La paz imposible
Medyan Dairieh es un fotoperiodista palestino avecindado en Gran Bretaña que ha cubierto conflictos armados en África, Oriente Medio y Asia Central. Su trabajo durante la guerra civil en Libia, donde fue herido un par de ocasiones, le valió varios premios ...

Pascal Beltrán del Río
Bitácora del director
Medyan Dairieh es un fotoperiodista palestino avecindado en Gran Bretaña que ha cubierto conflictos armados en África, Oriente Medio y Asia Central. Su trabajo durante la guerra civil en Libia, donde fue herido un par de ocasiones, le valió varios premios internacionales.
El mes pasado realizó para el portal Vice News lo que yo considero el mejor trabajo periodístico sobre la organización Estado Islámico (EI), cuyo avance frenético sobre vastas zonas de Siria e Irak, con el propósito expreso de establecer un califato, ha hecho sonar alarmas en todo el mundo.
No es que se desconociera la brutalidad de EI, pues las noticias de sus decapitaciones y crucifixiones se han publicado desde hace meses. Sin embargo, Dairieh es el primer periodista asociado con un medio occidental que logra acceso directo a representantes y combatientes de EI en su propio terreno.
El documental The Islamic State dura 42 minutos, fue grabado en junio y transmitido el mes pasado y puede ser visto en https://news.vice.com/video/the-islamic-state-full-length. Tiene entrevistas exclusivas con diferentes personajes de la organización, incluido un vocero que no por tener trato con medios resulta menos violento. En una de las escenas del trabajo, el vocero empuña una metralleta y sale a combatir.
Los diez días que Dairieh pasó en Siria e Irak, acompañando a las fuerzas de EI, pintan el retrato de un grupo cuyos principales objetivos son imponer la sharia, la ley islámica, por la fuerza de las armas, y matar al mayor número de “apóstatas” e “infieles” que pueda. Todo lo demás es secundario, incluyendo el amor por sus propias familias.
Dairieh, quien ha calificado su experiencia en las filas de EI como lo más escalofriante que le ha tocado hacer en su carrera periodística, entrevista a los militantes del grupo sobre su sentido de la justicia y encuentra que todo deriva de lo escrito en el Corán.
Cuando le pregunta a un “juez” de la organización si sus prácticas se apegan a los estándares internacionales de impartición de justicia, éste casi se carcajea en su cara y le dice que evidentemente no.
La parte más estremecedora del documental tiene que ver con los niños que, asustados o adoctrinados, juran fidelidad al líder supremo de EI y dicen que ellos también quieren matar a “infieles”. Algunos de esos niños apenas han aprendido a hablar.
La cantidad de violaciones a los derechos humanos que aparecen en el documental es abrumadora. Los soldados del 17 Regimiento del ejército del dictador sirio Bashar al-Asad, la última resistencia del régimen en la ciudad de Raqqa —capital informal de este califato— fueron decapitados. Sus cuerpos se exhibieron en la vía pública y sus cabezas colocadas en una verja.
Considerando lo que EI ha hecho con periodistas extranjeros capturados en las últimas semanas, Dairieh corrió un riesgo extraordinario al grabar este material, que es narrado sin sensibilidades ni inclinaciones ideológicas, y de ahí su gran valor. Al periodista no le da miedo preguntar al vocero de la organización lo que es relevante.
Después de verlo, la conclusión que saco es que EI, un grupo cuyas ganancias han sido calculadas en dos millones de dólares diarios por la venta de crudo iraquí, no tiene el menor propósito de hacer la paz.
La única compasión que ofrece la organización sunita es que los cristianos que quieran vivir en su califato tienen la opción de pagar un impuesto por su fe o convertirse al islam. De otro modo, morirán.
Eso lleva a una pregunta muy difícil de responder: ¿Qué debe hacer la comunidad mundial con EI? Evidentemente, si éste no quiere la paz, hay que combatirlo, pero ¿cómo?
Estados Unidos está tratando de integrar una coalición internacional que financie y entrene a combatientes del ejército iraquí y “rebeldes sirios moderados” para enfrentar a EI. Ayer, durante una audiencia en el Capitolio, el secretario de Defensa estadunidense, Chuck Hagel, y el jefe del Estado Mayor Conjunto, Martin Dempsey, hablaron de preparar a cinco mil hombres durante un año.
La cifra suena a poco cuando se ve el despliegue de EI, que ya tiene las dimensiones de un ejército.
La semana pasada, el presidente Barack Obama afirmó durante un mensaje al país que Estados Unidos no enviaría fuerzas de combate a Irak y Siria —cosa que, por cierto, Hagel y Dempsey dijeron ayer que aún era posible—, y que su acción militar se basaría en bombardeos y entrenamiento de locales.
Puede sonar como una buena idea, dado el desastre que han sido las intervenciones estadunidenses anteriores, pero los números que dieron a conocer ayer Hagel y Dempsey a un comité senatorial no parece que vayan a tener por efecto asustar a los hombres de EI que aparecen en el documental de Vice News.
Habrá quien diga que EI es producto de la forma en que Estados Unidos combatió a Al-Qaeda y que éste fue resultado de muchos años de apoyar a dictadores en el mundo islámico.
Sin embargo, la violencia de EI es real y no sólo amenaza a Estados Unidos y Europa sino también a todo el mundo que no es musulmán e incluso a algunos países de mayoría islámica como Turquía y ramas enteras del islam como los chiitas.
La cantidad de dinero que posee EI y su fanatismo hacen que nadie que no concuerde con su visión religiosa pueda sentirse seguro, aunque esté a miles de kilómetros de distancia de Siria e Irak.
El tema no es si hay que combatir a EI sino cómo. Y luego, discutir la manera de propiciar un desarrollo más equitativo a nivel mundial que ahuyente, mediante la educación y la libertad, fanatismos como ese.