La esperanza afgana

Mientras los ojos del mundo están puestos en el avance del Estado Islámico que de facto ya gobierna a ocho millones de personas en Siria e Irak, Afganistán acaba de vivir un hecho histórico. Ayer, por primera vez desde que se independizaron de la Gran Bretaña en 1919, ...

Mientras los ojos del mundo están puestos en el avance del Estado Islámico —que de facto ya gobierna a ocho millones de personas en Siria e Irak—, Afganistán acaba de vivir un hecho histórico.

Ayer, por primera vez desde que se independizaron de la Gran Bretaña en 1919, los afganos conocieron una transición pacífica de poder, resultado de unas elecciones presidenciales.

En tanto, el Estado Islámico, que gobierna por el terror, quiere contribuir a la visión de que el mundo musulmán está peleado con la democracia. Por el hecho de que la democracia es una excepción en el medio centenar de países cuya religión mayoritaria es el islam, existe la tentación de creer que una forma de gobierno constitucional y representativa resulta imposible en esas naciones.

Es verdad que el mundo árabe —y musulmán, en general— ha conocido más regímenes encabezados por monarcas y hombres fuertes que democracias. Ahí está, por ejemplo, Arabia Saudita, cuya forma de gobierno y sistema de justicia no se diferencian en mucho del califato que pretende implantar el Estado Islámico. Y Libia, donde el derrocamiento del dictador Muamar Ghadafi derivó en una guerra de facciones que parece no tener fin.

Sin embargo, mal haríamos en sostener que la ausencia de democracia en esa franja del mundo que va desde Mauritania hasta Brunéi se debe a factores culturales o religiosos. Turquía, donde hace más de una década gobierna un partido islamista, ha probado lo contrario. Y ahora Afganistán busca la paz, que lo ha eludido, mediante su adhesión a la democracia.

Ayer tomó posesión en Kabul el presidente Ashraf Ghani, uno de los más prestigiosos intelectuales a nivel mundial, de acuerdo con un sondeo realizado el año pasado por las revistas Foreign Policy y Prospect.

Antropólogo egresado de la Universidad de Columbia, Ghani ha sido catedrático de centros de estudios en Estados Unidos, Dinamarca y Afganistán. Entre 1991 y 2001, trabajó en proyectos de desarrollo del Banco Mundial. Asimismo, ha sido comentarista en medios de comunicación.

En los comicios presidenciales de este año, duramente disputados, Ashraf Ghani, miembro de la mayoría pastún, derrotó en segunda vuelta a su rival, el excanciller Abdullah Abdullah.

Las acusaciones de fraude electoral hicieron necesario un recuento de votos, que supervisó Naciones Unidas, así como una negociación entre ambos candidatos, que encabezó el secretario de Estado de EU John Kerry, para la formación de un gobierno de unidad nacional.

Resueltos esos dos temas, Ghani fue reconocido formalmente como sucesor del presidente Hamid Karzai —Presidente del país desde 2001— y Abdullah Abdullah, apoyado por la minoría tayik, pasó a ser el primer ministro. En el gobierno también participa el exseñor de la guerra Abdul Rashid Dostum.

“Juro que respetaré los preceptos del islam y la legislación de Afganistán, garantizaré la independencia de la nación afgana y, con la ayuda de Dios, los derechos de todos los afganos y el progreso de este país”, dijo Ghani ayer durante la ceremonia de toma de posesión.

Es una sola frase, pero encierra todo un reto en un país como Afganistán que ha vivido la mayor parte de su historia en guerra y se encuentra hoy en la encrucijada de un enfrentamiento entre musulmanes de diferentes credos y entre el islam y occidente.

“Los afganos estamos hartos de la guerra”, expresó también el nuevo Presidente en su discurso, que ha llamado la atención a nivel internacional por sus palabras de inclusión para las mujeres.

Es temprano para decir si Afganistán podrá sacudirse una historia de violencia política, religiosa y social, así como de intervenciones extranjeras, y lograr la paz y el desarrollo a través de la democracia.

A primera vista, el gobierno de unidad nacional cobija intereses encontrados, que en cualquier momento podrían provocar una explosión.

Y no es ingenuo decir que el experimento democrático en Afganistán será seguramente blanco de los fundamentalismos que actúan hoy en día en el mundo musulmán y querrán ver su fracaso.

Parte de ese riesgo tiene que ver con los remanentes del régimen talibán, derrocado por la intervención armada estadunidense en 2001, siguen cometiendo actos terroristas en el país.

Es cierto asimismo que la mano de Estados Unidos no ha sido la más hábil en fomentar la implantación de la democracia en esa parte del mundo. Ahí está el caso de Irak para probarlo.

Pero a Afganistán, una nación de casi 32 millones de personas, hay que darle el beneficio de la duda. Está haciendo un gran esfuerzo en pos de la institucionalidad y la inclusión.

Apuntes al margen

Policías que matan a ciudadanos inocentes, estudiantes desaparecidos, crimen fuera de control… Cosas que han ocurrido en Guerrero, pero no en el Guerrero de 1974 sino en el de 2014. No bajo el gobierno de un Figueroa u otro gran cacique priista, sino bajo un gobierno estatal, y otro municipal, de izquierda. Una izquierda, víctima de represión en el pasado, que decía que iba a acabar con todo eso cuando llegara al poder.

¿Dónde quedó el discurso de que serían una oposición responsable, institucional, constructiva? Dijeron que le demostrarían a priistas y perredistas cómo se comporta un verdadero opositor en el parlamento, uno que discrepa, pero no rompe. Con el anuncio de su ausencia en el Senado, en un acto federalista, al que asistiría el Presidente de la República, el PAN cobra facturas políticas como se supone no hace una oposición responsable.

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