno... ¿de veras era necesario?

Pero no está ahí el mayor de los problemas del video sino en la revelación explícita de las cantidades de dinero que posee la esposa del Presidente.

No se me malinterprete. Cada quien tiene derecho a ganar dinero mediante su trabajo, pero si se ve mal que cualquier persona hable de sus ingresos, que perciba, digamos, diez veces o más el salario promedio de un empleado en México (siete mil pesos mensuales), se ve mucho peor que lo haga la primera dama.

Para comenzar, 36 millones de mexicanos no cuentan con un hogar “digno y propio”, según dijo el presidente Peña Nieto en la presentación del Programa Nacional de Vivienda, en abril pasado.

Muchos millones, que tienen la suerte de contar con uno, viven en casas cuyo costo no supera el precio de una camioneta familiar. Más de dos millones de las 35 millones de viviendas aún tienen piso de tierra, tres millones de ellas no tienen agua potable ni drenaje, y casi un millón no tiene electricidad (INEGI).

¿Qué habrán pensado y sentido esos millones de mexicanos al irse a dormir el martes?

Necesitamos cambios drásticos en este país: trabajar arduamente para abatir las grandes desigualdades que caracterizan a nuestra sociedad; hacer que la función pública deje de estar ligada al gran dinero, y, en lo que logramos esas dos cosas, que los servidores públicos y sus familias se pongan en los zapatos de los mexicanos más pobres.

Creo que el Presidente y su esposa aún pueden enmendar este daño causado a su imagen y al proyecto de nación que ha impulsado el gobierno y en el que muchos mexicanos confían porque saben que el viejo aislacionismo económico no los ha sacado adelante.

Pero eso pasa por dar pasos que vayan más allá de traspasar el contrato de la casa de Las Lomas.

Muchos mexicanos —seguramente no todos— sabrán reconocer un gesto de ese tipo.

Temas: